Desde mi sillón

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Yorickeando

Cuando tienes un amo tu odio te puede llevar a asesinar o a amar sin límite sea a él o a sus hijos. Y esta segunda opción parece más natural en condiciones normales aunque, bien pensado, nada puede considerarse normal cuando tienes un amo.

Tomar el téHace ya un mes, la primera vez que vine a estas meriendas intelectuales, llegué a esta zona de la margen derecha concebida para ricos en el automóvil del Decano desde el centro de la Ciudad. Así que no me sabía bien el camino. Aquella fue una ocasión memorable, pues te reconocí en seguida, y me pareció que tú también me reconociste al primer golpe de vista. Luego nos vimos en aquel café de la Ciudad que a tí no creo que te dijera nada. Pero hoy es ya mi día y me apresto con tiempo para acudir a esta reserva indígena y asegurarme de que no llego tarde. No nos hemos vuelto a ver o a hablar desde aquella ocasión y tu despedida me dejó un recuerdo más bien amargo, pues me dí cuenta, al principio de manera vaga y más tarde de manera mucho más precisa, del papel de bufón que me tocaba jugar como ponente de alguna charla, como la de hoy por ejemplo, y como coordinador general y moderador de todas ellas. Estaba pensando en Yorick cuando tomé el giro equivocado y casi acabo en unos caseríos que habían sido de mi familia, no lejos de mi destino, pero en una zona sin ningún glamour. Me dije que no podía permitir que nada me desviara de mi camino, ni siquiera mis rememoraciones literarias.

Mientras me reorientaba pensé superficialmente, concentrado en recuperar el camino correcto, en que sabemos lo que Hamlet pensaba de este bufón que tanto había alegrado su triste niñez, pero ignoramos lo que pensaba el completamente dependiente Yorick de su oficio o de su señor. Lo normal es, pensé cuando ya enfilaba la entrada de esta urbanización de lujo, que seguramente el niño Hamlet fue para él una tabla de salvación. Cuando tienes un amo tu odio te puede llevar a asesinar o a amar sin límite sea a él o a sus hijos. Y esta segunda opción parece más natural en condiciones normales aunque, bien pensado, nada puede considerarse normal cuando tienes un amo.

Dejé de elucubrar y me recompuse después de aparcar ya dentro de la parcela de tu chalet, Esperanza. Recorrí unos metros y antes de tocar el timbre se entornó la puerta, abierta desde dentro por el conductor que conocí en el café y quien en esta ocasión me mostró una amplia sonrisa. Me condujo hasta el salón y allí me topé con las jóvenes señoras que había conocido hace un mes ataviadas de una manera intencionadamente casual. Tú no habías bajado todavía, pero el juego de té y los sándwiches de pepinillo estaban ya preparados sobre una mesa baja que hacía juego con otras mesitas repartidas por el salón. No dudé de que mi sitio era el que había ocupado el Decano y me dirigí hacia un sofá de orejas aislado y de espaldas a un ventanal por donde todavía se filtraba la luz del atardecer. No llegué a sentarme, pues llegaste tú y me adelanté a saludarte con un afecto y respeto un tanto fingidos.

Perdonadme, pero es que estaba hablando por teléfono con Lourdes que se disculpa porque igual llega un poco tarde y me dice que le da mucha rabia pues tenía muchas ganas de oírte y no perderse nada, Jon, dijo. Por lo visto tenía una entrevista con un posible chaufeur que le resulta imprescindible viviendo donde vive ahora.

¿Empezamos ya?, inquirí yo.

Sí, Jon, puedes empezar. Aunque no te he avisado para pedirte permiso, me he tomado la libertad de explicar a las chicas tu método de preselección y todas conocen ya lo suficiente sobre psicología de la Gestalt como para intentar pasarlo. Incluso Lourdes si llega a tiempo. ¿Empiezas?

Me sentí traicionado por tí Esperanza, y no solo eso. También me sentí tan mal como un actor cuyos mejores trucos ya se conocen el día del estreno. Pero espero que me vieras sonreír mientras una a una fuisteis colocándoos delante de mí de pie delante del sofá de orejas y yo puse mi dedo índice sobre seis escotes pudorosamente cubiertos con unos jerséis de lana fina no muy adecuados para este día de otoño. Lo más increíble fue cuando todas y cada una de ellas fueron manteniendo el tipo sin que ninguna tuviera que mantener el equilibrio dando un paso atrás.

Esto se pone interesante– me atreví a decir con cierta timidez. En estas circunstancias no tengo más remedio que tomar una decisión drástica. El puesto de ayudante para estas meriendas lo desempeñará… Lourdes, por haber llegado tarde. Y sonreí.

Tendré que utilizar los trucos del oficio para alargar un poquito la exposición, para que dure por lo menos hasta que vea en vuestra expresión el deseo de rellenar vuestra taza de té o de tomar otro sándwich.

