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¿Y ahora qué?

Ayer apareció la columna La mirada del economista que aparece mensualmente en Expansión. El mes de abril remití así mismo una columnita más breve tratando de recapitular lo que había ocurrido en la reunión del G20 de Londres.

Quizá se publicó o quizá no. Por razones que no vienen a cuento no me ha venido bien confirmarlo de modo que he pensado reproducirla aquí antes que la columna de ayer aparezca como contribución en prensa.

Quizá no debiera preocuparme por estas minucias pues ya veo que multitud de columnas aparecen con días de antelación en internet; pero a mi anticuado sentido de la cortesía esto no le parece muy bonito. Sin embargo, como esta vez no hay voluntad de engaño y como supongo que la intersección entre los lectores de Expansión y los de este blog no debe estar muy nutrida, me permito postear aquí la mencionada columnita.

En realidad lo hago para tener ordenadas mis pequeñas contribuciones sobre la situación económica, lo que me permitirá, el día que me ponga a ello, juntarlas en una especie de crónica de la crisis cuyos avatares se reflejarán en mis opiniones.

Hasta que ese día llegue lean si les apetece el siguiente artículo

¿Y AHORA QUÉ?

Se acabó la sesión plenaria del G-20 sin rupturas peligrosas, el comunicado final se me antoja inesperadamente esperanzador y la foto, así como la estudiada comunicación, revelan un deseo encomiable de influir en las expectativas, cosa que parece haberse conseguido al menos a cortísimo plazo, es decir mientras no se apaguen los flashes de los encuentros multilaterales que siguieron a la reunión de Londres. Quizá es que, en las circunstancias de incertidumbre en las que nos movemos, cualquier signo parece significativo y, a poco que no rezume pesimismo, resulta un bálsamo, pero, contrariamente a la mayoría de las opiniones que he tenido ocasión de leer, creo que estamos mejor que antes de la reunión.

Empecemos por argüir que no estamos peor, ya que siempre cabe la interpretación de que si algo fuera de lo esperado es acordado debe ser porque la situación es verdaderamente límite. Que Sarkozy no se haya levantado de la mesa puede ser entendido simplemente como una muestra de responsabilidad ante una situación peligrosa; que se haya comenzado a estudiar en común la actitud a tomar frente a los paraísos fiscales puede verse como una reacción tardía ante la previsible penuria fiscal de cualquier país o como una forma fácil de frenar la furia de los desfavorecidos. Mutatis mutandis lo mismo se podría decir de la tibieza del comunicado en relación a los famosos bonuses de esos ejecutivos que, se arguye, son los responsables de un comportamiento temerario producto justamente de los incentivos perversos incorporados en el esquema de retribuciones. Aunque estas interpretaciones son, en efecto, posibles, yo creo más acertado ver la posible ambigüedad de estos dos ejemplos, así como de las declaraciones entusiastas del Presidente francés, como una señal de que los mandatarios reunidos en Londres han concentrado sus esfuerzos en lo que importa tomando posturas méramente efectistas frente a lo que no importa tanto.

Pero, ¿qué cuestiones eran las realmente importantes y urgentes? A mi juicio lo urgente era y es no ser cicatero en cuanto a los impulsos fiscales a pesar de las reticencias franco-alemanas. Ante la comprensible frugalidad de ahorradores, sean éstos economías domésticas o empresas inversoras, es imprescindible avivar la demanda agregada aumentando los gastos productivos públicos acompañados o no de cambios expansivos en el sistema tributario. Esto solo se ha conseguido, de manera coordinada, en relación al aumento de la dotación de las organizaciones multilaterales y especialmente el FMI y en lo que respecta al este de Europa. Esto, más que un fracaso, es simplemente la constatación de que cada Estado de la comunidad internacional sigue jugando a que sean los otros Estados los que carguen con estos gastos fiscales que, aparentemente, podrían poner en peligro la estabilidad financiera pública futura. De hecho nadie esperaba la fraternal disposición a compartir sacrificios, sino más bien el mantenimiento disimulado de una especie de proteccionismo financiero.

La política fiscal es, en efecto y una vez prácticamente agotada la política monetaria, realmente urgente, pero lo importante no es eso, sino algo que empieza a adquirir ese olor a podrido de los guisos excesivamente cocinados. Sabemos que el esfuerzo en el gasto público será inútil si el sistema bancario no se ha retratado enseñando a todo el mundo sus miserias individualizadas. Y sabemos también que los procedimientos establecidos en los USA, y en parte replicados con matices en otros Estados, para conseguir ese destape son mecanismos diseñados con poco cuidado y sin ninguna garantía de que funcionen por sí mismos con independencia del simple paso del tiempo. Si hay algún asunto sobre el que la profesión haya discutido con ardor es precisamente este mostrando su falta de consenso y dejando pasar una oportunidad de oro para asentarse como una profesión respetable que ha alcanzado una madurez que se evidenciaría por el establecimiento de una ingeniería económica seria.

El comunicado no es claro en esta materia por lo que lo sensato aunque triste es pensar que, en este punto, cada país se las va a arreglar como pueda. Es bien cierto que, en la limpieza de los sistemas bancarios nacionales, hay evidentes externalidades y peligros de posible aprovechamiento del saber hacer ajeno que explicarían la ligereza con la que se ha pasado sobre este punto. Pero es posible que esa ligereza refleje la prudente parsimonia con la que habría que tomarse los deseos bienintencionados de contar con una autoridad verdaderamente única que, en realidad, no aportaría nada a la sofisticada ingeniería exigida por la situación y que puede refinarse mediante la experimentación diferenciada. Es incluso posible que los esfuerzos nacionales por encontrar el mecanismo adecuado de autoselección bancaria constituyan un procedimiento más rápido de limpiar el sector bancario que el que el que pudiera llegar a poner en práctica una autoridad única.

Y sin embargo la primera impresión es que el FMI, aunque no represente esa utópica autoridad única, recibe, como ya se ha dicho, un espaldarazo importante por el aumento de los fondos con los que podrá atender a los países emergentes, europeos o no, que los necesiten. Lo mismo cabe decir del Consejo de Estabilidad Financiera que aparece como un embrión de una autoridad única en materia de supervisión bancaria que otorga legitimidad a las preocupaciones franco-alemanas en relación a la reestructuración seria de la regulación financiera, algo importante que debe ser abordado simultáneamente por todos los Estados para evitar, por ejemplo, los cambios unilaterales ( como la remoción del mark to market) que pueden constituir una competencia desleal.

La respuesta al “¿Y ahora qué?” no puede consistir en sentarse a esperar acontecimientos. Cada Estado no tiene más remedio que colaborar a tratar de frenar el contagio hacia el este de la crisis financiera y de competir en el diseño de un buen mecanismo de saneamiento bancario y, desde luego, en la forma de los apoyos presupuestarios con relación a los cuales la competencia y el gorroneo pueden resultar un juego demasiado

«¿Y ahora qué?» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 7 de Mayo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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