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Una jornada neoyorkina o lo que pudo ser

Hoy hemos visto una mimosa florecida en el Parque de Berlín. Pero solo hace un par de semanas nos cayó una buena nevada y, con el suelo resbaladizo y abrigados como dos glaciólogos, nos organizamos un plan neoyorkino. Primero asistimos a una sesión de anticine en el Reina Sofía y luego nos tomamos unas minihamburguesas en una especie de restaurante-bar modernillo con mesas muy altas, taburetes ad-hoc para poder alcanzarlas y un menú vestido de negro. Cosas que tiene Madrid, que a veces, y y no muy a menudo, uno puede creer que no es simplemente castizo.

Lo del anticine se trataba de lo que hacía Javier Aguirre en los años 60 y presentó en los Encuentros de Pamplona del año 72. Todavía no habíamos vuelto de los EE.UU., pero para nostros fueron una iluminación no tanto artística como política pues en ellos se jugaba la hegemonía cultural entre el PC y el renacido abertzalismo a su vez escindido entre partidarios de Chillida y seguidores de Oteiza.

Nosotros habíamos visionado algo de la obra experimental de Javier Aguirrede en el cine-club de Ingenieros en Bilbao y fue una sorpresa emocionante ver que allí, en el Reina y después de cuarenta años, estaba él mismo, mayor que entonces pero con la misma postura ante el público. Me temo que la audiencia era la de entonces con muchos más años, pero la mismas ganas de insurrección etética.

Pero no es que durante todos estos años nos hubiéramos olvidado del cine experimental. Ocurrió que en Boulder (Colorado) tomamos una clase con Stan Brahkage quien nos enseño a ver las películas fuera de foco para concentrarnos mejor en las simples sombras. Ya escribí sobre mis experiencias con el cine experimental, no narrativo o anticine en el contexto de una reivindicación del tan denostado sesentayocho así que puedo seguir adelante con mi realato.

Pues bien, resultó que Aguirre conocía a Brahkage y allí surgió esa chispa retrospectiva que me hizo recordar que en aquel entonces se me pasó por la cabeza la de dejar de intentar convertirme en economista teórico y convertirme en empresario exhibidor de cine experimental uniendo el mundo de Aguirre (u otros com él) con el de Brahkage, Kubelka o los hermanos Jonas. Yo importaría a los campuses americanos el cine experimental europeo, o anticine, y lo distribuiría por los campuses haciendo lo mismo en la dirección contraria.

Por un segundo imaginé cómo hubiera sido mi vida y experimenté sensaciones contradictorias. Por un lado recordé la figura que dibujaba Asun en uno de sus comentarios:

En resoy en absoluto un hombre de ciencia, ni un observador, ni un experimentador, ni un pensador. Por temperamento no soy otra cosa que un conquistador — un aventurero, si prefieren traducirlo así — con toda la curiosidad, audacia, y tenacidad característica de un hombre de este tipo.alidad no

Por otro lado me ví en un círculo todavía más estrecho que el que he habitado como economista e igual de desazonante.

Luego llegaron las minihamburguesas y, lo confieso, tuve que acompañarlas con un gin- tonic mientras a nuestro lado dos jóvenes intentaban ir haciéndose a la idea de acostarse hablando de ingeniería. “Extraños caminos los que recorremos”-pensé

«Una jornada neoyorkina o lo que pudo ser» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 24 de Enero de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. En el viejo mundo descentralizado los teóricos influían en la red social prescribiendo a los tecnócratas y formando a la siguiente generación de cuadros.

    En el mundo distribuido eso ya no vale. Hay que dirigirse a toda la red, tejer red. No vale de nada un círculo… No sólo hablo de tu blog, creo que un economista hoy -y eso se ve bien en Krugman- como verdadero “filósofo mundano” tiene que dar el salto que en el 68 dieron los “poetas mundanos” como Bob Dylan.

    Woodstock te espera, no sólo Madrid, Bilbao o NY.

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