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Yeserías

Y el grito se va transformando en «¡a Yeserías!» tan vacía como aquella. Qué más da que ya no exista. Sus muros de cristal siguen encerrando mujeres.

carcel yeserias madridCon la humedad del mar la luz se convierte en una memoria nostálgica como me ocurrió en la última visita a LA. Pero con la sequedad de la meseta esa misma luz de transmuta en una fuente de futuros imaginados. Una combinación maldita cuando por fin entiendes que ya no eres un joven capaz de todo y por todo concernido y, sin embargo, no te dejan todavía pasar a la condición de anciano a ser cuidado y de todo desentendido.

En estas circunstancias y dada mi condición de infartado con su concomitante obligación de caminar 35 kms a la semana, no es de extrañar que combine la nostalgia con la exaltación. Esta última es la que preside el recorrido por el sur de Madrid que voy descubriendo semana a semana a pesar de haberlo atravesado durante años al ir y al volver a y desde Getafe en aquellos tiempos de la Carlos III. Un camino con múltiples variantes y combinaciones que voy describiendo como quien dibuja círculos imaginados, pero que, previo taxi, me permite cumplir con mi obligación sin jamás encontrar cuesta alguna que escalar.

Recuerdo vagamente que hace un par de meses tuve intención de comentar mi descubrimiento del Paseo de Las Delicias, la Avenida del Ferrocarril por la que diariamente conducía mi automóvil volviendo de Getafe, la Estación de Delicias que inevitablemente evoca en mí recuerdos infantiles de aquel juego de mesa que llamábamos el Palé y que ahora, si todavía existe en esta era digital, creo que llaman Monopoly o algo así y evocar, ante el Museo del Ferrocarril aquella conferencia que pronuncié por error y de la que cada vez que la recuerdo, me siento más orgulloso.

Pero ¡cuidado! que me deslizo sin querer hacia la nostalgia o, lo que no sé si es peor, hacia un regodeo enfermizo en el entregarme a la idea intelectualoide de la evolución de las ciudades, elucubrando sobre las huellas que en ellas se descubren, como las pastelerías de ese paseo cuyo nombre las evoca, y cuyos árboles, plantados por los franceses, sus moradores nunca derribaron en un ejemplo de sabiduría del afrancesamiento que también creo oler en los ciudadanos que hoy la habitan. Este Paseo que desemboca, así en forma de bóveda, en el Matadero y luego en el río recuperado hoy como una miniatura del Sena y que sirve como venganza de los madrileños arrumbados y apilados en el sur de su ciudad y que así se imaginan libres de las cadenas impuestas por los conquistadores de ese norte aparentemente cosmopolita.

Este último pensamiento me desliza de la nostalgia a la exaltación revolucionaria que se va acumulando en mi pecho a medida que en esta ocasión, la más reciente, varío un tanto el recorrido y la sangre me sube a la cabeza poco a poco, pero constantemente. Tomo por Guillermo Osma, calle que recibe su nombre, supongo, del noble, y me asombro del bloque de las casas, entre pobres y aristocráticas, que se enfrentan a la placita de Rutilio Gacis que, según leo, tiene sus peligros derivados de la pobreza pero que a mí me parece un perfecto lugar donde perderse, desaparecer. Bordeo luego lo que pienso debió ser la tapia del Matadero a lo largo del Paseo de la Chopera y continuo por el de Yeserías justo cuando el sol cae de plano sobre las casas de la acera norte de ese paseo con su mezcla de casas antiguas disfrazadas de toscanas y otras bien construidas en los noventa que dan sobre el parque que bordea el río. Aquí podría no pasar frío, disfrazarme de anciano y salir a sentarme en alguno de los bancos que bordean el jardín del río mientras me atonto al sol. Pienso que aquí, como en la calle del limón, también podría escribir esa novela que me angustia no empezar nunca, pero la melancolía cesa de golpe cuando caigo en que por aquí debía de estar la cárcel de mujeres, la cárcel de Yeserías, que tan astutamente nos mostró Almodovar y que necesariamente evoca en cualquiera ese amasijo de mujeres, seguramente algunas con sus hijos todavía diminutos, en el que deben mezclarse todas las maldades de carceleras y reclusas reforzándose unas a otras.

Recalentado debajo de mi abrigo me voy indignando poco a poco hasta que no puedo resistir esa cárcel aunque la hayan transformado hace años. Una cárcel es una cárcel y si encierra mujeres con niños es todavía una tortura mayor. Pienso que deberían establecer una en AZCA para que todos los bienpensantes del norte no olvidaran nunca que su entretenida libertad coexiste con dramas ocultos encerrados para no molestar, sin apelaciones, sin indultos. Se me enciende la sangre y pienso en que no hay mejor símbolo de la libertad que la apertura de las cárceles. Imagino a las presas saliendo en tropel y ocupando las casas del sur que acabo de admirar. Imagino a sus niños jugando en esos parques tan bonitos que pasarían de peligrosos a placenteros gracias al calorcito del mero sol. Recuerdo la revolución incruenta del 68 y me remonto a la prisión de prisiones, a aquella que encerraba la libertad ausente en el antiguo régimen. Ya tomamos Manhattan, ahora nos toca Berlín que diría Cohen. Y yo quiero estar presenta cuando ocurra.

Los transeúntes me miran con cara airada, asustada y asombrada. No me extraña porque me oigo elevar la voz con el grito revolucionario por excelencia que no es el reciente «¡a las barricadas!» sino «¡a la Bastille!». Y el grito se va transformando en «¡a Yeserías!» tan vacía como aquella. Qué más da que ya no exista. Sus muros de cristal siguen encerrando mujeres.

«Yeserías» recibió 0 desde que se publicó el domingo 22 de diciembre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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