Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

…y volví

Yo solía comenzar con un comentario raro sobre alguna noticia del periódico y con el paseo por entre las mesas inquiriendo sobre la relación entre esa noticia y el tema que correspondiera a esa clase en concreto tratando de demostrar que el resultado formal, aparentemente complicado de obtener, correspondía justamente a la conclusión intuitiva del problema correspondiente a la noticia del día.

uc3m

Casi hacían ya cinco años desde mi huida en el timbal y me reincorporaba a España por primera vez con una nueva identidad que se reflejaba no solo en los papeles. También había cambiado mi cara y mi volumen y, desde luego, mis ideas básicas en relación a mi profesión de economista ya que la idea de la verdad no me parecía obvia o fácil de entender ya que, a mi juicio, poco tenía que ver con la correspondencia entre la palabra y la cosa tal como se suele decir entre eonomistas quienes, al menos en esto, siguen la herencia vienesa. Pero también habían pasado cinco años de calendario y había yo alcanzado una edad en la que preocupaciones muy humanas, como la posible descendencia o el matrimonio, resonaban en mi cerebelo y trastocabn mi claridad mental. En estas condiciones no era fácil tomar decisiones definitivas que contaran con el visto bueno de Machalen con quien seguía manteniendo una relación conyugal que nunca había pasado por el entusiasmo de futuro de la temprana juventud y se había conformado en una especie de estadio cuasi final de confianza mutua y de compromiso firme inapropiado para nuestra edad pero sostenido por la separación física que nos mantendría alejados una en Granada y otro, yo, en Madrid.

Encontrar el lugar adecuado para alquilar un pisito en Madrid no fue fácil tanto por la incetidumbre de lo que deseaba como por mi ignorancia sobre la idiosincrasia de los distintos barrios. Claro que debería ser relativamente barato pues mis finanzas no habían vuelto conmigo ni creía yo que lo harían en breve, pero con ese límite todavía podía jugar con la localización en sí misma, con la distancia a esa nueva universidad y con la tranquilidad ambiental, todo ello relativo al precio. Es justamente en este asunto en el que Ramón me ayudó generosamente después de pocos días de conocernos en el bar de la universidad y contarnos nuestras vidas respectivas certificando que teníamos no pocas cosas en común aunque solo en un sentido genérico. Ambos estábamos interesado en las instituciones, tanto en su nacimiento como en su influencia en el devenir económico, pero en estos primeros momentos no entramos en detalles técnicos sobre la aplicación del modelo general que compartíamos, al menos en principio. Uno y otro aceptábamos el ranking de revistas especializadas, por lo menos como punto de partida, para entender por donde iba esta rama de la ciencia que compartíamos y, quizá lo más importante, ni él ni yo nos limitábamos a la economía como campo de interés sino que leíamos y estábamos al tanto de otras áreas como la antropología, la sociología, la física o las matemáticas por no mencionar la política mundial y local. En este último punto, así como en cuestiones literarias no profundizamos mucho pues, yo diría, que, a ambos, los primeros escarceos nos parecieron poco compatibles entre una sensibilidad de izquierdas como la suya y mi inclasificable anarquismo teñido de cierto repelús por los estados centralizados.

Como este último extremo me pareció delicado decidí concentrar mi atención en una zona de Madrid alejada de aquella en la que él vivía con su mujer y un hijo. Esto, el alquiler y las facilidades del transporte público, determinó mi elección dentro, eso sí, del barrio de los austrias pues es el que me pareció más distinto a lo que yo había conocido hasta entonces en Europa y en América. En pocos días dejé la pensión en la que me había alojado a mi llegada y me instalé en ese piso, no tan pequeño y que formaba parte de un edificio de pocas alturas y sólidamente construido que, curiosamente, dada su ubicación, era bastante silencioso al tiempo que podría albergar mi tonta colección de arte gráfico propio y también me permitiría escuchar música sin molestar al vecindario.

