Ayudante de hostal

Llegar a un acuerdo con mi mujer respecto a mi estancia en casa y a mis noches experimentales no fue tarea fácil. Ella recordaba mi vieja propuesta de pasar un mes al año pasando cada noche en un hotel de buena calidad distinto en el que, además de dormir, pasásemos el día en él desayunando, almorzando y cenando, desplazándonos al siguiente hotel de nuestra lista a media mañana. Y nunca le pareció muy apetecible por lo que no es de extrañar que la nueva propuesta le diera unas enormes ganas de llorar.

Mi intención era seguir durmiendo en paradas de autobús dentro de una especie de ataúd de cartón, vestido con una ropa como de esquimal que guardaba en la mochila cuando muy de mañana resucitaba y me disfrazaba de mísero ciudadano. Y, como hasta ahora, pasar la noche del domingo en nuestra casa, después de haber cenado con un enorme apetito. Pero esta intención mía no era aceptable para mi mujer. Sin embargo después de bastante tiempo aceptó otro plan que a mi me parecía peor para ella.

Después de bastante tiempo experimentando diferentes lugares para dormir sin morir de frío me di cuenta de que me estaba desplazando hacia una zona vieja y fea de la ciudad pero en la que la parada de autobús estaba muy cerca de un hostal en el que entraban y salía muchos turistas que eran bastantes generosos con sus limosnas, probablemente por miedo a lo que aquel menesteroso podría hacerles. Poco a poco me hice con la confianza de los pocos empleados del hostal y acabé trabajando todo el día de empleado de ese hostal barato como inesperado especialista en recomendar lugares interesantes y restaurantes baratos además de indicar el medio de transporte más adecuado para el plan que quisieran llevar a cabo. Lo que me pagan equivale a dejarnos dormir a mi mujer y a mí en el hostal una o dos noches a la semana y a mí cualquier noche adicional especialmente fría en cuyo caso podría ocupar esa noche una especie de tienda de campaña que hay en el garaje del hostal.

Las limosnas que recibo las entrego al hostal y eso me permite almorzar en el comedor del hostal vestido como un caballero. Además este hostal posee una pequeña, pero bien elegida biblioteca que, si bien está a disposición de los huéspedes, me es permitido usar o, mejor dicho, nos es permitido, a mi mujer y a mí, examinar con cuidado contribuyendo a satisfacer el gusto literario de los huéspedes.

Vuelta a Casa

Ha sido una experiencia increíble;pero ya no puedo más. Ya ha pasado más de una semana sin poner un pie en casa y durmiendo al aire libre aunque lo más protegido posible o, alguna vez, en un hostal de una estrella que podía pagar con las limosnas acumuladas durante el día.

He tenido que elegir con cuidado la parada del autobús circular en la que tratar de cobijarme para dormir desde la medianoche hasta la madrugada. Elegí una muy cercana a esas triadas de depósitos para vidrio, comida y cartón. Este material sobra muy a menudo y no es difícil hacerse con él antes de que pase el autobús de la basura y acercarlo hasta la parada más cercana y organizar el descanso. Con el cartón me hago una especie de cuartucho que me protege del viento frío, y lo hago a mi medida. Luego abro la mochila con la que cargo todo el día y saco de ella las prendas que más quitan el frío, incluyendo un chaleco de plumas y un abrigo muy elegante, además de una manta. Luego meto toda la ropa con la que me desenvuelvo todo el día en esa mochila ya vacía y la coloco a la cabecera del cuartucho. Saco un bocadillito de pavo que adquiero en un chino cercano y me lo como mientras concilio el sueño.

El amanecer del día siguiente es ya otra cosa. Tengo que ponerme a caminar siguiendo la senda del circular y ya  vestido con las prendas de vagabundo ocultando el abrigo y el chaleco de plumas dentro de la mochila. Al tiempo hago mis cuentas y calculo cuanto me puedo permitir gastar en comida en las próximas quince horas o así. Es curioso lo poco que, en esta materia, se parece un día a otro.

No es difícil conseguir una dádiva de un par de churros si se intenta justo cuando abren el café y te acercas humildemente.  A veces te regalan hasta el café. Y desde ese momento hasta la hora de tratar de tragarme algo a la hora de comer, comienza mi larguísimo paseo buscando ya un lugar adecuado para pasar la noche en la parada correspondiente dentro del nuevo cuarto de  cartón y tan calentito como soy capaz.

