Desde mi sillón

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Y pasó el tiempo….

Tanto mis clases como mi investigación como mis otras aficiones semiocultas se fueron afianzando al tiempo que me dejaba llevar por una preocupación por la verdad que a nadie confesaba pero que me obligó a usar mucho de mi tiempo en lecturas y pensamientos de esos que llamarían, y llamaban, filosóficos.

bogota

No se me hizo muy largo este curso en Santa Fe en donde, además de aprender una nueva forma de mirar a los fenómenos económicos, utilicé mi tiempo y las recomendaciones de la faculty para tratar de encontrar un puesto de trabajo en cualquier sitio que no fuera España en donde todavía no sería difícil que mi presencia y mi historia imaginaria pudieran levantar sospechas. Hice varios viajecitos rápidos a lugares de América discretos ya estuvieran en los Estados Unidos o ya en algún lugar de Hispanoamérica. Finalmente me decanté por Colombia y la más generosa de las ofertas, la de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, perteneciente a la orden de los jesuitas, la que me daba una ventaja por haberme ya acostumbrado a la manera general de trabajar de estas instituciones en Monterrey y despúes de cerciorarme de que entre su plantel de profesores no había ninguno que yo hubiera conocido ni en mi formación en LA ni en el último curso en Santa Fe ni en cualquiera de los seminarios a los que acudí por el mundo durante mi época docente.

Me concedí casi dos meses de verano libres y los pasé en Monterrey afianzando mis lazos de parentesco y ordenando bien las finanzas de mi nuevo yo. Y poco a poco fui descendiendo hacia América Central para llegara Panamá y finalmente a Colombia en donde desde el primer momento quedé prendado del acento de sus moradores más allá de los matices regionales, tal como pude apreciar antes de recalar finalmente en Bogotá no lejos del campus al que llegaba rápidamente a lo largo de la Carrera Séptima. Mis obligaciones docentes eran perfectamente razonables pues solo daba un curso de licenciatura todo el año y un curso de doctorado de medio año que empezaría hacia febrero

El curso de licenciatura versaba sobre Microeconomía y era ofrecido en el último año del programa de grado en el que podría fajarme conmigo mismo sobre la manera de introducir el dinero y un sector financiero en un modelo agregado que debería responder a las principales preguntas de un gobierno o de un banco central,como el Banco de la República cuyo gobernador justamente provenía de esta Universidad Pontificia en la que comenzaba a sentirme bien pues me permitía, a diferencia de la universidad de esa Ciudad de la que huí, no solo charlar con toda paz con mis colegas, sino sobre todo ser capaz de volar hacia otras esferas más elevadas del pensamiento. Me concentré en el modelo general y traté de mover la mente de los alumnos hacia situaciones en las que no todos los mercados existen dando así una oportunidad de dotar de sentido a la existencia de dinero y a la necesidad de abrir los mercados cada día.

Y aquí, en este primer punto, algo se removió en mi interior relacionado simultáneamnete con la inteligencia visual y la sonora de forma que me compré los instrumentos de pintar al tiempo que me hacía con el abono para la temporada de música clásica que tendría lugar en el magnífico Teatro Central de esta capital por el que pasaban variadas orquestas de calidad y no pocos cantantes famosos. Ser profesor de la Javeriana me abrió muchas puertas entre los intelectuales y los mandamases del país que, como ese Gobernador del Banco de la República, resultó ser un ávido lector de literatura, tanto colombiana como hispana en general, así como un gran aficionado al arte pictórico que se exhibía generosamente en las muchas salas de exposiciones de la capital y, a juzgar por su presencia en todos los conciertos, tenía el oído hecho al sonido sin que eso le llevara a hablar a gritos.

Fue él quien me introdujo en esos lujos de los sentidos y me fue presentando a los encargados de las galerías de arte y los responsables de pequeñas sociedades musicales no solo durante su posición al frente del Banco Central sino también cuando, en mi tercer curso, le tocó abandonar estas responsabilidades y dedicarse a negocios privados en cuyas entretelas nunca entramos y acabó siendo enviado a la embajada en Washington en un cargo dificil de describir a juzgar por todos los esfuerzos que hizo para describirlo falsamente. Pero nada de esto me importaba pues supe disfrutar de mi estancia en este país y compartir con Machalen todas mis conexiones que siempre pensé podrían sernos útiles en ese futuro ya próximo en el que esperábamos asentarnos, uno y otro, en Madrid o, al menos, en algún lugar de España que nos permitiera vernos a menudo y a mí hacer excursiones furtivas a la Ciudad para ver a mi ya mayor madre.

