De lo lúdico y lo serio

Lo ludico y lo serio

Hace tres o  cuatro días topé, en la enorme mesilla de noche de mi dormitorio, con un librito de editorial Casimiro con un título intrigante. En portada se lee De lo lúdico y lo serio que se corresponde con el título de este post; pero interiormente se presenta como Over de grenzen van spel en ernst in der cultur (La historia de la cultura, el juego y la continuidad) publicado en el año 1933 en Holanda. No conozco la portada del original; pero en esta de la publicación en español aparece el Autorretrato de Rembrandt del año 1628 y que se encuentra en el Centro Getty de los Angeles

Debía estar ahí desde hace tantos años como los que me volverían a llevar a la época en la que me interesé por la Economía de la Cultura y publiqué varios trabajos en esa materia que he empezado a examinar sin vislumbrar ninguna referencia a su autor: Johan Huizinga (1872-1945). Pero finalmente he comprendido que mi memoria me ha jugado una mala pasada y que, si siento que la mezcla de lo lúdico y lo serio me recuerda a algo, ese algo debe de ser Conocimiento y Sabiduría, el título de mi próxima novela ya casi lista. En esta publicación el conocimiento estaría ligado a lo serio y la sabiduría a la la sabiduría.

Esta posible conexión me gusta pues Huizinga defiende que lo serio, para serlo realmente, debe estar infectado de lo lúdico y el protagonista de mi novela trata de acercarse a la sabiduría, su finalidad última a partir del conocimiento que acumuló en su  juventud tan entusiasmado como estaba por la ciencia especialmente si ésta estaba apoyada en la matemática.

«Informe» Macro

Informe macro y consumo compensatorio

Ayer cumplí con mis obligaciones de examen macro sobre mis finanzas y aprendí mucho de mi gestor. Aprendí sobre las expectativas relativas a la inflación, a la deuda pública, a la política del Banco Central, a los tipos de interés y al crecimiento industrial. Y a las veinte horas, Miguel Sebastián ha contado hoy en Televisión cómo estas informaciones resultaban en una expectativa bastante optimistas para el crecimiento.

Pero creo que donde he aprendido realmente algo importante fue precisamente esta mañana tomando unos churritos en una especie de desayuno algo tardío en una cervecería de un barrio de clase media en el que suelo esperar a que llegue mi hora en una consulta médica cercana. Me he encontrado con que el local está mucho más lleno que las últimas veces que lo visité en los dos últimos meses y eso me hace pensar sobre los pronósticos macroeconómicos.

Comentaré breve y superficialmente las diferencias entre unos y otros pronósticos. Donde los enterados o especialistas creíbles escriben  que la situación está bastante bien a pesar del consenso técnico de los economistas formales, los que andamos por la ciudad en un intento de «caminar» y dejar que el cerebro funcione solo, tenemos una impresión más negativa basada precisamente en el mayor gasto en el desayuno.

Cuando nuestra impresión general que revela la lectura de informes elaborados con detalle es buena, el ciudadano que invierte se siente bien y procura aprovechar la situación para hacer deporte y no pasarse con la comida en general y desde luego con el desayuno. Pero cuando los asuntos financieros van mal rebaja su gasto, crece en minucias que le consuelan como, por ejemplo, el desayuno, regalándose con media docena de churros o, ya desesperadamente, con un par de porras.

Comentario

Faroladas

Hace un par de días, después de escribir mi último post sobre Dublín, recuperé un poco de memoria. Por un lado me dí cuenta que ya había escrito un post similar hace años y, por el otro lado, encontré el libro Faroladas que para mi sorpresa incluye casi todas las Navegaciones de un Economista, escritas hace mucho tiempo.

En cuanto a lo de Dublín creo que esa memoria inconsciente tiene mucho que ver con el tiempo atmosférico de estos días en Madrid, frío y húmedo. Sin duda como en Dublín y como en ese caso vuelvo a pasear con el paraguas y la gabardina descubriendo cosas nuevas en materia de edificios y cafeterías y tomo el autobús para llegar al centro y, desde el, volver a mi casa en Glasnevin en donde está ese cementerio tan importante en el Ulises de Joyce. En este caso la pérdida de memoria actual renueva la antigua,

Pero lo de Faroladas es diferente. Tratando de hacerme una idea de mis trabajos en el blog de hace muchos años me topo con algo denominado Las Divagaciones de un Economista, una colección de posts que no se justificaban cada uno por sí mismo y, sin embargo, podrían tener algún valor en conjunto. Y en ese momento recordé que, a la sazón, no parecía correcto publicarlos con ese nombre y que, sin embargo, podría tener una cierta gracia si la colección se titulaba Faroladas. En este segundo caso la cronología era la opuesta a la del primer caso. Iba en cierta manera del pasado al presente.