Pero no me contento con un sitio cercano al de la última noche y voy investigando esos lugares en los que prácticamente es seguro que nadie me vea, además de cumplir con las otras condiciones que ya he comentado. No me atrevo a acercarme a esa especie de chabolas bajo unos puentes del río, ni tampoco a pedirle protección al Padre Angel. Se me ha metido en la cabeza que lo que yo necesito son más bien esas partes de la ciudad y no lejos del circular en las que las oficinas cierran pronto y ocupan edificios viejos en los que entre las verjas externas y las escaleritas que te suben a la entrada hay como unos vacíos profundos.

He aprendido que, aunque esos lugares suelen estar protegidos por las normas de seguridad de las empresas especializadas, cuando el guardián correspondiente te ve allí metido no hace nada y te deja en paz hasta que ya llega el primer oficinista al que nunca dejo de pedir la primera limosna del día.

Esto es lo que yo quiero para no sentirme como un asqueroso ricachón sin necesidad de renunciar a todo lo que he acumulado. Pero esta decisión exige el acuerdo de mi mujer. Vuelvo pues a casa con la intención de proponerle un trato raro. Una vez a la semana iré a dormir a casa y de buena mañana iremos los dos a un buen hotel en el que dormiremos esa noche y en el que desayunaremos generosamente, almorzaremos y merendaremos juntos para juntos seguir explorando el territorio de un hombre libre.

Resbalón y cumplimiento de la pena

Dormir en la calle

Hace ya semanas que el tiempo en Madrid es frío y húmedo. La caída de las hojas de los árboles forma una placa húmeda peligrosa para los de mi edad que insistimos en salir a pasear en cuanto ceja la lluvia por un instante. Un día que por un momento salió un rayito de sol salí a pasear con mi mujer y las gafas de sol puestas. Pasando por una esquina cercana a nuestra casa en la que está posicionado hace años un subsahariano al que mi mujer de limosna a menudo, cosa a la que yo me niego, resbalé y mi cara con las gafas puestas topó con el suelo. Pensé que habría perdido un ojo, pero cuando con la ayuda del subsahariano me levante me dí cuenta que solo tenía dolor facial, pero nada grave. En cualquier caso este incidente me hizo pensar en la inmigración y en la injusticia que yo cometo justificando mi avaricia en base a su organización en mafia.

A partir de ese día saludo al subsahariano con afecto y claro agradecimiento, pero, sobretodo, pienso en lo terrible de una vida en la que no tienes ninguna comida garantizada y no siempre sabes donde vas a dormir ese día determinado. Una vez más volvió a mi mente esa idea de que debería arreglármelas para ir a un lugar de Africa en el que pasen hambre y prepararme para ayudar, aunque no se cómo, y vivir como sea. Trataría de estar siempre disponible para cualquiera que fuera mi tarea allá y no como el correspondiente dentista que, ante mi explicación de lo que había pasado, me dijo simplemente que ya estaba cerrada la consulta.

Me convertí en un jubilado al que seguía no faltándole de nada; pero que desde aquel día vivía en el reino del remordimiento. Decidí compensar mi falta de generosidad ante el dios que fuere, durmiendo al raso al menos dos o tres días. Pero enseguida descubrí que esto no es tan fácil de llevar a cabo y menos en este tiempo de otoño ya tardío en una ciudad más bien fría. Exploré en mis paseos diversos lugares y los restos que allí se dejaban. Hasta que mi cruce continuo en mis paseos me hizo fijar mi mirada en un autobús urbano que decía ser la linea circular y la idea se fue perfilando.

Podría tomarlo, según descubrí, cerca de mi casa y del lugar del resbalón y si tomaba el último seguramente podría descender en una parada muy lejana y utilizar la tejavana de la parada como lugar de recogida. Me pondría ropa de mucho abrigo y utilizaría una de mis mochilas más amplias para complementar el avío con complementos extras, como camisetas, jerseys o trajes de neopreno de mi época de esquiador. Además acabo de descubrir que esa posible parada no está lejos de esos lugares que llaman «punto limpio» y que mi experiencia me dice que suelen estar llenos de cartón y de papel desechado que podría utilizar como mantas. Lo mismo posiblemente si me hiciera con con una parada cercana a uno de esos grandes buzones de reciclaje que te obliga a dejar el cartón fuera del correcto por el tamaño excesivo.

