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Una magnífica noche de perros

Apenas acababa de conciliar el sueño después del escándalo de una tormenta aparatosa que le desveló cuando una pequeña sacudida le despertó de improviso. A esa edad no se despierta uno inmediatamente y el joven de la margen izquierda tardó unos segundos en caer en la cuenta que era la mano de su padre la que le golpeaba amorosamente su hombro derecho y le susurraba con dulces palabras que se vistiera rápido que tenían que hacer algo.

Pero ¿qué hora es?

Son las cuatro pero tienes que vestirte rápido si quieres acompañarme.

Pero ¿ a dónde papá? ¿Pasa algo?

Claro hijo, claro que pasa algo, pero nada que ataña a la familia, no te asustes, es solo que me gustaría que me acompañaras.

Pero tengo cole, ya sabes. ¿A dónde vamos? Volveremos a tiempo?

Espero que sí, pero si nos retrasamos ya te llevaré yo al colegio con una nota de justificación.

El joven se levantó con los ojos legañosos y se puso la ropa que había arrojado la noche anterior por el suelo sin orden ni concierto y lo hizo sin amago alguno de lavarse aunque solo fuera la cara a esas horas tan raras. Estuvo listo en pocos minutos y se aproximó a la cocina donde su padre calentaba un par de vasos de leche. Los bebieron en silencio y se dirigieron a la puerta el piso sin hace ruido para no despertar a las señoras y acarreando una especie de saco con alguna cosa sólida para comer.

El joven estaba confundido pues era la primera vez que su padre salía con él a hacer lo que fuera. Nunca le había sacado de paseo y al cine solo los días de nochebuena para que las mujeres de la casa pudieran organizar la cena sin interferencias. Parecía que esta vez no le iba a sacar de casa sino que le pedía que le acompañara y esto acabó por despertar al joven y de darle un cierto sentido de importancia.

-¿A dónde vamos?

Vamos a abordar ahí abajo, a unos pasos, en la dársena, un remolcador de esos de altura para acudir al socorro de un barco que ha naufragado por cerca de Castro.

No hubo respuesta aunque el chiquillo, sí ahora realmente parecía un chiquillo asustado, no dejaba de pensar si su padre se habría vuelto loco. Qué podía saber ese padre suyo tan metódico y que pasaba el día entre libros con extraños dibujos, acerca de cómo salvar un barco naufragado. Dijo:

Está al a deriva o ha encallado?

Peor, estaba en pruebas pues fue botado hace dos días. Volvía ya para los últimos retoques, ninguno de calderería, pero no se sabe cómo se ha dado la vuelta y así está a la deriva con la chimenea boca abajo en peligro de que encalle en esta noche de perros y con este viento que sopla del nordeste.

El chiquillo, que ya no lo era tanto, comprendió. No había fallado la caldera, pero algo serio en la construcción debía de estar mal ya que de lo contrario parecería imposible que se diera la vuelta aunque se tratara de un pesquero de no mucho calado y de pocas toneladas. Pero a esto se debía referir su padre cuando como única explicación de su mudanza había comentado que debía estar cerca del lugar en donde podría surgir el peligro. Si el pesquero hubiera entrado en bocana y enfilado la ría más allá de la dársena donde ahora se encontraban nada hubiera podido acontecer sobre las plácidas aguas de la Ría. Pero mientras no estuviera ahí el peligro tenía que venir de fuera del puerto.

Un pequeño bote les acercó al remolcador son su motor ya en marcha, lo abordaron y el capitán saludó al padre con un gesto cómplice y sacudió los cabellos al joven a pesar de que casi ya tenía su altura. Se acomodaron en una pequeña bañera a popa y el padre abrió el saco de dónde sacó dos bocadillos de chorizo de Pamplona que él solo mordisqueó y que el hijo devoró no tanto por apetito, ya que había cenado opíparamente no hace tanto, sino por nerviosismo. No estaba claro para él si su padre sería castigado por este accidente, lo que iría a pensar la madre que confiaba en que su marido cediera y volvieran a la casa del centro de Bilbao o qué iba a ser de él mañana que era día de autobús desde la margen derecha, o el resto de una vida que dependía tan extrañamente de aquella chica que jugaba al perro y el gato con él. Pensó que igual no volvía de aquella aventura y la angustia le hizo tragarse también los trozos de pan que su padre había despreciado y que, notó con extrañeza, seguían rellenos de ese chorizo que su madre procuraba evitar pero que no tenía sustituto barato.