Así que durante el primer semestre no solo me fui haciendo un personajillo del lugar sino aprendiendo a usar los pinceles en una especie de pintura abstracta de diversos tonos del rosa, tonos que chocaban entre ellos como lo hacían entre sí las notas de Sostakowitz en cuya múisca nos había introduido Machalen, al gobernador y a mí mismo, en los muchos conciertos que con la presencia de ella y de la esposa de él asistimos aquí y allá. Ambas esposas, podríamos decir aunque el matrimonio no fuera exactamente nuestro caso, se hicieron amigas y ella servía, bajo la sonrisa indugente de él, de carabina de mis tentaciones, bien necesaria por cierto pues ya empezaba a pesarme mi soledad solo interrumpida de vez en cuando. Con enorme alegría de mi parte, eso sí.

Empezó el segundo semestre y mi trabajo docente se hizo más pesado pues tenía que simultanear el curso de Microeconomía en la licenciatura con el curso de Macroeconmía en el doctorado, un conocimiento éste por mi parte que empecé a pintar antes que a diseñar para la mejor comprensión de los estudiantes con ambiciones tanto profesionales como intelectuales. Además de hacerles ver con total nitidez la necesidad de pensar en términos agregados a fin de poder decir algo con cierto sentido sobre cuestiones relacionadas con la inflación, el empleo o la balanza comercial de un país como, por ejemplo, Colombia y la exigencia inevitable de aprender a describir dinámicamente ese dujeto económico colectivo a fin de generar información util para el Gobierno y el Banco de la República cuando las cosas no van como todo el pueblo quisiera. La dinámica era, eso quiero decir, un asunto complejo tal como aprendí en Santa Fe y no era algo que podría aprenderse como un simple recetario memorizable. Era necesario utilizar mis nuevas armas y, con la ayuda de mi nuevo amigo el gobernador, ya ex, comencé a entrenarme en los intríngulis de las líneas curvas y de colorido más variado.

El éxito en esta enseñanza tan poco ortodoxa me animó a intentar escribir artículos serios en revistas así mismo serias y reconocidas de manera que para este tercer año en el que me encontraba a la sazón ya tenía dos papeles bien colocados y otros dos en camino de aceptación. Recuerdo con deleite cómo muy a menudo trataba de simultanear el diseño académico de estos trabajos con mi nueva forma de pintar al tiempo que variaba la música siguiendo las noticias de Machalen sobre lo que preparaba con su orquesta para conciertos locales y presentaciones en teatros fuera de España. En este tercer año contemplo mis cuadritos rosas diseminados por mi apartamento y los comparo con los nuevos cuadros de mayor tamaño y de un extraño contraste visual. Me pareció que era hora de tomarme en serio comenzando por la necesidad de encontrar un nuevo fondo de cuadro de un tono casi único y de un tamaño casi mural que me permitía modificarlo cada vez que mi mayor conocimiento de esta sabiduría tan rara como es la Economía me llevaba a modificar mis cuadros docentes.

Tanto el matrimonio amigo como Machalen insistieron en que ya era tiempo de acercarme a España donde un pintor con buen oído y aparente conocimiento de Economía podría con cierta facilidad ser aceptado en alguna de las nuevas universidades que se estaban montando en muchas Comunidades Autónomas e incluso ganar con cierta rapidez una posición permanente a pesar del lío de nacionalidades con las que me movía.

Entre una cosa y otra el tiempo había pasado y hasta mi aspecto físico había cambiado para no mencionar mi acento irreconocible en sí mismo y todavía más cuando, para disfrazarlo, introducía muchas frases hechas en inglés con acento sureño. Dos años después de esa primera posición, en la que ya topé con Ramón, mi posición adquirió lo que yo llamaba para desesperación de los colegas, la calidad de tenure y tanto mis clases como mi investigación como mis otras aficiones semiocultas se fueron afianzando al tiempo que me dejaba llevar por una preocupación por la verdad que a nadie confesaba pero que me obligó a usar mucho de mi tiempo en lecturas y pensamientos de esos que llamarían, y llamaban, filosóficos.

«Y pasó el tiempo….» recibió 1 desde que se publicó el Jueves 18 de Agosto de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Juan Urrutia dice:

    Y pasó el tiempo https://juan.lasindias.com/y-paso-el-tiempo Tanto mis clases como mi investigación como mis otras aficiones semiocultas se fueron afianzando al tiempo que me dejaba llevar por una preocupación por la verdad que a nadie confesaba pero que me obligó a usar mucho de mi tiempo en lecturas y pensamientos de esos que llamarían, y llamaban, filosóficos.

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