Así hice todo hace unos días y me apresté a pagar mi culpa ya de noche y bien tapado, después de tomar todas mis medicinas incluyendo doble dosis de lo que tomo para conciliar el sueño cada noche en casa. Cuando me desperté ya había amanecido e inmediatamenete pasó lo que creo era el primer viaje de este autobús de la línea circular de este nuevo día. Podría cogerlo, pensé, pero luego lo pensé mejor y decidí caminar hasta mi casa. Nada más comenzar a hacerlo cambié de acera y ese tacón fatídico del zapato (bota en el día de hoy) izquierdo tropezó con el bordillo y volví a derrumbarme sin nadie que me ayudara a levantarme. Esta vez caí sobre la mandíbula y el pómulo derechos y como iba sin gafas no temí por ojo correspondiente. Me levanté solo y decidí caminar hacia la consulta de mi dentista que llegaría seguramente para la hora que yo llegara.

Una vaga esperanza

Mambo: busqueda espiritual

Hace unos días que conduzco un automóvil de sustitución mientras que en un taller que corresponde a la marca de mi vehículo propio tratan de arreglar un diminuto desarreglo del faro frontal izquierdo. Es en ese coche de sustitución en el que ayer nosotros acarreamos unas ricas piezas de merienda para celebrar el cumpleaños de nuestro hijo mayor con su familia propia y la de su hermana. Los nietos nos alegran muy mucho y por ello acabamos dejando en paz a los jóvenes demasiado tarde al anochecer dispuestos a volver rápidamente a nuestra casa y ponernos al tanto de los resultados de las elecciones andaluzas.

Sin embargo la cosa se puso fea cuando, para nuestra sorpresa este coche de sustitución se negó a arrancar disfrazando el ruido conocido de la batería por un ruidito para mí desconocido. Pedimos ayuda a nuestro hijo que bajó de su piso pero no pudo hacer nada por arrancar el coche aunque le parecía que no era cuestión de batería. Por suerte yo llevaba una tarjeta de la compañía correspondiente que nos envió con prontitud un coche de asistencia a fin de que el personal que lo manejaba tratara de poner en marcha el motor o de llevarse este vehículo al que su conductor llamaba la Base. Intentó ponerlo en marcha pero el ruidito seguía sonando como el de una cerilla húmeda a la que tratamos de encender. Musitó que sería la batería y sacó de su vehículo las pinzas necesarias para reactivarla, pinzas estas que, me retrotrajeron a mi lejana juventud.

Esa vieja solución no funcionó y yo comencé a marcar el número de la compañía propietaria del automóvil sustitutivo mientras que la persona encargada puso primera, quitó el freno y comenzó a empujar el vehículo cuyo motor se puso en marcha con toda facilidad. No podría repetir la explicación que me dio pero no terminé de marcar el número de teléfono y sin pensarlo ni un segundo me acerqué a abrazarle. La razón de semejante arrebato fue, creo entender, que por mi cabeza pasaron velozmente las imágenes de toda esta gente que no tienen techo bajo el que dormir y nada para comer. Piden limosna y supongo que se acercan a esa iglesia que usa el Padre Angel para acoger a esas pobres gentes que, sin su ayuda, o la de otra mucha gente generosa, morirían de frío y de hambre. Durante esa décima de segundo, sentí lo que sería mi noche si el vehículo de asistencia cumpliendo con su misión se llevara nuestro vehículo de sustitución. Los puentes del río de Madrid quedaban muy lejos y el piso del hijo del cumple no tenía espacio para sus padres.

Fue todo muy breve y finalmente pudimos llegar a nuestra casa sin ningún problema adicional y a tiempo para conectar con los diversos canales que todavía se dedicaban a difundir los resultados de las elecciones en Andalucía y los comentarios sobre los mismos por parte de gentes bien informadas. Todos pusieron mucho énfasis en la irrupción de Vox y en la posibilidad que esa irrupción proporcionaba a la formación de un triunvirato de derechas asó como en la imposibilidad de la repetición de la cooperación entre PSOE y Podemos. En los tiempos que vivimos en buena parte del mundo esta noticia parece preocupante y seguramente lo es; pero yo me empeñé en encontrar un rayo de esperanza seguramente empujado por la suerte que tuvimos con el problema de nuestro vehículo. El problema no era lo obvio a donde llevaban los números de los escaños (algo parecido a la batería de un vehículo) sino que lo difícil era, y es, encontrar razones para convencer a Ciudadanos y a Podemos para colaborar entre ellos y con el PSOE para ir construyendo el camino hacia una democracia novedosa por liberal y originalmente global. Una vaga esperanza.

