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Una vieja fotografía: La Fille du Regiment y Los Justos

Y, desde entonces hasta esta recientemente adquirida ancianidad ¿qué ha pasado conmigo? ¿Apretaría hoy un cierto botón, hablando en términos metafóricos, o me dejaría llevar por la sensiblería del amor?

detonadorLlevo dos miniposts (este y este) mostrando mi falta de inspiración y en el primero de ellos reconocía mi triste esperanza de que la representación de La Fille du Regiment en el Teatro Real de Madrid me inspirara un poco. Pues así ha sido, pero de manera indirecta, al remitirme extrañamente a Los Justos de Camus que, adaptada desde el inicio del bolchevismo anterior a la revolución del 17 a los tiempos de ETA hace unos quince o veinte años, contemplé hace más de una semana en el Las Naves del Español en el Matadero en Madrid. En ambas obras hay alguien que, con tono distinto en uno y otro caso, pone en juego las facetas aparentemente contradictorias de ese entusiasmo que echo en falta cada vez más a menudo. Es ese aspecto aparentemente contradictorio del entusiasmo lo que quiero explorar en este post.

Quizá la mejor manera de comenzar la exploración sea el examen de un recuerdo específico. Me veo en una antigua foto en la que yo aparezco disertando como una especie de falangista exaltado en el comedor de casa de mis padres en Bilbao. Creo que estaba chillando impertinentemente, con la osadía de la juventud, sobre la vacuidad de una vida en la que ésta no se pone en juego. Me fijo en la foto. La supongo sacada por mi hermana y alrededor de la mesa recuerdo al menos a mi madre, las manos de mi padre, la «tía» Isabel, hermana del Padre Arrupe, con el que mi madre insinuaba que algo tuvo que ver cuando, ambos libres, paseaban por la Gran Vía bilbaína y, creo recordar, un primo que por aquel entonces estaba viviendo en esa casa de mis padres en su primer trabajo después de licenciarse en física en Madrid y de haber tenido una infancia nómada dada la necesidad que su padre tuvo de exilarse después de la guerra civil. Demasiadas aventuras a mi alrededor como para que yo me sintiera cómodo con esa mi vida burguesa que solo ponía en juego su vida, es un decir, provocando a los grises. Mi memoria me dice que yo estaba tratando de decir con cierto tono provocador que, ya en tercero o cuarto de carrera, me angustiaba por la vida burguesa que me iba a tocar vivir cuando en realidad estamos hechos para jugárnosla en aras de algún objetivo liberador que la dotara de cierto heroísmo y que evitara el aburrimiento y la monotonía de una vida de clase media.

¿Qué hacer con un entusiasmo así? Descartado el sacerdocio, que no me parecía, ni me parece, nada excitante, ni siquiera cuando va orientado a las misiones, me quedaban dos opciones para hacer algo con la sobreabundancia de entusiasmo que amenazaba con hacerme vomitar las propias entrañas. O bien El Amor (heroico) o bien el amor (doméstico), dos formas de vida que en mayor o menor proporción también pueden ir juntas. De hecho, de la tensión entre una y otra sale la obra de arte en la que una vida puede consistir… a veces.

Hace dos semanas, como decía, acudí a la representación de Los Justos de Camus trasplantada a la situación vasca de una época de ETA en la que las bombas contra vehículos eran moneda corriente. Más allá de la bonita puesta en escena en la que todos los personajes permanecen atados a un único centro y de los no tan bonitos y, desde luego, innecesarios añadidos para identificar el País Vasco, lo que Camus quiere poner en juego es la tensión vital entre la llamada exaltada del heroísmo dirigido a la liberación frente al opresor, algo épico, y el sereno deseo de no herir a seres inocentes que se asocian a las personas individualizadas y amadas, algo lírico. Apretar o no el detonador de una bomba al paso del enemigo de tu pueblo puede llegar a constituir una tensión vital entre dos pulsiones que marque una vida y lleve a tu definitiva individuación como ser único, como individuo auténtico y no abandonado a las convenciones sociales de tu entorno.

Hace tres días la puesta en escena de la obra de Donizetti, una especie de ópera cómica en la que, más allá de ligereza de una música simpática y llena de espíritu de desfile militar, me hizo pensar en el mismo problema de la tensión entre el Amor y el amor en una versión light pero así mismo esclarecedora. La “hija” de un regimiento napoleónico que comparte con todos sus miembros el amor que se da entre padre e hija, el compañerismo de la cantinera, ambos amores líricos, y un cierto Amor épico o entusiasmo patriótico por la muy heroica conquista napoleónica, resulta ser una tirolesa de noble ascendencia que está dispuesta a abandonar todo esto por el amor lírico por un tirolés aparentemente vacío de cualquier fidelidad patriótica. La tensión vital es la misma que en el caso de Los Justos, pero aquí parece triunfar el amor poco heroico entre un hombre y una mujer que nada tienen de individuos auténticos.

¿Qué predicaba yo en aquella cena que aparece en la foto correspondiente a mi juventud temprana? Me temo que entonces me encontraba mucho más cerca de esa persona a la que Camus no deja apretar el botón del detonador que del simple campesino tirolés que acaba cantando a la mayor gloria de Francia. Y, desde entonces hasta esta recientemente adquirida ancianidad ¿qué ha pasado conmigo? ¿Apretaría hoy un cierto botón, hablando en términos metafóricos, o me dejaría llevar por la sensiblería del amor? Como no sé responder a este interrogante no tengo más remedio que no entregarme y seguir luchando para llegar a ser alguien más allá de una partícula elemental prescindible. La sequedad de la que me quejaba en los dos miniposts con los que he empezado este no va a ser superada con el lamento, sino solamente con el mantenimiento de la tensión entre la individualidad y la especie sin rendirse a la una o la otra.

«Una vieja fotografía: La Fille du Regiment y Los Justos» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 26 de Octubre de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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