Tomé asiento mientras tú me servías el té y me ofrecías un sándwich en su platito correspondiente que deposité en la mesita de mi izquierda, alejándolo un poquito para que quedara claro que no lo tomaría hasta que hubiera terminado con la exposición, y comencé a hablar de una forma que me pareció pedante y que exigiría algún cambio de ritmo en algún momento especialmente importante.

Seguramente habéis todas oído hablar de Adam Smith, el candidato mejor colocado para ser considerado el padre de la economía, si entendemos ésta más allá de saber cómo llevar las cuentas de la casa. Pues Smith, en su famoso libro «La riqueza de las naciones», es el que nos introduce por primera vez en la idea de la ventaja comparativa y de su consecuencia natural, que se denomina la especialización, a través, naturalmente, de la división del trabajo. Dos ideas estas cuyas consecuencias menos naturales procuraré destacar.

En ese momento entró en el salón alguien que debía ser Lourdes, también ella con su jerseycito de lana fina correspondiente. Yo me levanté y sin decir palabra alguna le indiqué que tomara asiento en la sillita que, muy intencionadamente, le habían reservado a mi izquierda, al otro lado de la mesita, y continué.

Para entendernos, supongamos que Lourdes cocina un cake mejor que el que Esperanza dice que ella hace, pero supongamos que los sándwiches de pepinillo de la señora de esta casa son universalmente reconocidos como los mejores por encima de todos incluso de los de casa de Lourdes. Diremos muy naturalmente que Esperanza tiene ventaja comparativa en la fabricación de sándwiches y que Lourdes la tiene en la de cakes. Fijaos, sin embargo, en que esta idea puede muy bien seguir siendo usada aunque… digamos Lourdes, sea mejor que Esperanza tanto en cakes como en sándwiches. De manera muy natural diríamos que Lourdes tiene ventaja comparativa en cakes cuando entre los de ésta y los de Esperanza hay mucha más diferencia que entre los sándwiches de la primera y los de la segunda. Y podremos decir de manera también muy natural que Esperanza tiene ventaja comparativa en sándwiches.

Quizá había llegado el momento de hacer mi primer gesto teatral y mirando alternativamente a una y otra pregunté en un tono de voz que nada tenía que ver con el profesoral que si había acertado. Ambas sonrieron pero no contestaron, con lo que no tuve más remedio que continuar con mi tediosa explicación.

La consecuencia es casi trivial. Todos estaremos mejor si los tés intelectuales se celebran aquí en donde estamos hoy, por lo que estaremos dispuestos a pagar un poco más por ser invitados… en caso de que en vez de ser estas reuniones un acto social entre amigas fueran el negocio de un empresario del sindicato de actividades diversas- como por ejemplo yo- y tuviera que ganarme la vida organizando saraos como el de hoy. Es claro que estaría dispuesto a pagar una comisión mayor por el uso de sus instalaciones a Esperanza que a Lourdes.

Toda esta explicación que aquí te resumo para que conste llevó mucho más tiempo del que yo pensé iba a exigir, y me excuso por volver a repetir toda esta retahíla que ya conoces, pero es que quiero recordarte lo que vino a continuación. Me levanté de mi sillón de orejas y cogiendo el sándwich de la mesita en la que lo había depositado cambié el tono, lo subí de hecho, y dije mientras paseaba por el poco espacio libre que me quedaba.

Reflexionemos un poco sobre las consecuencia de lo que hemos aprendido. La especialización podrá ser muy buena para poder tener más y mejores sándwiches y más y mejores cakes, pero reconocer conmigo que es un rollo, que tanto una como otra de estas amigas se sentirían mejor fabricando las dos cosas simultáneamente sin necesidad de especializarse y finalmente tener que intercambiar. ¿O no? Aquí está el dilema, o como diría Hamlet, «esta es la cuestión». ¿Tienen las mujeres ventaja comparativa en el cuidado de los hijos y los hombres en de la contabilidad de los costes de los blooms de un Alto Horno como esos que veis resplandecer desde esta urbanización por las noches? Y aunque la tuvieran, ¿no estarían ambos, mujeres y hombres, más contentos realizando las dos tareas?

Y mordiendo el sándwich me volví a sentar en mi sillón a la espera de comentarios cuando ya la claridad había desparecido. Tuve ganas de preguntar si al menos les había hecho pasar un buen rato, pero preferí quedarme callado.

El resto, Esperanza, ya lo viste; no fue el mayor despliegue de ingenio nunca visto, pero he de reconocer que tú tuviste la habilidad de reconducir los comentarios a la división del trabajo entre maridos y esposas, algo de lo que todas parecían estar un poco escamadas, aunque no todas en el mismo grado. La mitad lo que vivían en sus casas les parecía lo natural, pero la otra mitad intentaba encontrar salidas razonables que permitieran salvaguardar a los niños de la torpeza masculina. Así transcurrió el tiempo y la reunión se fue disolviendo mientras comentábamos, ya fuera de programa, de qué podríamos hablar el próximo mes y a quien podría traer yo como ponente. Aunque los orígenes del universo parecía el tema que suscitaba mayor interés, no se decidió nada y Lourdes quedó en comunicarme cuanto antes cuál era el tema elegido.