Mi horóscopo

Piscis-Amplitud de miras

El domingo es, para mí, el día del horóscopo y compro dos periódicos más del que llega todos los días a casa.

En el ABC hoy he leído o siguiente sobre los Piscis:

Esos dos peces nadando en sentido contrario denotan que Piscis abarca mucho. Mucho más de lo que percibimos

Y, sobre este signo El Mundo decía hoy que:

No olvides abrir tu mente, porque cuando menos te lo esperes te surgirá esa idea que te permitirá avanzar enormemente en tu proyecto

Me acabo de dar cuenta hace un año cual ha sido mi proyecto, cosa que nunca he creído que tuviera más allá de mi profesión en la enseñanza y la investigación del Análisis Económico. No puedo describirlo con precisión de momento; pues no tengo más remedio que, en un momento como este, en el que trato de ordenar todos esos papeles de mi vida que llevan muchos muchos años guardados en cajas y que he decidido no tirar y tratar de cribar para recordar lo que he hecho, por lo que solo cuando termine con esta tarea sabré lo que realmente he hecho con mi vida.

En cualquier caso me digo que el horóscopo me ayuda a darme cuenta de mi amplitud de miras y de cuanto necesito y me gusta esa amplitud aunque el ejercicio de mi profesión me ha exigido una dedicación a mi especialidad más tiempo del que a mí me hubiera gustado dedicarle y sin la cual no he podido brillar en ella como también hubiera deseado. Pero me lo he pasado muy bien.

Este rasgo mío de la amplitud de intereses se me ha puesto de manifiesto de una manera obvia a la vista del cambio en el contenido y organización de esta revista que no me pierdo ninguna semana: The Economist. En el último número que ha pasado por mis manos he encontrado, en la sección Books and Arts, la recensión inteligente de un nuevo libro sobre la Vida y Obra de Nietzsche, un pensador que siempre me ha resultado atractivo. Su título es I am Dynamite! A Life of Friedich Nietzsche, escrito por Sue Prideaux y editado por Tim Duggan Books recientemente.

En esta recensión se menciona el libro escrito por su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche tan denigrado por los especialistas;pero que yo leí con gran interés junto con lecturas complementarias durante un año que pasé en UCLA (la Univesidad de California en Los Angeles) tratando oficialmente de complementar mis conocimientos de Teoría Económica; pero que no pudo desviar mi atención de la vida de Nietzsche y de sus amigos un tiempo (Wagner y Cosima) así como de sus extraños contactos con mujeres como, por ejemplo, Lou Andreas-Salomé, así como de grandes literatos que siguieron con atención su camino y de filósofos que trataron de entenderlo.

Nunca abandoné mi profesión y he procurado ejercerla con dignidad y nunca en detrimento de los estudiantes interesados en lo que yo les pudiera aportar. Vaya, que soy un Piscis característico. Y resulta que, muchos de mis papeles que no han sido publicados, muestran esta tendencia, de modo que deseo seguir el consejo de mi horóscopo y terminar ahora al menos las dos obras que se me aparecen como las que más lo merecen. La primera ya está en marcha y recibirá el nombre de Hacia un Mundo sin Relato y la segunda, más trabajada, parece adecuada para un año como este en el que podríamos decir se da el décimo aniversario de la Gran Crisis que comenzó con la caída de Lehman Brothers. Su título será La Crónica de una Crisis.

Max Beckmann

Le había conocido hace años, quizá en la Fundación March; pero hoy lo he vuelto a ver con otros ojos en el Museo Thyssen Bornemisza. Su biografía y el análisis que se hace de su obra son objetos de sumo interés. Su biografía lo es pues su vida cubre las dos guerras mundiales y lo que se dice de su obra también lo es porque, parecería que en su expresionismo, refleja facetas muy de nuestro tiempo.

Curiosamente ese tipo de vida que las dos guerras le obligan a llevar me recuerda mucho al de mi padre, cuyo carácter reservado pienso que debió de ser el resultado de esas dos guerras salpimentadas por la española que sí que vivió de cerca. Y quizá por eso la pintura de este hombre me recuerda a las historias que, muy de vez en cuando, contaba mi padre.

