Desde mi sillón

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¡Vivir sin agenda!

Me pregunto y me preguntan si no sería hora de abandonar el papel, pasar todos los números de teléfono a la memoria de un móvil de última generación y comenzar a utilizar la agenda de ese teléfono aunque no pueda distinguir los asuntos por colores tal como hago desde siempre sobre la Molesquine.

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«¿Qué tenemos hoy Esperanza?»

Esta podría haber sido la primera pregunta mañanera de cada día si hubiera tenido alguna vez una secretaria que respondiera a ese nombre y que me hubiera llevado la agenda total y no solo la correspondiente al trabajo de modo que en ese primer momento de la mañana sabría si esa conferencia comprometida toca hoy o si he quedado a comer con mi mujer. No imagino una secretaria tan total pues no solo tendría que haberme dicho que hoy toca la conferencia sino también hubiera debido informarme hace días que necesitaba dedicar un número determinado de horas a preparara esa conferencia a partir de la lectura de la documentación correspondiente cuya búsqueda también tendría que haber constado en la agenda. Ni la imagino ni la hubiera podido resistir pues la búsqueda enfermiza de la programación perfecta habría acabado por volverme loco.

Pero para evitar la angustia de la perfecta memoria externa caí en un remedo que, aunque imperfecto, me ayudó a ordenar mi semana, digamos, o mi mes en algunas cuestiones o incluso mi año. Hace lustros me entregué a la Molesquine y no la he sustituido hasta ahora por la más elemental de las aplicaciones de un teléfono digital cualquiera. Hasta muy recientemente esa maravillosa agenda negra queda prácticamente apoyada en cien actividades nada más empezar el año en un intento de saber de antemano cuales van a ser mis actividades y mis obras en ese año. Luego sus hojas se van ennegreciendo a medida que esas actividades despliegan su potencial y la lista de teléfonos que no quiero tener en el teléfono digital se va rellenando y es trasladada de agenda en agenda cuando cambia el año.

Me pregunto y me preguntan si no sería hora de abandonar el papel, pasar todos los números de teléfono a la memoria de un móvil de última generación y comenzar a utilizar la agenda de ese teléfono aunque no pueda distinguir los asuntos por colores tal como hago desde siempre sobre la Molesquine. Mi respuesta es mucho más radical: es el momento de abandonar totalmente la agenda de cualquier tipo sea electrónica o en papel y no para caer por fin en el sueño de hacerme con una Esperanza.

Entro en la edad del despojamiento, en esa última parte de la vida en que ya solo interesan algunas pocas cosas y llego a ella en un momento en el que no se trata-pienso yo en contra de muchos de mis coetáneos- de hacer ya sólo lo que me gusta. Pienso más bien que esa sería la peor trampa pues no me gusta nada y cada día me vuelvo más crítico y cascarrabias en relación a todo lo que me rodea se trate de lo que se trate. Entiendo el despojamiento precisamente como el empeño terco en seguir viviendo pero ya sin engaños, sin hitos que den sentido aparente al sinsentido, entretenido con aquellas pocas actividades que pueda recordar con mi memoria temblorosa y de alcance temporal limitadísimo. No quiero saber las fechas propuestas para las reuniones del patronato de no sé qué institución ni tratar de recordar cuántos días faltan para conducir hasta ese lugar que de manera arbitraria hemos elegido para precisamente conducir hasta él sin saber si una vez alcanzado nos interesará conocerlo mejor.

Rechazo tajantemente que las sombras del futuro se mezclen con el intento diario de encontrar la frase feliz o el párrafo perfecto. Basta con que durante un minuto mi vaciado de cabeza necesario para atacar el día se vea obstruido por el pensamiento de si la conferencia del próximo mes debe comenzar con «queridos amigos» o con «estimados colegas» para que mi día se vea arruinado. En cambio si llego a mi despachito a la hora de siempre con la cabeza vacía y comienzo el folio con una frase aleatoria es muy posible, la experiencia me dice, que el lenguaje se hable a sí mismo a través de mí y mis frases sean más claras, menos alambicadas y más directas como verdaderos puñales que, bien afilados, van labrando una figurita de corcho o de madera de abedul.

Así que en este año tan delicado para mí en el que ya hemos entrado mis propósitos de cambio se hacen irrenunciables y tercos como el caminar de un puercoespín: ¡Vivir sin agenda!. Nada habrá que me haga olvidar las concatenaciones de palabras que trabajan como llaves del recinto sagrado de la verdad. Bailarán en mi cabeza cambiando de pareja de baile de manera aleatoria sin duda, pero nunca influidas por adelantos imaginarios de mi comportamiento en mi compromiso de la tarde de hoy. No tengo compromisos ni necesidad de preparar mis cortesías. No tengo ni idea en qué estará mi cabeza cuando llegue ese momento de compartir una cena, de acudir a un estreno, de asistir a una conferencia o de presidir una mesa más o menos redonda.

Me desperataré cada día a la misma hora solar, no de reloj, mis abluciones serán sin duda litúrgicas para poder no prestarles atención y mi desayuno tan ligero como sea necesario como para no olvidar Auschwitz. El camino al despachito durará siempre lo mismo con unos intervalos de error mínimos. Y a partir del momento en el que acabe de recorrerlo no seré si no el servidor fiel de lo que me dicte el lenguaje tenga o no sentido. En una esquina de ese despachito estarán amontonadas todas las Moleskines que he acumulado hasta este día dentro de una caja de cristal con una pequeña espita. Cada día las reagruparé, dentro de esa caja, en montones de distintas formas y ni un solo de esos días dejaré de introducir gas por la espita para observar como se revuelven las agendas abandonadas para siempre. Acabaré con el pasado y comenzaré un futuro prometedor y quién sabe si largo.

«¡Vivir sin agenda!» recibió 5 desde que se publicó el Miércoles 26 de Febrero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Alan Furth Alan Furth dice:

    Gracias Juan por una hermosa reflexión ultra-minimalista como pocas que he tenido el placer de encontrarme últimamente… sumamente inspiradora!

    • Sí y además con tres cosas estupendas:

      1. no contiene enumeraciones 😉
      2. da una idea estupenda para hacer un programita para el móvil que te lleve la agenda calculando tiempos de ejecución y sugiriéndolos al agendar nuevas tareas.
      3. hasta da un nombre para el programa: Esperanza

  2. juan urrutia dice:

    Sois muy amables y generosos con el anciano. u anciano que, en cualquier caso, se propone dar mucha guerra todavía.

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] ¡Vivir sin agenda! 27 febrero, 2014Me pregunto y me preguntan si no sería hora de abandonar el papel, pasar todos los números de teléfono a la memoria de un móvil de última generación y comenzar a utilizar la agenda de ese teléfono aunque no pueda distinguir los asuntos por colores tal como hago desde siempre sobre la Molesquine. Mi respuesta es mucho más radical: es el momento de abandonar t […] arriazu […]

  2. […] ese título hubiera estado bien pues lo que quiero contar es algo relacionado con ese deseo de vivir sin agenda del que escribía no hace tanto tiempo. Ese deseo se ha ido perfilando en los últimos paseos desde […]

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