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Uñas de gato

Ya envié el cuento que prometí al Arte de las Cosas. Se añade a otros muchos que van conformando una colección, Vestidos para contar, que a mí me gusta mucho.

Confieso que es el tercer cuento de mi vida. El primero fué un intento de seducción. El segundo un esfuerzo para suturar una herida que no paraba de supurar. En ambos casos no sirvieron para nada.

Espero que este tercero tenga más éxito en su intento de hacer notar que se puede comprar ropa ética en un magífico emplazamiento de Madrid y en tiradas limitadas que harán de cada adquisición una verdadera joya.

No estoy seguro de que lo que ahora reproduzco aquí sea exactamente igual que lo que aparece en el link anterior; pero también los cuentos, como la ropa, necesitan arreglos.

Lo que no va a cambiar es el título: Uñas de gato

Son las 7.54 y la costumbre y la dignidad me obligan a abrir un ojo, a encender de un golpe la fosforescencia del despertador programado para las 7.55 ( también por dignidad) y a continuar la guerra sin cuartel que libro contra esas dificultades neurológicas que me acechan sin piedad y me exigen cinco minutos para repasar en mi cabeza la agenda del día que ayer redacté en un folio antes de apagar la luz de la mesilla de noche exactamente a las 23.55. Hago un esfuerzo, que ya está comenzando a ser rutinario, y de manera sistemática me pregunto si es el que ahora comienza un día de corbata o de trapillo. Pero eso es solo el comienzo pues se trata de todo un árbol de decisiones. Si el día es de corbata todavía tengo que decidir si las tareas que me asigno por vaguedad disfrazada de entusiasmo me exigen, por respeto al prójimo, un terno de impecable corte o una simple chaqueta sport conjuntada con los pantalones, grises si la chaqueta es azul para acomodar una corbata de seda a rayas azules claras y oscuras, o beiges claros que admitirían una chaqueta de punto verde lo que rara vez ocurre ya que esa chaqueta Bell es muy difícil de combinar con zapatos y calcetines. Esa es la ventaja del gris y azul, que no tengo que pensar pues los zapatos Churches con calcetines azules de Fil d´Ecosse se imponen solos. Ese día formal es, desde luego, el fácil para una persona de mi edad que lo único que nunca ha querido, al menos hasta hoy, es llamar la atención de la kioskera que regenta el establecimiento en donde todas las mañanas compra el Financial Times no sin antes echar un vistazo al horóscopo del ABC desde el que la adorada Karin Sylveira lleva un año usando a Urano para sostenerme frente a esa depresión que se fue apoderando de mí y todavía me carcome aunque lo que pasó pasó ya hace mucho tiempo. No es que apague el despertador antes de que suene por no despertarle a ella pues ya nadie duerme a mi lado. Lo que ocurre es que la única manera de no llorar cada mañana es aferrarme a esa rutina prusiana para no sucumbir a ese deseo de no levantarme que me ataca especialmente esos días que, tal como recuerdo de los planes que el día anterior escribí, me exigirían una actitud y una vestimenta más desenfadada, casi incompatible con la corbata, pero que, para no hacer el ridículo a los ojos del cancerbero del portal que se abre al kiosko, me obliga a hacer malabares con unos jeans, claramente inadecuados para mi edad, y con una camisa de tonos azules y una chaqueta que a mí me parece de payaso pero que ella me la jaleaba entre risas. Pero rara vez me decido del todo antes de afeitarme- con maquinilla, nunca eléctrica- y con espuma, nunca crema-, abrir el chorro de la ducha para que el agua vaya calentándose mientras me cepillo los dientes durante exactamente 2 minutos y medio y meterme en la ducha sin necesidad de desnudarme pues desde aquel día duermo totalmente desnudo bajo una impoluta sábana blanca. Tampoco la ducha en sí puede ser dejada al azar puesto que, justo después de frotarme enérgicamente, es necesario que la temperatura del agua haya empañado la mampara de la ducha hasta poder dibujar sobre ella los signos cabalísticos que me permitirán resistir con entereza un día más esta tristeza mortal sembrada de pequeños recados y encomiendas de amigos y de la distracción de ese simple trabajo de corrector que me obliga a seguir comiendo y cenando frugalmente para no dejar plantado a ese amigo que no me abandonó cuando ella se desvaneció. Primero es esa firma rimbombante que permite acomodar debajo de la jota mayúscula -me llamo Juan- de mi nombre un esquema de un solo trazo que me recuerda al Keynes desmadejado y pensativo ya arreglado y reluciente. Luego llega el perfeccionamiento imposible de la arroba que dura sin disolverse tanto más cuanto más caliente esté el agua. Finalmente, cuando casi no puedo resistir la quemazón y mediante un golpe seco de muñeca, lanzó un reguero de agua casi hirviendo sobre la mampara empañada de una manera tal que aparecen fulgurantes las huellas de las uñas de mi gato al que odio pero del que no puedo prescindir. Cada una de las diminutas huellas muestra un talón ocre transparente y una uña plateada. Todas juntas me señalan la salida de la ducha un segundo antes de que mi pecho pase del rojo escarlata al negro requemado. Ellas me indican el camino a seguir ese día desde ayer programado pero que se puede torcer si de repente pienso que las tareas no son tan serias como para la corbata con blazer ni tan informales como para exhibir los pelillos del pecho con una simple camisa blanca deshilachada en el cuello. Confieso que, a no ser que las húmedas huellas de gato me lo prohiban, tiendo a usar esa camisa blanca con iniciales, única reliquia de mi boda y que, en días como hoy en los que confundo el apetito con la delgadez, me pongo en un intento inconsciente de dar el pego y sentirme capaz de solicitar los servicios de cualquiera de esas jóvenes y cariñosas mujeres que merodean por el Tribeca madrileño cercano a la Gran Vía. A veces le pido a una de ellas con pinta de marroquí que me acompañe a mirar los escaparates de las extrañas tiendas de ropa gótica que comienzan a proliferar y en alguna ocasión he llegado a acompañarle a que se pruebe alguna prenda haciéndome la ilusión de que igual eso me levantaba el ánimo. Justamente hace unos pocos días y entre la ropa de mujer de la tienda de estos jóvenes raros recién llegados al barrio, encontré una especie de casaca de gaucho de piel de llama diría yo (y que resultó ser una chaqueta de maestro samurai) que si no es una prenda masculina lo parece. Pero lo mágico de este encuentro casual entre a chaqueta y yo es que la chaqueta de samurai tiene unos reflejos grises que son igualitos a las huellas de gato en la mampara de la ducha empañada que durante unos segundos se exhiben con las uñas desfundadas y como pasadas por la manicura de gatos de un poco más bajo en la misma calle. “No hace falta que me la pruebe”, me dije, “sé de antemano que es perfecta para mí. Ya no me hará falta poner el despertador a las 7.55 todos los días para decidir mi vestimenta. Ahí estará la chaqueta de samurai, esta rara prenda de color de llama plateada siempre disponible en su colgador”. Encargo tontamente avergonzado otras tres, todas iguales y de la misma talla cuya adaptación a mi cuerpo no he verificado y, cuando esta acompañante ocasional sale del probador juguetona preguntando, sin el menor recato, que qué tal le sienta el modelo de fiesta que sabe podrá hacerme pagar, siento como un calor que no he sentido desde que pasó lo que pasó y le digo sin pensar: “mais trés bien mon chat”.

«Uñas de gato» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 17 de Junio de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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