Tanto las pinturas como esas historias pueden distinguirse por épocas; pero en ambos casos cada una de ellas tiene un toque reconocible inmediatamente. Tanto Max Beckmann como Rafael Urrutia tenían una manera de hacerse ver fácilmente, reconocible gracias a ciertas formas concretas de expresarse. Aunque, volviendo ya al caso de Beckmann, esto justifica que, aunque su arte pictórico y escultórico pueda ser denominado como expresionismo, este aparece de una forma que nos permite entenderlo como algo más allá que un estilo artístico.

Y esta forma de entenderlo nos lleva, o, en cualquier caso, me lleva a mí, a comprender lo que es una cultura de una forma menos trivial de la habitual. Yo la entiendo como un conjunto de metáforas o de alegorías que sin ser las únicas que rigen en un momento determinado, son las que dan vida a la imagen que conforma nuestra manera de mirar al mundo de nuestro alrededor. La manera de identificar a las mujeres hasta hoy en día, en los 2 últimos siglos por ejemplo, no puede confundirse con ninguna otra y al repetirse una y otra vez dio origen al machismo que, desde hace ya no pocos años, ha sido una parte elemental de la cultura del momento.

Estos lugares comunes corrientes en el mundo cultural reciben desde hace poco tiempo el nombre «memes» (por analogía con los genes), y deviene una palabra que ya se empieza a usar en cualquier periódico.

Como hoy las cosas van más rápidas por lo de la informática, las metáforas y alegorías se renuevan con gran celeridad y ya todos hablamos de memes desde luego, pero también de emoticones y/o de emojis, por ejemplo.

Pues bien, en la obra de Beckman hay varios memes que identifican su obra como expresionista y cuya evolución va elaborando una imagen para cada período cultural. Se puede tratar de ciertas expresiones faciales, de formas específicas de reunirse alrededor de una mesa o del subrayado de ciertas construcciones sociales. Hoy en día diferenciamos distintas formas de comportamiento social a partir precisamente de formas alternativas de hablar, o de comer o de hacer el amor. Y podríamos decir que la sociedad y todos sus componentes somos expresionistas, aunque esto no quita que distintos grupos expresionistas puedan adoptar diversos nombres dependiendo de los memes que cada uno de estos grupos quiera adoptar como identificativo.

La exposición de la que hablo tiene un subtítulo significativo: Figuras del exilio. Me parece significativo porque cada día es más común que la vida de uno se desarrolle fuera de su entorno natural. Desaparece la vida rural y los jóvenes ejercen su profesión en ciudades muy distintas en las que pasan cierto tiempo antes de moverse a otra. Cualquiera sujeto a esa dinámica tiene algo de exilado y por la forma en que llega a ello podríamos decir que pertenece a diversas culturas, Y, para terminar que, por esa razón, está bien en todas partes y maravillosamente en ninguna.

Banksy y la propiedad intelectual

Destrucción de obra de Banksy en Sotheby's

Conozco a Bansky desde que comenzó a «fijar carteles» en muros aparentemente públicos y con un éxito artístico notable. Ha continuado su éxito pero ahora de una manera algo distinta tal como muestra lo ocurrido en Sothebys hace pocos días. Se subastó un cuadro de este artista anónimo y se lo llevó una señora por una cantidad superior al millón y medio de dólares. El cuadro tenía un marco barroco de gran grosor que, parece, escondía un cortapapeles que funcionó como tal desde el primer momento posterior a la concesión y, ante la extrañeza general y llevada quizá por el entusiasmo del arte, esa señora, o alguien distinto, pagó casi el doble por el cuadro ya en lonchas en casi su totalidad.

Aparte de resumir el acontecimiento el asunto plantea un verdadero conumdrum intelectual. Como he dedicado muchas horas y páginas, de este blog en el asunto de la propiedad intelectual y los derechos de autor no voy a repetirme aquí excepto por un punto que utilicé siempre en contra del derecho de propiedad intelectual.

Este derecho incluye en el caso de la pintura no solo el pago al artista de un derecho por parte del comprador que a su vez deberá entregar a Hacienda; sino que también, en caso de reventa por parte de este comprador, éste deberá pagar un cierto porcentaje al artista a contabilizar sobre el nuevo precio. Esto me pareció un despropósito tal que me sirvió en su día como un argumento en contra del derecho de la propiedad intelectual en general.

