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Urgencias: like a rolling stone

Una hora de espera, otra hora de pruebas y análisis y dos horas en camilla y camisón de apertura posterior, alineado en el pasillo esperando al diagnóstico y a las ordenes de la joven médico de guardia. No hay infección de ningún tipo y todas las constantes están bien.

StonesMe vuelve el recuerdo del CAP de Roses y de las urgencias del Josep Trueta en donde acabé hace ya casi dos años por la práctica poco cautelosa de los deportes de riesgo. Y es que el lunes por la noche, estando cerrado el CAP de Celrà, acabé en las urgencias de ese hospital. Una hora de espera, otra hora de pruebas y análisis y dos horas en camilla y camisón de apertura posterior, alineado en el pasillo esperando al diagnóstico y a las ordenes de la joven médico de guardia. No hay infección de ningún tipo y todas las constantes están bien. Las dificultades de miccionar y el color del resultado del esfuerzo por hacerlo denotaban, desde luego, el jugueteo de la piedra en la vejiga. Había cambiado de sitio y taponaba el conducto correspondiente.

Me podía ir a casa y solo tenía que esperar una horita más a que pudiera ella escribir el diagnóstico y recetarme unos medicamento adicionales y compatibles con todos los que ya tomo desde hace esos dos años que mencionaba. Esa espera fue larga, pero no me importaba. Lo que sí me importó fue la primera espera a ser examinado. Aparcado en una especie de salita con bancos adosados a la pared y en total soledad me parecía que me habían olvidado y pensaba que si me escapaba al cuarto de baño ni siquiera me recordarían. Pero no tuve más remedio que hacerlo varias veces con resultados exitosos solo a medias, de forma que se iba empapando el pañal improvisado en casa antes de decidirme a acudir a urgencias de ese hospital al que, hace dos años, llegué en helicóptero y del que salí en ambulancia ya estabilizado después del infarto.

Todos los recuerdos de aquella experiencia, reprimidos desde entonces, se agolparon en mi conciencia y, a pesar de la levedad de este problemilla de este lunes de agosto que poco a poco y con ayuda de la medicación se va solucionando, me encuentro como si me hubiera librado de la muerte por un pelo. Acudieron a mi mente los sonidos de la UVI, los olores desagradables de todo centro médico mezcla de higiene y podredumbre, los comentarios patéticos de celadores, enfermeras y médicos, todos ellos dentro del protocolo recomendado al efecto, y sobre todo los lamentos de los enfermos mayores y desorientados que llamaban a gritos a sus familiares o demandaban con urgencia cualquier alivio. Se construye un mundo de escasas y escuetas boxes y de pasillos parecidos a los de los trenes especialmente arreglados para acomodar las camillas de los enfermos que acudían a Lourdes en busca del milagro. Un mundo fantasmagórico que no está ni aquí ni allí.

Te quieres quedar pero también marcharte. Cuando ves a una persona joven que se va con un brazo en cabestrillo o con un peroné vendado y con la sonrisa en la boca te alegras y te gustaría salir cuanto antes para irte a tomar un gintonic con tu mujer y tu hija, que también esta vez me han acompañado, y que te esperan fuera. Pero cuando ves a esos hombres viejos acompañados por esposas que no pueden ocultar la mala conciencia que sienten por el hastío de la repetición es como si prefirieras quedarte ahí dentro hasta enloquecer, oculto por pudor a la mirada de mis chicas, para finalmente ser trasladado al otro mundo.

Pero bueno, la Amatxo de Begoña ya me va sacando de ésta. Ya me veo casi como un Iñaki Perurena de lo interno o como un remedo de mis coetáneos los Rolling Stones:las piedras son lo nuestro.

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