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Una opinión (¿ingenua?) de un optimista

Publicado en Expansión, sábado 4 de octubre de 2008

El mundo financiero va muy rápido, tanto hacia abajo como hacia arriba. En cuanto los bancos lleguen, si no han llegado ya, al conocimiento común de sus balances cuya falta torpedeaba la confianza mutua, el crédito aparecerá de nuevo y los negocios retoñarán con excepción, claro está, de aquellos cuya desnudez la crisis ha destapado.

A pesar de todos los pesares y de la nociva incertidumbre hasta el final de la semana El Gran Rescate ha sido finalmente aprobado. Aunque se haya perdido un tiempo muy valioso sigo siendo optimista respecto a la situación económica general, sin especial referencia a ningún país en concreto. ¿Estoy loco? ¿soy un ignorante?; ¿quizá un ingenuo?

Antes de meterme en harina quizá convenga citar la opinión de Becker en su blog para tratar de dimensionar correctamente la situación:

la magnitud de esta crisis debe ser puesta en perspectiva… Durante la década de 1931 a 1941 los Estados Unidos tuvieron alrededor del 25 por ciento de desempleo así como caídas muy pronunciadas del PIB. El PIB americano durante esta crisis no ha caído todavía y el desempleo ha alcanzado solo un 6 1/2 por ciento.

Aunque en Europa ya haya tres países en recesión, lo conveniente ahora es serenar la mente y pensar sobriamente en formas de evitar que esa recesión técnica se extienda lo menos posible. Mi optimismo consiste en creer que ahora estamos cerca de conseguir esto. Pero para justificar ese optimismo es conveniente recordar la naturaleza de esta crisis.

Ya dije en su día (Expansión, Julio 2008) que se trataba de crisis solapadas, entre ellas la inmobiliaria que no necesita de mayor comentario. Decía entonces que

lo que importa (ahora) es que, ante la imposibilidad de estar seguros de cuales son los bancos tocados o el tamaño de los daños causados a sus balances, tenemos que movernos en el contexto de una crisis financiera de confianza (crisis de demanda) y enfrentar simultáneamente un aumento serio del precio del crudo (crisis de oferta).

Pues bien, ya casi no nos acordamos de la crisis de oferta y de sus distintas explicaciones. Ya no pensamos que todo era una cuestión especulativa. Ahora, después de unas bajadas sustanciosas del precio del crudo, sabemos que el crecimiento de países muy grandes y emergentes más la razonable necesidad de garantizar aprovisionamientos en el mercado de futuros, explican la mayor parte de la subida. Ha bastado una cierta reducción de la demanda de los países tocados por la crisis propiamente económica para que los mercados de futuros hayan ayudado al descenso del precio de esta materia prima tan crucial.

Lo que ahora preocupa seriamente es la crisis de demanda correspondiente a la sequía crediticia. Y a este respecto me sigue pareciendo adecuado lo que ya dije en el artículo de junio de Expansión:

Esta sequedad del crédito a la que quiero referirme, se debe … a que los bancos se encuentran en una especie de equilibrio que solo puede persistir porque no se deciden a desnudarse simultáneamente haciendo conocimiento común (el que se da cuando yo sé que tu sabes que yo sé… en una recursión infinita) lo que es, hablando técnicamente, un mero conocimiento mutuo de orden N (el que se dice existir cuando la recursión anterior no es infinita sino solo presenta una cantidad finita de revueltas menor de N).

Aunque no con estas palabras, esto es hoy ampliamente aceptado. Pero también mencionaba entonces lo que me parecía la salida adecuada: “es muy posible que se necesite un organismo central que juegue el papel de lo que, en otros contextos menos serios se llamó una ‘ciberturba’, y que, al juntar a todos los bancos con los balances reales entre los dientes en un momento determinado, lograría ese conocimiento común. Este habría de ser uno de los papeles que debería jugar un Banco Central, el de convocar esa gran ‘ciberturba'”.