Pues se mire por donde se mire esto es lo que ha ocurrido en el caso de Sothebys. Esta agencia cobró de la señora y esta pagaría el correspondiente derecho de propiedad a quien lo vendiera en nombre de Banksy. Cuando el cuadro dejó de existir en su versión aparente seguramente lo que pasó es que la señora lo volvió a vender, muy probablemente a Sothebys y a precio cero o cercano, y Sothebys se lo volvió a vender a esta señora que tendría que pagar un derecho adicional más allá del nuevo precio resultante.

Que el asunto es ridículo es obvio; pero la ridiculez no proviene de la originalidad de Banksy; sino más bien de la ridiculez de una casa de subastas sometida sin queja a este extremo del derecho de propiedad intelectual. Es justamente la originalidad de este artista lo que puede revolucionar el arte pictórico.

Salud, Dinero y Amor

Estoy recuperando mi bienestar general. Ya puedo caminar con cierta facilidad, los médicos parecen haber dado en el clavo en su diagnosis y, curiosamente, esto del deseo lejos de acabarse, se potencia a partir de una cierta edad.

En esto pensaba el otro día cuando me vino a la cabeza aquella vieja canción de Gigliola Cinquetti:

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios. Pues, con ellas uno vive libre de preocupación, por eso pido que aprendan el refrán de esta canción. El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita, que no la tire, que no la tire.

Debe de ser la edad; pero lo cierto es que lo del deseo no me preocupa; pero caminando por Bilbao para hacer mis recados para los que había ido allí, la idea de las finanzas no me dejaba disfrutar de ese mi Bilbao natal pues acababa de leer en el periódico local que una cierta sala del Tribunal Supremo pasaba a la Banca la obligación de pagar el porcentaje correspondiente a las hipotecas y, por otro lado, la salud no acababa de volver a mis entrañas, no a mis huesos.

Tendré que esperar a mi médico de cabecera para que me explique las opiniones de los técnicos acerca de las pruebas que acababa de realizar y esperemos que ese dictamen sea razonable. Y respecto al dinero ya me valgo yo solo para entender que las bolsas mundiales no tienen un enorme porvenir inmediato, especialmente si dependen en una medida grande del sector financiero.

O sea que no me queda más que el amor.

Resurección

Hace diez días traté de recuperar mi manía de escribir posts asiduamente en mi esperanza de llegar a ser un buen bloguero. Desde entonces personas de mi entorno comentaron, sin intención, que para ello el blogueo no tenía futuro y, la verdad sea dicha, así me pareció, cuando comencé a meditar sobre lo que olfateaba a mi alrededor. Mi entusiasmo se ha difuminado y durante estos días he dedicado mi tiempo, o para ser veraz, el que los cuidados médicos me dejaban libre, a la tercera criba de mis papeles viejos hasta un punto que me ha proporcionado cierto optimismo en relación al futuro de mi obra y, en general, al futuro de mi estancia en este planeta.

Me ha parecido pues que hoy era el día adecuado para retomar, no solo la escritura, sino también los largos paseos que me hacían feliz solo unos meses atrás. Y entre esos paseos largos hay uno que me resulta especialmente atractivo: el Paseo de las Delicias. A mis ojos aparece como un lugar en el que durante un par de siglos ha estado viviendo una capa social de ricos en épocas en las que ser ricos, más acá de ser aristócrata, consistía en servir de cerca a esos aristócratas cercanos al monarca del momento.

Desde Atocha hasta el Matadero la arquitectura y las calles que cruzan el Paseo, se me representan como la historia de Madrid que desconozco totalmente y que, por lo tanto, no entiendo porqué siempre hace surgir en mí el deseo de vivir en él o en sus aledaños entre gente que desconozco totalmente, con una edad media que sobrepasa la mía y que dedica el tiempo a las tareas caseras que permite el tiempo que genera la escasa pensión de la que viven.

Sea cual sea la acera por la desciendo aparece ante mi, no solo partes importantes de mi pasado, sino también, tal como hice ver en El Paseo de las Delicias, todo mi posible e improbable futuro y siento como si lo que estoy haciendo a esta edad ya provecta lo podría hacer en este entorno de manera más creativa.