Dublin

Dublin

Mis paseos obligados de estos días fríos y soleados en Madrid me han recordado a los paseos por el Dublín de finales de verano en aquellos años mozos asociados a mi aprendizaje del inglés en un país más acorde con la ideología paterna que la propia Inglaterra. La mayoría de los jóvenes con los que yo me había encontrado durante el verano habían ya vuelto a su país de origen y yo pasaba mis últimos días más o menos solo en aquella casa del norte de Dublín, más allá de Drumcondra y cerca del cementerio de Glasnevin, famoso a partir de su lugar importante en el Ulises de Joyce.

Durante esos últimos días de mi estancia continuaba tomando el autobús hacia el centro de la ciudad bien abrigado y dispuesto a seguir disfrutando de mi soledad en un medio que me estaba pidiendo mi apreciación. No tardaba mucho en llegar al que para mí era el centro neurálgico de esta preciosa ciudad. Me apeaba en O’Conell street al pie de Nelsonś’s Pilar, un extraño homenaje a quien para los irlandeses era no solo un extraño sino, sobre todo, un enemigo.

A partir de ese punto cerca del río Liffey, me paseaba por un montón de calles no muy largas y llenas de edificios y calles muy distintas de las que yo conocía a la sazón y que iba grabando en mi retina. Casi nunca atravesaba ningún puente para pasar al sur de la ciudad y me detenía solo ante ciertos monumentos significativos como una universidad o alguna iglesia todos ellos muy diferentes de los paisajes de campo de los que había disfrutado el resto del verano.

Desde el principio del verano, en efecto, había disfrutado de algunas playas en medio de preciosos barrancos inclinados sobre el  mar y que me recordaban a esos primeros gritos de Ulyses que en mi ignorancia sobre su dificultad había comenzado a leer ese primer verano irlandés. Así mismo y siguiendo con mi valentía ignorante, había visitado Phoenix Park en donde aprendí a montar a caballo con un trote nada español y totalmente inglés y a acercarme al lugar santo de la producción de la cerveza Guinnes. Además acudí a hipódromos donde mi verdadero interés estaba no tanto en las carreras sino en las apuestas.

Pero a partir de esa última semana la cosa fue diferente. Ahora ya no me limitaba a pasear, sino que dedicaba mi tiempo y mis últimos ahorritos de jóven pijo a aprender cosas serias como era, por ejemplo, ir al cine a ver películas extrañas para mí en cines donde se podía fumar, vicio que todavía no cultivaba, y en donde había que ponerse en pie para escuchar el himno nacional antes de evacuar la sala.

Pero mi recuerdo más importante fue durante tiempo, y sigue siendo, después de tantos años, el de entrar en la cafetería de un hotel importante y encargar un sandwich que hoy llamamos mixto y que en aquel entonces llamé americano.

Cuando estos días me lanzo en Madrid a pasear disfrutando del color de la hojas del otoño y del frío bajo el sol correspondiente, siento nostalgia de Dublín e inconscientemente siento que en el centro, al que me acerco poco a poco sumido en mis ensoñaciones, voy a encontrar alguna novedad que me haga pensar en un futuro sin tristeza. Pero esto ya no ocurre.

Redes

Topología de redes distribuidas

TVE se ha puesto finalmente al día y detrás de la bilbaína Ana Blanco aparece en el telediario del mediodía un cielo en el que se distingue una red, es decir unos puntos pegados unos a otros mediante lineas. Y no solo ahí, sino que, desde hace tiempo, en muchos otros lugares de esta cadena aparecen esas redes más o menos densas.

Esta visión me ha recordado cuando, bastantes años atrás, proliferaron las publicaciones sobre redes. Entre ellas varias de David de Ugarte de hace más de diez años. Durante una buena temporada estas publicaciones fueron cruciales para volver a entender los sistemas económicos de una manera alternativa pero equivalente a la que se fraguó desde la época de Arrow y Debreu.