Cuando atravesaron la bocana la marea debía de estar subiendo pues de lo contrario hubiera sido imposible todo aquel meneo que casi le marea pero que cesó milagrosamente a la salida del puerto exterior cuando el capitán puso rumbo al este. Les puso al día,tardarían media hora en llegar al lugar en donde los marineros que probaban el nuevo pesquero estaban a salvo sobre unas rocas que cerraban el puerto de Castro después de abandonar a nado y después de un buen susto hace ya casi dos horas en ese momento inconcebible para un marinero en el que un buque, grande o pequeño, “capsizes” como decía mi padre en inglés en conversaciones con mi madre o con compañeros de trabajo que se encerraba con él en ese salón que la madre reservaba para visitas de postín que nunca venían.

-Pero ¿qué podemos hacer nosotros? preguntó el joven ya integrado en la aventura que, quizás intuyó más que pensó, podría cambiar su vida sacándole de aquel juego del escondite de todas las mañanas en las que decidía como llegar al colegio, a ese colegio que seguía siendo el mismo de antes de mudarse.

Tu poco, pero quiero que veas que esos libros que me ves estudiar como si fueran un devocionario de monje son algo más que un capricho. Son ellos, o mejor dicho sus autores, los que nos van a sacar de este atolladero que puede representar un buen agujero para los astilleros y la quiebra del patrón que no anda muy bien la pesca esta costera he oído decir.

Un par de libros con tapas duras de color rojo estaban sobre la mesita de la bañera que apenas acogía a padre e hijo. El padre sacó no se sabía de dónde unas hojas en blanco, se las había proporcionaba el capitán, seguro, y también aquel lápiz con el que el padre comenzó a copiar o adaptar algunos gráficos de los libros rojos sobre el papel en blanco. Cada hoja contenía un esbozo de pesquero chimenea abajo posicionado de una u otra manera con relación a las rocas de la costa que aguantaban el rompeolas de aquel puertecito. Y en cada hoja el padre totalmente concentrado dibujaba la posición de una especie de balsa con una enorme grúa y la de una figura estilizada que podría ser el remolcador que ya se acercaba al lugar de este hecho desgraciado cuya importancia comenzaba a entender el hijo.

Continuaba negra la noche y nada hacía presagiar un pronto amanecer. El lugar donde aquella cáscara de nuez yacía borracha estaba sin embargo iluminada por unos potentes focos que marineros del puerto habían acercado a las rocas amenazantes ante las que se balanceaba el casco loco con una quilla como una cuchilla de patín de hielo totalmente al aire. La iluminación de la escena sirvió al padre para elegir una y solo una de aquellas hojas en las que había dibujado sus esbozos y con ella en la mano se dirigió al puente de mando donde el capitán le miraba inquisitivo. No hablaron, el silencio parecía su lengua franca, bastaban las miradas. El remolcador viró hacia el estrecho sendero de agua que quedaba entre el casco y las rocas y el capitán impartió una orden tajante, incomprensible para el hijo, en la radio dirigida, era fácil suponer, a una especie de gabarra ancha como un campo de futbol de los del colegio y que mantenía enhiesta una grúa enorme, gruesa desde luego,pero sobre todo alta.

La maniobra no debía ser fácil pensó este joven que no sabía por qué estaba allí y que miraba a su padre como si fuera la primera vez que veía aquella figura fuerte con una cabeza grande y una cara larga casi siempre el ceño fruncido menos cuando explotaba en una carcajada por algo que él solo parecía entender. Pero no había risas en las bocas cerradas con las mandíbulas apretadas ni sonrisas en los ojos de aquellos dos hombres que observaban el rumbo de la gabarra. El movimiento fue rápido. El remolcador ocupó le franja de agua a sotavento del casco que ya lamía las rocas y puso la reversa para mantenerse ahí. Al tiempo la grúa, dirigida con toda seguridad por el que estaba al otro lado de la radio, hizo descender un brazo articulado que colocó su mano d bajo del casco y lo elevó con toda su fuerza. El viento aunque no muy fuerte ayudó y apareció el puente del pesquero casi instantáneamente. Ese mismo viento empujaba al pesquero rescatado, y que parecía poder respirar todavía, hacia el remolcador que manejaba el motor siguiendo órdenes rápidas no del capitán sino del padre que gritaba expresiones incomprensibles y casi ahogadas por los extraños ruidos de la caldera. Gracias a la presencia del remolcador la fuerza del brazo articulado de la grúa podía seguir izando al pesquero sin que su fuerza se perdiera en la deriva del casco hacia las rocas pues el remolcador no se lo permitía.