Termino esta vuelta al blogueo comparando un mismo anuncio en el barrio, donde vivo ahora, y ese mismo anuncio en este Paseo. Aquí alguien compra Oro, Plata y Joyas mientras que, en mi barrio, el negociante equivalente solo compra Plata y Joyas. Le sobra el Oro y de él vive, más o menos bien, mientras que la Plata y las Joyas le sirven para mantener el poder adquisitivo del Oro. Eso es así en mi barrio mientras que en este Paseo que adoro, el Oro es también parte de los instrumentos de trabajo que te sirven para generar un poder de compra adicional que quizá sirva para montar un negocio a tono con la forma de vivir de esta barro del sur y con sus nuevos habitantes recién inmigrados.

Hacia un mundo sin heurística

Ewan McGregor en The Ghost Writer

Parece que, poco a poco, se me va pasando el malestar general que me ha tenido atontado durante más de dos meses. Retomo por lo tanto mi manía de escribir asiduamente en la esperanza de poder volver a ser un firme bloguero. Comienzo con algo que escribí hace más seis años, eliminando todos los comentarios.

El pasado viernes mi abono para la temporada de ópera 2011-2012 del Teatro Real, me ofrecía, según el programa del folleto explicativo, una creación de Robert Wilson, Marina Abramovic y Antony cuyo título era The Life and Death of Marina Abramovic. Resalto lo de creación pues puede que no sea una ópera aunque no es exactamente un musical, ni un circo, ni un mero espectáculo de luz y sonido. Y esto es lo interesante intelectualmente hablando, se trata de algo distinto, al menos para alguien como yo que solo conoce algunas puestas en escena de Wilson en Salzburgo y Edimburgo, algunas piezas de Antony y su grupo y apenas si recuerda algunas noticias periodísticas sobre las performances de Marina Abramovic. Y ¿qué es eso nuevo?

Francisco Calvo Serraller nos dice en el programa correspondiente que se trata de una «obra de arte del futuro». Elvira Lindo nos comenta de pasada en su columna de El País que es una oportunidad para que el público del Real (conservador y un poquito pueblerino, pensamos que quiere decir) se sienta en onda y à la page. Mi accidental compañero de sesión piensa que se trata de una banalidad (incursa incluso en una innecesaria y ordinaria escatología) propia de la naturaleza del espectáculo sin relación alguna con el arte y la cultura. Y ¿yo? ¿qué pienso yo? Pienso que se trata de un espejo de un mundo sin heurística.

Mi compañero accidental de sesión, con el que ya he llegado a establecer nada menos que una conversación, una institución muy actual, me hace saber mediante el correo electrónico que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres y ese es un buen punto de partida para contarme a mí mismo lo que entiendo por un mundo sin heurística. Me escribe llamando la atención sobre una buena lista de incertidumbres:

incertidumbres ecologistas, incertidumbres biológicas, incertidumbres del papel de la tecnociencia, incertidumbres de la cohesión de un mundo sobrepasado en el crecimiento del ser humano, incertidumbre de los esquemas validos para una comunidad global, incertidumbres de los sistemas políticos operativos para los nuevos tiempos, incertidumbres sobre el papel de los distintos colectivos del hombre (élites en su mejor sentidos, especialistas, masa humana, en el sentido Orteguiano que por primera vez acede a la educación y a la información con resultados paradójicamente sorprendentes, continuidad de sectores hambrientos en el mundo a pesar del despilfarro diario de alimentos por parte de los que comemos todos los días…

Es bien cierto que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres frente a las cuales es urgente elaborar reglas de dedo (rules of thumb), formas automáticas de reaccionar que vayan conformando una heurística que es posible no sea perfectamente racional, pero que es una forma no suicida de irracionalidad que nos permite no morirnos de hambre, como el asno de Burulan, ante la duda de cual sería la mejor manera de de actuar en este mundo nuevo y quizá desconcertante y que, por otro lado, nos reta a contribuir con nuestra reflexión venga ésta de donde venga.

En un mundo así no hay más remedio que contribuir a una nueva heurística como bien saben los inversores financieros que ya no pueden fiarse de los sofisticados cálculos del riesgo. Por lo menos y de momento, tenemos que elaborar unas cuantas reglas para andar por casa, es decir para orientar nuestros propios pasos, reglas necesariamente elaboradas por uno mismo de forma que cada uno de nosotros se vea obligado a ser un filósofo deconstructor improvisado hijo de esa posmodernidad a menudo simplificada como un raro apéndice de la modernidad. No nos queda más remedio, por pura supervivencia, que deconstruir para volver a aprender todo de nuevo y sin prejuzgar cual sea el final de esta forma de experimentar.