En el año 2008 escribí aquel librote titulado El Capitalismo que Viene en el que pretendía unificar el tratamiento de muchos problemas económicos y sociales además de políticos en base a estas ideas sobre redes que tanto me obnubilaron en aquel entonces  y me siguen encantando. En una especie de segunda parte del Sindrome del Capataz, que pronto verá la luz, he pretendido apoyarme en aquellas ideas que ya son bastante conocidas para explicar lo que es una Good Life. Parte de la explicación es política, otra es económica y otra política. Centrándome en la económica escribía lo que sigue:

Comienzo por… la manera en que se forman las comunidades a partir de un juego evolutivo consistente en formar parejas aleatoriamente y en cada momento hacerles jugar un juego cualquiera de manera que se va formando una red, un proceso en el que van apareciendo hábitos sociales hasta que se llega a un equilibrio del juego evolutivo que se denomina Estrategia Evolutivamente Estable o también equilibrio a prueba de mutantes pues a nadie le interesa salirse de la pauta de conducta de equilibrio.

Ahora bien en el equilibrio del juego evolutivo se da a fraternidad, término  este que incluye la amistad y el placer de estar juntos. Esta Fraternidad implica dos características cruciales como son  la confianza mutua y la credibilidad de los compromisos. Si  la red en la que estamos es distribuida de verdad nos topamos con la posibilidad de la Abundancia porque, a) disminuyen los costes de transacción por la confianza mutua, b) se da el efecto red o Efecto Mateo según el cual «al que tiene se le dará» debido precisamente a que entrar en en una red disminuye los costes y c) se dan las economías de alcance según las cuales se gana más ampliando el abanico de productos fabricados por una empresa que aumentado la producción de un solo producto. En el límite estamos en el equilibrio de la competencia perfecta en un mundo digital como el de hoy.

Pero la aportación de las ideas de redes no solo ayudan al entendimiento profundo de la Economía, sino que además ahora mismo ayuda a la comprensión de la Política y de los cambios que en esta campo se ven venir como por ejemplo el multipartidismo que ha aparecido tras las últimas elecciones. No es pues de extrañar que hoy, y para entender el cambio político que se acaba de generar, necesitemos ideas de redes y una de esas redes es lo que tanto PSOE como UP pretenden comenzar a organizar ya.

Y más en general parecería que cuestiones casi prohibidas como el nacionalismo o el confederalismo estarán pronto en el centro de la política.

Impresionismo y Expresionismo

Kunsthalle Bremen

Aprovechando el pasado «puente» de Todos los Santos nos fuimos a Las Arenas a fin de pasar allí el mal tiempo que se preveía. No fue para tanto con la excepción de una noche en la que el viento no me dejó dormir; pero cuando amaneció salió un poco el sol y el Abra se puso muy bonita. Así que nos decidimos a visitar los dos buenos museos de Bilbao, el de Bellas Artes y el Guggenheim. Hoy me voy a limitar a reflexionar sobre algunos aspectos de una de las exposiciones de este último, la presentada como Kunsthalle Bremen. Estsala nació hace casi dos siglos en Bremen gracias al esfuerzo de algunas familias ricas de la ciudad, las mismas que apoyaron su desarrollo posterior. Justamente como el Bellas Artes de Bilbao.

La exposición en Bilbao ofrece, en el Guggenheim entre otras cosas, dos salas muy amplias del Impresionismo y el Expresionismo respectivamente con énfasis en pintores alemanes; pero sin olvidar los franceses. No me encuentro con fuerzas suficientes como para disertar sobre los artistas y me limitaré a tratar de plasmar por escrito una idea que explotó en mi cabeza a lo largo de la mañana lo que generó mi falta de atención hacia las otras exposiciones de este Guggen.

Pensé que ambas escuelas se desarrollan alrededor de la realidad. Esta nos llega a través de los sentidos y, cuando uno no es ciego, sobretodo alrededor de la vista. Pero sobre esta naturaleza se ha discutido ad infinitum. Podríamos decir que los impresionistas no ponen en duda la naturaleza de la existencia de esa realidad y tratan de embellecerla, cosa que agradecemos los que no somos artistas sin poner en duda su existencia, mientras que los expresionistas intentan más bien romperla para conocer mejor los intríngulis de esa realidad.