En un momento determinado el casco del pesquero se enderezó y apareció reluciente su cabina recién pintada. La gabarra dio bordadas en lo que cabe rápidas fuera de la escena nocturna y fantasmagórica , no sin antes proceder al abordaje del pesquero por parte de unos hombres de negro que el hijo creyó identificar como ladrones y que tomaron el timón y se colocaron en las amuras del recién salvado barco. El capitán del remolcador casi arranca la cabeza del hijo al levantar un cabo bien grueso y lanzarlo al ladrón que se mantenía firme en la amura de babor quien lo recogió y lo amarró en un pequeño poyete de la proa. La caldera dio un rugido y el remolcador salió desde su agujero justo a tiempo para evitar encallar en las rocas arrastrando tras de sí el pesquero con su improvisada tripulación al tiempo que la original rompía a aplaudir y a gritar con entusiasmo. El remolcador arrastraba al pesquero y después de dibujar un rumbo casi circular puso proa al este, hacia la acogedora bocana de la Ría.

El capitán del remolcador y el padre ocupaban ahora la pequeña bañera mientras el hijo les miraba desde el puente de mando el timón en manos de un segundo de abordo y él, el hijo, vuelto hacia la popa observando cómo su padre había sacado su petaca el bolsillo trasero del pantalón y comenzaba a liar dos cigarrillos uno para el capitán que no lo encendió hasta que el del padre estuvo listo en cuyo momento aquel capitán que quizá debería estar ya retirado encendió un mechero a prueba de vientos y ofreció lumbre a mi padre. Permanecían en silencio y en un momento dado ambos alzaron su mirada hacia el hijo y sonrieron de una manera que este hijo solo iba a comprender muchos años más tarde.

Apenas les dio tiempo para apurar sus pitillos de picadura. Apagaron las colillas en el fondo de la bañera, se saludaron en silencio y padre e hijo descendieron al pequeño bote que les acercó a las escaleras de aquel lugar olvidado del puerto. El padre llevaba al hijo agarrado del hombro y cuando empezaba a despuntar una extraña luz por la parte de la ciudad, allí en el fondo de la Ría, le dijo brevemente que esperaba que ahora supiera porqué se habían mudado a aquella Venecia obrera. Los barcos le necesitaban, no solo cuando se botaban pues nadie parecía ocuparse de que se mantuvieran a flote después de estrellada la botella de champán, sino también cuando , como esta noche, una mala mar , la impericia de los marineros poco bregados con la navegación y quizá fallos de construcción hacían que la vida de hombre, la fortuna de armadores y la reputación del astillero estaban en juego.

Ya -dijo el hijo-pero ¿qué tienen que ver esos libros rojos que acareas contigo y en los que te enfrascas tan a menudo?

No lo sé muy bien contestó el padre. Son los que estudié allí en Newcastle , en los que me embebí pues estaba muy solo y me salvaron la vida. Es justo que ahora comparta con ellos este pequeño éxito. ¿No crees?

No lo sé, no lo entiendo, pero ha sido una noche que no olvidaré.

El padre soltó una carcajada ante la seriedad del hijo quien parecía haberse hecho de repente tan mayor de carácter como ya lo era en tamaño. Estas carcajadas siempre alegraban al hijo. Se sintió bien, sin sueño y dispuesto a acudir al colegio. Quizá algún libro le haría compañía en aquellos días que se sentía solo.

Si quieres te duermes un rato y luego llevo en taxi al colegio y explico por qué llegas tarde, pero quizá prefieras cruzar la bocana o coger el transbordador y pasar a la otra margen y tomar el autobús que tomas todos los jueves de tapadillo.

Le habían cogido, pensó el hijo, pero no se sintió mal o en falta. Más bien se sintió acompañado por un cómplice y volvió su rostro sonriente hacia su padre.

Creo que hoy pasaré por el puente, gracias papá.

No hablaron más y así semiabrazados llegaron a casa cuando todavía las señoras no se habían levantado. Tenían que bañarse.

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