Mi ya amigo de sesión me recuerda que la cultura y el arte, como forma singular de esa cultura, son cosas muy serias que no pueden confundirse con la frivolidad del puro espectáculo para el disfrute del cual basta con acudir a cualquier revista musical. Que son cosas muy serias no me cabe la menor duda, son tan serias que en ellas se refleja nuestra cosmovisión y son ellas nuestro Virgilio para orientarnos en este mundo dantesco en el que el hombre ha vivido siempre más o menos consolado por sus propios mitos y construcciones intelectuales. Que esa importancia no pueda reflejarse en la frivolidad de la gastronomía como una de las bellas artes o en el inocente entretenimiento del Rey León, no me parece tan obvio. Toda creación humana contribuye a la identidad de la comunidad en la que vivimos y esa identidad está hecha de raras pautas de conducta derivadas de la interacción de los miembros de esa comunidad.

Inevitablemente se cuela en la charla del intermedio de esta creación la postura de Mario Vargas Llosa sobre la banalidad en la cultura, una postura explicitada en una entrevista del diario El País, creo que el domingo, como apoyo a la edición de un libro u opúsculo que no he leído, pero que supongo estaba ya prefigurado en aquel artículo de hace unos cuatro meses en ese mismo diario y en el que reseñaba equivocadamente el libro de Carlos Granés titulado «El Puño Invisible». Vuelvo a destacar esta cita con la que yo no podría estar más en desacuerdo:

Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio. O, todavía peor, en una payasada ridícula. Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas -obras maestras- más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la re-elaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.

Ya tuve ocasión, por mi parte, de expresar mi extrañeza por la lectura, a mi juicio equivocada, que Don Mario hace de Granés y subrayar la importancia que movimientos aparentemente irracionales han tenido para nuestra weltanshaung y, sobre todo, para nuestra práctica cotidiana. Y, mira por donde, la creación del otro día en el Teatro Real hace uso de no pocos de esos movimientos artísticos o culturales o intelectuales para montar un espectáculo, sí, un espectáculo lleno de formas de recordarnos que estamos llenos de incertidumbres ante las que no hemos sabido ordenar nuestra reacción. La guerra de los Balcanes es de ayer y está ahí y solo un poco más alejada en el tiempo recordamos la defensa partisana contra el nazismo o la esperanza de la vía de Tito y de la economía cooperativa de su Yugoslavia comunista. Pequeñas cosas que no es de extrañar trajeran consigo desarreglos psíquicos y un enorme sufrimiento y desorientación que olvidó toda clase de heurística previa, se dejó llevar por sesgos en estado puro y, en el mejor de los casos, anidó a creadores como Mariana Abramovic y otros muchos literatos y artistas que no conocemos por estos lares.

La mezcla de música tradicional y hasta diríamos que nacionalista con otra moderna sin llegar a ser digital junto a un libreto, si así se le puede llamar a la historia que se nos cuenta, forma un conjunto poético perfectamente integrado en la sensibilidad de los tiempos sin que por lo tanto se pueda decir que se trata de la obra de arte del futuro. Está ya aquí y perfectamente establecida y algunos nos regocijamos de ello pues nos proporciona como un aire renovado en una escena operística que se ahoga en preciosismos innecesarios como el de I due Figaro de hace unos días que me pareció una total mediocridad cultural por maravilloso que sea el esfuerzo de Eduardo Mutti de recuperar la música napolitana como esta de Mercadante.

La crítica fue unánimemente entusiasta con el esfuerzo de Mutti y sin embargo creyó necesario ofrecer opiniones dispares y contradictorias de esta creación. El público se sintió transportado por Mercadante interpretado por una orquesta organizada por el maestro napolitano y mostró una cierta división de opiniones el pasado viernes aunque me consta que al menos un grupo numeroso se sintió genuinamente entusiasmado por algo que, se siente, está en el camino de poner en tela de juicio la más pequeña de nuestras reglas de conducta a fin de volver a pensar una vez más sobre las reglas de nuestra vida en común y sobre nociones necesariamente cambiantes de lo sublime, lo racional o lo trascendente. Tuve la sensación de que hasta las secretas reglas de higiene o el individualismo fueron puestas en duda con cierta creatividad. Y de ello me alegro.