Ni qué decir tiene que este pisito pasó por la inspección de Machalen quien viajó ex profeso a Madrid desde Granada antes de firmar el contrato de alquiler y dio el visto bueno al barrio, al piso en sí y a los muebles con los que se alquilaba y que dejaban el suficiente espacio para las pinturas que iban configurando mi verdadero C.V. completamente intraducible al formato convencional. Dos semanas después volvió y esta vez invitamos a cenar a Ramón y a su mujer que resultó llamarse Mercedes, estar interesada en el arte plástico y trabajar para la sección internacional de un banco. Cocinamos entre ambos una cena poco sofisticada y me temo que escasa aunque este fallo fue posiblemente compensado por el alcohol disponible para aperitivo, primer plato, segundo y postre. Esta variedad siempre fue señal de este nuestro extraño hogar y un lubricante para las divergencias en general y, en esta ocasión, para las que empezaron a surgir desde esa primera noche. Esta tensión era difícil de aliviar pues comenzaba justamente entre Ramón y Mercedes en cuannto surgía el primer tema ya fuera político o estético.

Fue justamente este tema estético reflejado en mi C.V. plástico el que sentó las bases de nuestras discrepancias y acuerdos. Resultó que Ramón también trataba de reflejar sus ideas en pequeños cuadros que, sin embargo, no llegaban, contó en esa primera cena, a formar parte de uno más grande que, como en mi caso, incluso iba cambiando de tono a medida que cambiaban o bien mis intereses o bien mis deseos de colaborar con el apoyo al saber, desde la mera palabra o desde la política universitaria. Esa extraña apoyatura en lo plástico para entendernos a nosotros mismos fue siempre un lazo de unión. Sin embargo tanto Mercedes como Ramón nunca llegaron a entender las ideas musicales de Machalen en las que ella creía firmemente y que, a juzgar por sus exitos como directora, no debían de ser muy raros aunque tengo que reconocer que me llevó años compartirlos. En aquel preciso punto de nuestras vidas ya Beethoven o Brahms, a diferencia de ellos, no eran el centro de nuestro mundo musical, sino que, aunque por distintas razones, Stokhausen y Ravel ocupaban el centro del trabajo de Machalen y, por lo tanto, de mi interés. Solo compartíamos nuestra falta de entusiasmo por la música barroca, falsamente complicada, o por Mozart al que, los cuatro, nos negábamos a adorar debido a lo que yo, menos técnico que Machalen, llamaba su infantilismo.

Curiosamente Ramón y yo discrepábamos sobre el teatro lo que, más allá de lo que pensaran las dos mujeres, nos impidió organizar veladas de reafirmaran una amistad que nacía sin ninguna garantía de éxito. Pienso que nuestra discrepancia se reflejaba con toda claridad en la distinta forma de enseñar y en la correspondiente evaluación estudiantil que ya era obligatorio recabar. Ramón era un reputado mal profesor y yo siempre he sido muy bien valorado. Ahora en Madrid he empezado a entender esto. Las clases de Ramón eran perfectas y siempre estaba claro lo que el tema que tocara en el programa pretendía hacer comprender y la forma que habría de tomar esa comprensión. Cada sesión planteaba un problema y terminaba con la solución de ese problema, con un Q.E.D. en el extremo inferior izquierda de la pizarra a la que no renunciábamos ni él ni yo. En cambio yo solía comenzar con un comentario raro sobre alguna noticia del periódico y con el paseo por entre las mesas inquiriendo sobre la relación entre esa noticia y el tema que correspondiera a esa clase en concreto tratando de demostrar que el resultado formal, aparentemente complicado de obtener, correspondía justamente a la conclusión intuitiva del problema correspondiente a la noticia del día. El sonaba como su denostado Mozart, yo como el para ellos desconocido Stockhausen.

Como nunca dábamos la misma clase, las comidas en el bar eran distendidas y tocaban en general temas poco técnicos de forma que todo fue bien hasta el final del curso y la aparición pública de las evaluaciones estudiantiles. Ahí cayó la semilla de las desavenencias futuras y, en esa tierra germinó y creció firmemente de manera muy obvia. Si bien las evaluaciones estudiantiles me eran favorables, no así las evaluaciones de expertos que le otorgaban una ventaja considerable sobre mí.

«…y volví» recibió 1 desde que se publicó el Viernes 26 de Agosto de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.