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Un triste día hermoso

Por la mañana tuve el privilegio,como antiguo Consejero del Gobierno Vasco, de asistir al 70 aniversario del primer Gobierno de estos gobiernos, aquel presidido por el mí­tico Aguirre, Napoleonchu para algunos.

La casa de Juntas de Guernica, allá mismo donde está el nuevo árbol debajo de cuyo padre prestó juramento aquel primer Lehendakari cuando ya las tropas nacionales estaban a 25 kilómetros de Bilbao y era peligros incluso desplazarse a Guernica, vió desfilar a los tres lehendakaris que viven ante una buena presencia de hijos, nietos o sobrinos de los Consejeros de aquel Gobierno, entre los que se encontraban primos mí­os y primos de mis primos y hasta una bebecita de una hija de estos últimos.

Solo nosotros somos capaces de organizar una ceremonia tan sencilla y contundente. Un acuerdo formal de agradecimiento del actual Gobierno Vasco, un discurso de Ibarreche breve e inquí­vocamente condenatorio del fascismo absolutista contra el que su predecesor habí­a luchado hasta su muerte; unas imagenes de la época rescatadas para la ocasión y mezcladas con opiniones de historiadores respetables así­ como una rememoración de Joseba Aguirre, hijo del inolvidable Napoleonchu. Y al final el Gora Ta Gora. Y se acabó.

Me pareció que allá estaba un pueblo a prueba de derrotas. Socarrones como siempre, serios ante lo ceremonial, respetuosos con las autoridades o los himnos y nada olvidadizos aunque los recuerdos los guarden para ellos, excepto en ocasiones como ésta del sábado 30. Pero nunca insensibles al patetismo como el que rezuma la carta que el Consejero Espinosa, de la Unión Republicana, enví­a a su presidente dos horas antes de ser ejecutado pidiendole amparo para su mujer e hijos, le dice que no duele morir cuando se hace por la libertad y le pide que no ejecuten, sino que indulten e incluso que liberen a presos, que nadie debe estar encerrado. No solo mis ojos estaban húmedos.

Y luego, por la tarde una boda en San Vicente, una boda triligí¼e oficiada por ese amigo sacerdote, culto y de contextura arzobispal que agradeció en inglés la presencia de invitados británicos, cosagró en Euskera y ofició la boda en castellano. La música estaba cuidadosamente elegida con predominio de Hí¤ndel; pero, allá en medio, sin molestar a nadie, con brevedad inusitada apareció un Agur Jesusen Ama cuyo efecto en mí­ es independiente de su calidad musical: me explota el corazón que, de apretado, pasa a expandirse por el mundo imaginario. Y un buen aurresku a la salida de la Iglesia.

Por supuesto que luego hubo cena, copiosa y de calidad, y baile para carrozas y niños, pero el dí­a iba de la nostalgia de los derrotados que nunca lo serán del todo y yo volví­a llorar, como con Espinosa y con el Agur Jaunak que recibió a Garaikoetxea, Ardanza e Ibarreche.

No sé Euskara; pero el lenguaje tiene muchas funciones y una de ellas es comunicar quien eres aunque no sepas articular las palabras que dijeran “soy vasco porque sí­”. Pero esto es lo que mis oidos pecibieron por la mañana en Guernica y por la tarde en San Vicente.

Y estoy de acuerdo: “soy vasco porque sí­”.

«Un triste día hermoso» recibió 0 desde que se publicó el Martes 10 de Octubre de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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