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LXXII: Ya toca

Sin esos tambores tan poco expresivos no hay grupo humano, no hay ciudad que pueda significar algo. Cuidarlos como oro en paño es mi misión en esta recta final y si para ello tengo que acariciar su piel como de pergamino o besarla sin pudor lo haré. Mañana empiezo lo que hace ya siete años creí iba a ser la obra de mi vida y que constituiría la gran novela de Bilbao.

euskaldunaMañana será otro año y hoy se acaba el que ha constituido la transición desde el décimo aniversario del inicio del blog hasta la nueva vida que, sin duda, será la última por mucho que dure- y espero que así ocurra pues tengo muchas cosas que hacer. Es decir que hoy es un día muy significado en el que, como cada año, he disfrutado no tanto del aperitivo – aunque los langostinos estaban muy buenos- como del cumplimiento de la tradición en la que ese aperitivo se plasma. Y esta noche volverán los petardos que tanto embelesaban a mis hijos hace ya bastantes años, además del momento de grabar a fuego esa única determinación que nunca me ha fallado.

Pero antes de hoy fue ayer y nos agenciamos dos entradas para el XIII concierto organizado por AMAK en el Palacio Euskalduna. No sabría cantar las glorias arquitectónicas de ese edificio laberíntico, pero ayer a las 8 de la tarde las luces de Bilbao lucían especialmente límpidas a través de los enormes ventanales debido quizá a la limpieza del aire que acarrea el viento sur. Recordé la vista de Manhattan desde Brooklyn o la de LA desde el observatorio Griffith. Los tres casos son de película, es decir, de algo cercano a la narración. Estaba pues ya preparado para olvidarme de mí mismo y flotar por la música de Verdi en ese Réquiem tantas veces oído y tan poco propio de las fechas en las que estamos. Pero ocurrió algo que disipó mi atención totalmente durante al menos la mitad de esa pieza que poco a poco va incrementando su peso.

El gran escenario del Euskalduna acogía no menos de cien artistas entre el Orfeón Donostiarra y la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS). Los miembros del orfeón ocupaban las escaleras del fondo con tres filas de hombres y tres de mujeres, estas con uniforme de enfermeras de misiones de Africa impecablemente blanco. La orquesta se desplegaba como siempre, sin ninguna novedad pero con el hombre de los timbales un poco más elevado que el resto lo que le hacía lucir como mosca en leche con su frac negro destacando sobre la blancura de las donostiarras. Era muy difícil concentrarse en la solemnidad de la música mientras la mosca permaneciera allí inquieta dando lo que parecían o bien saltitos o bien besos a la tensa piel del parche de todos y cada uno de los timbales en un cheek to cheek extraño pues podrían haber sido o bien los gestos de un padre durmiendo a sus niños o bien el juego previo de una noche de amor si no hubieran venido acompañados por la elección cuidadosa de los palillos con cabecita de lana entre arrumaco y arrumaco.

Acabó esta pieza y a continuación se nos regaló un poquito de los Maestros Cantores de ese Wagner que como Verdi nació en el año 1813. Desapareció la BOS y el Orfeón creció hasta casi hacerme olvidar la mosca. Salí de mi somnolencia y pensé que pensar a la contra, romper las reglas y desconfiar de lo natural son características que no pueden faltar en este resto de vida que tengo que hacer valer ante mí mismo. Se acabó esa pereza que programa un réquiem para el cambio de año (una buena ruptura de las reglas) pero que luego nos regala un trocito de «zarzuelita» de Mascagni y una especie de villancico para que no olvidemos la falsa fraternidad universal consistente en no criticar el abriguito de fulanita hasta mañana.

Inesperadamente caí en la cuenta de que la mosca no había estado allí, nadie la había visto y solo yo descubrí que esa inquietud que mostraba era la condición previa de una vida interesante. Verdi no la tenía y Wagner sí. ¿La tengo yo? Eso es lo que tengo que descubrir si quiero ser algo más que un miembro cualquiera de una orquesta cualquiera. Hay conciertos compuestos para violín o para viola o piano, pero no hay nada que destaque la potencia artística de los timbales. Y sin embargo sin esos tambores tan poco expresivos no hay grupo humano, no hay ciudad que pueda significar algo. Cuidarlos como oro en paño es mi misión en esta recta final y si para ello tengo que acariciar su piel como de pergamino o besarla sin pudor lo haré. Mañana empiezo lo que hace ya siete años creí iba a ser la obra de mi vida y que constituiría la gran novela de Bilbao.

«LXXII: Ya toca» recibió 6 desde que se publicó el Martes 31 de Diciembre de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Caro dice:

    Qué regalo para comenzar el año!
    Dejo para otro día mis observaciones sobre timbales, triángulo, platillos y redoblante en mi última visita al Euskalduna, porque fueron pensamientos muy burocráticos… relacionado con el plantel estable de las tres orquestas vascas.

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Gracias caro desde París. Sí, hablemos de los aspectos burocráticos de las orquestas vascas.

  3. Sam dice:

    Juan,

    ¿Propósitos de año nuevo?

    Escéptico

    P.S. Feliz año.

  4. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Feliz año! yo tampoco me creo del todo los propósitos de año nuevo aunque algún día tendrán que hacerse reales. Quizá este.

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] mismo año hace un poco más de dos siglos, tal como quise sugerir indirectamente con ocasión del concierto de fin de año en el Euskalduna. Pero la sesión operística de hace dos días despertó en mí una de esas contradicciones que , […]

  2. […] estaba escribiendo desde hace algún tiempo. Me he referido a ella en varias ocasiones (por ejemplo aquí) y este verano le he dado el arreón casi definitivo utilizando algunas de sus partes como posts en […]

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