Le dí muchas vueltas a esa idea simple y finalmente concluí que yo mismo en mi trabajo de Economía he utilizado ambas aproximaciones, impresionista en la Micro y expresionista en la Macro, tratando de fundamentar la segunda en la primera. Unas gotitas de Macro permiten la idea de expectativas no racionales y la consiguiente dependencia de lo esperado permitiendo así su influencia.

¿Son mis vecinos irlandeses?

Ventana en otoño

Desde la habitación en que hago gimnasia por las mañanas veo la casa y el jardín de mis vecinos recientemente incorporados a la zona de Madrid en donde habito. Ahora que comienza el otoño veo con toda claridad dos ventanas, una en cada uno de los dos pisos centrales del chalet de al lado. Esta mañana me he dado cuenta de que la persiana de cada una de ellas estaba subida exactamente hasta la misma altura que lo estaba ayer; pero con una precisión difícil de obtener por la mano humana. Me he quedado extasiado y he descubierto que así es todos los días. He empezado a temblar.

Mi temblor se debe a que he recordado de pronto aquella pequeña serie que publiqué en este blog y que denominé La Flecha Emplumadaa y que me llevó a sufrir la sensación de persecución por parte de la firma Skoda. En aquella ocasión todo terminó bien pues si bien la persecución era cierta resultó que esta empresa trataba de dar conmigo como descendiente directo de aquel señor que había regalado a su mujer al principio de la guerra civil española un automóvil de esa marca que le fue requisado por las fuerzas franquistas. Y, claro está, me pregunto si esta posible persecución de mis vecinos trata de darme algo o de quitarme algo.

Seguiré vigilando y si es necesario me presentaré en su casa a pedir explicaciones. Pero antes debo imaginar una cierta forma de vigilarles yo a ellos. Para ello he de fijarme en todos los detalles. Para empezar su jardín está protegido de la vista de los escasos peatones que caminan por la estrecha carretera mediante un seto de vegetales que ahora con el otoño se ha convertido en verde, rojizo y blanco. Casi todas las banderas tienen estos tres colores; pero en este otoño y este clima me recuerdan a la de Irlanda con sus tres franjas verticales con una franja blanca separando a la anaranjada o rojiza y la verde, evitando así los roces entre los representados por una y otra de estas dos últimas.

Que un país que durante muchos años luchó por librarse del U.K. y que, por fin consiguió su independencia, simbolice en su bandera el deseo de paz entre unos y otros, católicos y protestantes, es digno de admiración y de enseñanza en estos días convulsos en los que vivimos.

¿Oportunidades de la jubilación?

Oportunidades de la jubilación

He tardado tiempo en entender que significa la jubilación; pero finalmente me he enterado.

Al principio creí que lo que yo deseaba era desagendarme, borrando así la mayoría o incluso la totalidad de mis obligaciones adquiridas que, al mismo tiempo, eran las oportunidades de conectar con gente importante y sentirme yo también importante. Algo perdía o dejaba atrás; pero la posibilidad de ganar independencia para hacer lo que me diera la gana en cualquier momento del día y cualquier día del calendario me compensaba de largo.

A medida que pasaba el tiempo las cosas fueron cambiando y empecé a darme cuenta de que, al final del día, la combinación de consumo diferenciado y ampliado en el tiempo y de producción también creciente, que llenaba mis días cuando trabajaba, no me daba la impresión de haber conseguido algo para la comunidad de gentes de mi alrededor. No llenaba mis expectativas y me generaba una especie de mala conciencia. No se trataba de que no haya nada que hacer como jubilado; sino de que cuando termina el día no hay ninguna sensación de haber conseguido algo respetable.

Pero creo que mi impresión es ahora más favorable que inicialmente. En efecto, hace unos pocos días escribía en este blog que la falta de memoria actual me había proporcionado un incremento en la memoria del pasado. Este efecto inesperado de la jubilación, consistente en recordar algo muy bello de los tiempos de juventud, se consigue gracias a la mayor velocidad en el andar recomendada por el neurólogo y que fuerza a recorrer caminos desconocidos hasta el momento y que proporciona nuevas vistas de la ciudad donde vivo y, sobre todo, de sus similitudes con vistas del pasado.