Pues bien, lo que hará el Gran Rescate, con el apoyo obligado de la muy independiente Fed (que ya anuncia una bajada espectacular de tipos) será justamente la organización de esa gran “ciberturba” mediante la formación de un bad bank al que los bancos pueden vender sus malos créditos, fruto de la emisión de derivados envenenados por la inclusión en el paquete de hipotecas basura. Esto permitirá que la situación de todos sea conocida por todos y que nadie deje de saber que los demás saben, recuperando así la confianza perdida. Creo que, efectivamente, es así porque la tentación que pudiera acechar a algunos bancos de fingir una salud que no tienen, evitando traspasar sus créditos malos a ese bad bank cuando toque, es perfectamente resistible ya que, a partir de ese momento y aunque pudieran encontrar crédito a precio razonable en otros bancos, iba a ser muy difícil encubrir sus verdaderas cuentas. Todas las pegas que se pusieron a ese rescate y que lo han frenaron en primera instancia era comprensibles pero o eran difíciles de salvar y, en cualquier caso, su importancia era de segundo orden.

La intervención me parece necesaria aunque algunos pensaran que daba igual lo que hiciera la Cámara de representantes puesto que el mercado ya había efectuado las depuraciones necesarias para recuperar la confianza poniendo a cada banco en su sitio. Pero yo sigo creyendo que era necesario y para convencerles cito otra vez a Becker nada sospechoso de proclividades intervencionistas: “A pesar de mis profundas preocupaciones acerca de pechar con un aumento tan grande en el control gubernamental sobre las transacciones financieras, he concluido muy a mi pesar que esta sustanciosa intervención estaba justificada a fin de evitar un gran colapso a corto plazo del sistema financiero que hubiera podido llevar al mundo a una depresión muy considerable“. Sin embargo y a pesar de esta necesidad, hay que considerar las objeciones que se han esgrimido.

Se ha aducido, en primer lugar, que la intervención socializa las pérdidas cuando los beneficios fueron presumiblemente privados. No es cierto del todo, para empezar, que nadie se beneficiara en exclusiva de los buenos resultados del uso de la innovación financiera, sino que, más bien se benefició todo el mundo en mayor o menor medida. Para continuar hay que dejar constancia de que todos los ciudadanos son contribuyentes, de manera que todos arriman el hombro. Y, para terminar con esta primera objeción, es muy posible que si y cuando el bad bank pueda salir a flote (como ya ha ocurrido en otros casos como el caso sueco de principios de los años 90) los ciudadanos recuperarán sus contribuciones de una u otra manera.

No se puede negar, en segundo lugar, que es un poco feo que se paguen los paquetes de incentivos y bonuses que resultan de la gestión anterior puesto que, presumiblemente, esa gestión está en el origen de lo que pasa ahora. Pero creo que cuantitativamente es una cuestión menor, que esos gestores tenían un contrato claro, que fueron unos innovadores y que, en cualquier caso, el asunto podría solventarse ante los tribunales si alguien sospechara de la existencia de dolo en la actuación de estos gestores. En tercer lugar, la exigencia de una especie de agencia especializada para la supervisión de ese bad bank me parece adecuada y suficiente para dotar al procedimiento diseñado de transparencia y ganar la confianza del contribuyente.

Respondidas así las principales objeciones, creo que estoy en disposición de defender que mi optimismo no me parece descabellado. El mundo financiero va muy rápido, tanto hacia abajo como hacia arriba. En cuanto los bancos lleguen, si no han llegado ya, al conocimiento común de sus balances cuya falta torpedeaba la confianza mutua, el crédito aparecerá de nuevo y los negocios retoñarán con excepción, claro está, de aquellos cuya desnudez la crisis ha destapado. Llevará algún tiempo, pero el peligro del descalabro me parece ya lejano a pesar del ruido europeo y de las dificultades de nuestro continente para coordinar políticas con rapidez.

No me creo pues ni loco ni ignorante aunque quizá sí un poco ingenuo pues me olvido de detalles más o menos sórdidos que no van a dejar de jugar su papel. No me refiero al ya mencionado precio del crudo al que habrá que prestar la atención debida, sino más bien a todas las concesiones que ha hecho el Senado americano por razones puramente electorales y, sobre todo, a la industria de expertos y asesores que ahora nos van a marear con la tumba del capitalismo, con los inminentes cambios geopolíticos, con la necesidad de una nueva y global regulación y con la necesidad de transparencia.

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