Cuando todas se fueron quedamos tú y yo solos y aproveché para interrogarte sobre Lourdes, pues ella había sido la única que no había dicho nada ni opinado sobre el tema del próximo mes. Resultaba ser una reciente joven viuda sin hijos que por fin había decidido moverse a la casa que junto con su marido se habían hecho construir en la misma urbanización en la que tú vives.

¿Te ha parecido guapa?, me preguntaste con un cierto tono de complicidad de celestina que quiere arreglar un ligue.

Si ya me había sentido mal con la tarea general que el Decano me había asignado y fatal en tu despreciativa despedida en el café, ahora, después de desempeñar el papel de bufón, me sentía un pelele con ganas de destrozar la vajilla del té que no había sido retirada todavía. Pero mi ira se refrenó un tanto al pensar que de una sola tacada quizá podía vengarme de tí y ponerte un poco celosa.

Se nos ha olvidado decirle que es ella mi contacto. ¿Se lo cuentas tú por favor y le dices que me llame para comunicarme el tema elegido?

Salí al jardín y allí solo quedaba mi cochecito muerto de vergüenza al haber tenido que compararse con los deportivos de estas mujeres desoevrées (si me permites llamar así a tus amigas) durante un par de horas. Tu marido por lo visto trabaja hasta tarde o es que estos días de merienda intelectual se organiza para reunirse con amigos para jugar vaya usted a saber a qué. Iba a abrir la puerta de mi cacharrito que había dejado sin cerrar para que diera la impresión que no tenía duda sobre la honradez de tus amigas, cuando la sombra de Lourdes se me acercó por detrás.

Pensaba ir caminando hasta casa pero al verte salir he dado la vuelta y te voy a pedir que me lleves a casa. No te desviarás apenas.

Cumplí las órdenes, que es lo que eran sus deseos, tal como le dije, y conduje siguiendo sus instrucciones hasta que me dio orden de parar delante de una casa no muy diferente de la de Esperanza.

Gracias Jon.

Se demoró un instante y finalmente me dio un papelito con su número de teléfono.

Por si me quieres llamar, para lo que sea.

Y abrió la portezuela para entrar en su jardín sin volver la vista atrás. Ni siquiera me dio tiempo de contestar algo, lo que me pareció de agradecer y pensé que igual hubiera sido mejor que no te hubiera encargado a tí que le comunicaras su nuevo metier. Pero ya estaba cansado y todavía me quedaba un ratito para volver a la Ciudad. Llegando a casa me pregunté si la experiencia de esta tarde me haría pensar en estas mujeres jóvenes, tus amigas parece ser, con odio por su riqueza y la posibilidad de proporcionarse caprichos como el de escucharme a mi, o si más bien sentía por ellas una cierta dulzura que eliminaba en mí el odio y los planes de venganza de un capataz. El tiempo lo diría.

«Yorickeando» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 3 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] Sí, efectivamente, mañana por la mañana y muy temprano comenzaremos nuestra escapada a Múnich en dos etapas y en automóvil. Hoy he revisado el coche y parece que todo está en orden. No tengo ni idea por qué abandonamos por una semana nuestro refugio del Baix Empordà y nos largamos a pasear por Cataluña, Francia, Suiza y Alemania y vuelta. Sospecho que es el deseo de dejar siquiera por unos días esta país aburrido que durante todo un mes solo nos va dejar saber las temperaturas y el número de muertos en carretera. Pero también es posible que por debajo esté mi deseo de sentirme más joven como cuando estas escapadas no me daban miedo y ni siquiera revisaba el coche. Ahora sin embargo reviso cien veces el mapa, calculo las distancias, trato de anotar donde podríamos parar por el camino en lugar de dejarnos llevar por la música de ópera alemana ya cargada en el coche o por el simple apetito. Pero además de miedo a esta edad me molesta además dejar de escribir en el blog partes cortas de una novelita que intento armar sin saber muy bien cómo. Si pierdo la concentración es posible que todo se venga abajo. Pero también es verdad que esta excursión me trae recuerdos de juventud, como el de Frau Klein mi primera profesora de alemán, la que me transmitió los rudimentos imprescindibles para pasar una temporadita en Salzburg, todos los de esta bella ciudad a la que a no creo que nos acerquemos, y esas frases famosas como la del título que he puesto a este minipost si sustituimos München por Berlin o aquella de la que se reía tanto Frau Klein que compuse en honor a Lilo Pulver : Ich habe mein geld mit Lilo Pulver gepulvert. Sea como sea el viaje se lo contaré a la vuelta y mientras tanto les dejo con lo último que he escrito en plan literario. […]

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