Y esta posibilidad me proporciona la posibilidad de producir algo en favor de mis pares y no pares, un relato de cosas del pasado remoto extremadamente bellas. Y esto significa la jubilación, nada menos.

La boina hacia la izquierda en El Caserío

El Caserío, Jesús Guridi

Hace algunos días sugería en este blog que la inclinación hacia la izquierda de la txapela era, junto con el rabito, un signo identificativo de la verdadera boina vasca y, en consecuencia, los verdaderos vascos solo la usan así. Sin embargo me ha entrado una duda a raíz de mi asistencia en el Teatro de la Zarzuela a la representación de El Caserío de Jesús Guridi.

Si bien el bajo, Santi en la historia, alcalde del pueblo y propietario de Sasibil, usa un precioso sombrero de copa, y que los jóvenes usan todos boina inclinada hacia la izquierda, las jóvenes del ballet que bailan los momentos musicales más preciosos, la llevan roja e inclinada hacia la derecha. Eso me ha hecho pensar que el tipo de inclinación es en sí misma también una identificación del género de su portador.

La (falta de) memoria

Goteburgo

Desde hace ya unos cuantos años padezco un extraño mal que hace que los huesos crezcan y decrezcan a distintas velocidades de forma que casi en todo momento algún hueso del esqueleto muestra un crecimiento desproporcionado que no solo se ve sino que duele lo suyo. No tiene tratamiento medicinal y la única recomendación médica es la de caminar largo y deprisa cualquiera que sea el dolor que esto produzca. He seguido esta recomendación con entusiasmo, además de acudir a un fisiólogo que ha logrado paliar mis dolores.

Pero más recientemente ha ocurrido algo curioso. De manera natural me caía al suelo, generalmente hormigonado, en medio de mis paseos durante el último otoño cuando ese suelo se llena de hojas mojadas. Durante tiempo pensé que estos resbalones eran normales sobre todo en un tipo más bien viejo como yo que ya sobrepasa los setenta años con amplitud. Pero a medida que comenzaba a sentir mareíllos ocurrió que las caídas, o su aparente posibilidad, eran cada vez más frecuentes. Hasta que un día me derrumbé sobre la superficie seca y lisa de unos almacenes a los que visito con frecuencia en mis paseos y, ello, sin perdida alguna del sentido.

Los médicos me exploraron yo diría que con saña y su diagnóstico fue, después de descartar un ictus, el de el deshacerse de los huesecillos del oído interno derecho y el del correspondiente vértigo. Y ahí quedó su opinión sin que relacionaran ese vértigo con ese mal encontrado en su día por un médico francés llamado Paget. Pero en mi mente éste seguía allí por lo que yo debería tratar seriamente de retardar sus efectos caminando todavía más de lo que llevaba años haciendo al tiempo que trato de retardar la pérdida de memoria que también me aqueja supongo que simplemente por mi edad.

Quizá yo debiera haberme dedicado a la medicina pues poco a poco recupero memoria y he dejado de usar ese bastón que desde mis resbalones había comenzado a utilizar. Pero esto no es lo más importante de esta nueva etapa de mi vida. Lo que realmente me emociona es el nuevo aspecto que ha cobrado mi sensibilidad como efecto de mis paseos. Estos, ahora que ya estoy jubilado, se distinguen por la mayor velocidad con que los realizo y por el deseo de hacerlos novedosos caminando por caminos nuevos y muy a menudo por discurrir por aceras opuestas a las transitadas con anterioridad con el resultado de descubrir una nueva ciudad que, y aquí está la sorpresa, me recuerda a otras ciudades que descubrí de más jóven y que mostraban una arquitectura y un colorido que me encandilaban y todavía me encantan, asociadas como están, a formas de vida mucho más acordes con mis creencias morales y políticas.

¿Podrá esta nueva y amplia memoria vieja compensar la pérdida de memoria reciente? No se si la recuperación de la imagen de Goteburgo podrá compensar el olvido del funcionamiento de un aparato de información ultramoderno. Posiblemente no del todo y la vida diaria en comunidad se me hará más dificultosa; pero como la soledad va creciendo con la edad pienso que prefiero estructurar mi soledad. Así que me voy a pasear en lugar de acudir a este seminario sobre novedades tecnológicas al que comprometí mi asistencia.