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¡Ya está!

Parecería que el secreto de la identidad de Javier Pradera se resumiría en esa frase que curiosamente yo repito a menudo y que no sabía es lo que nuestro homenajeado contestó cuando le preguntaron cómo un chico de derechas de Donosti, con abuelo y padre asesinados al comienzo del Alzamiento, acababa ingresando en el PC. “Entré. ¡Ya está!” parece fue su contestación

Como ya comenté aquí hace unos días, ayer miércoles asistí a el homenaje al Camarada Javier Pradera, título este último de la biografía de Santos Juliá que, parece ser, no es sino el comienzo de una labor de recolección de muchas y variadas piezas escritas que Javier dejó terminadas o a medio elaborar y que algún día verán la luz gracias al esfuerzo de su viuda y numerosos amigos duchos en esto de la edición o del pensamiento político. El acto de ayer me hizo meditar sobre dos cosas.

La primera es esa tonta manía que tengo de tratar de caracterizar a los grupos humanos y de clasificarlos en alguna categoría a la que yo tampoco pertenezco. Para que no parezca esto una crónica de sociedad no usaré nombres en negrita a pesar de que muchos de los asistentes merecerían ser destacados. Allí estaba el subconjunto donostiarra; los amigos de cantabria; el puñadito selecto de políticos, tanto algunos de ahora como, sobre todo, los de la transición; un grupo de sociólogos, politólogos e historiadores que, sin ser lo mismo unos que otros, son complementarios entre sí y necesarios para que no nos abandonemos en manos de los historiadores ya que, como he dicho demasiadas veces, la historia explica todo, pero no legitima nada. Y, desde luego allí estaban, no podían faltar los compañeros que fueron sus amigos en El PAÍS. Había más gente que no supe identificar incluyendo universitarios y compañeros de tertulias, pero esta breve impresión debe bastar para que un extraño como yo avance un paso en su deseo de saber en donde están las capas de gente que influye y que, como dice un amigo muy perceptivo, al final son las que mandan.

La segunda cosa sobre la que he meditado es sobre el valor estético del compromiso, escuchada esta palabra con oídos de gentes mayores como los que ayer ocupábamos la mayoría de las sillas y que en la juventud la escucharon ennoblecida por la literatura militante del Partido Comunista. Yo nunca pertenecí ni a ese partido ni a ningún otro, pero ni qué decir tiene que eran sus miembros los que durante años supieron mantener un cierto nivel intelectual y cultural en el yermo de aquellos años tristes y a caballo de ciertas editoriales. Los animadores del acto o rueda de prensa supieron, cada uno a su manera, comunicar facetas de ese compromiso que no era ni es ahora sino un deseo de revolución, una pulsión del alma que nada tiene que ver con el comunismo en sí pues puede ser canalizado hacia la política o el amor o el crimen. Vaya hacia donde vaya, tome el rumbo que le tome, la revolución es un deseo de sublevación imposible de frenar. Y a algunos les lleva a enfadarse con unos y con otros, cultivando orgullosamente su inadecuación disfrazada de independencia, mientras que a otros les va integrando poco a poco en un grupo cada ve más numeroso a medida que desparecen en la niebla los miembros de cohortes ya acabadas.

Parecería que el secreto de la identidad de Javier Pradera se resumiría en esa frase que curiosamente yo repito a menudo y que no sabía es lo que nuestro homenajeado contestó cuando le preguntaron cómo un chico de derechas de Donosti, con abuelo y padre asesinados al comienzo del Alzamiento, acababa ingresando en el PC. “Entré. ¡Ya está!” parece fue su contestación. Y es que ¡qué más dan las razones!, especialmente si son psicológicas, cuando la decisión ya está tomada y cualquier elucubración posterior es simplemente un error pues sean cual sean esas razones representan un coste hundido. En consecuencia ayer decidí hacer del ¡ya está! mi bandera pirata, en homenaje a Javier y porque pienso que es una insignia de vitalidad que no puede entretenerse en los detalles ni demorarse en el continuo perfilar las ideas, los amores o los deseos criminales. En cuanto uno otea el horizonte y cree sentir por donde sopla el viento ¿que razón hay para no dejar que el viento hinche las velas? y una vez hincas ¿qué razón hay para empañar el placer con tediosas reflexiones?

«¡Ya está!» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 22 de Noviembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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