Un triste día de otoño

por | lunes 18 de noviembre de 2013

foixaHa sido un fin de semana largo en Foixà. Nos «saltamos» el viernes y así pudimos cenar con buenos amigos ese mismo viernes y ya el sábado celebrar por todo lo alto el día de Thanks Giving con una semana de adelanto. Es buena esta reunión cada dos años pues ves a amigos de verdad a los que no tienes ocasión de tratar asiduamente por la distancia geográfica. Todo el festejo comienza con una comilona muy a la americana y no acaba hasta bien entrada la noche después de cantos, bailes, bebidas, sin y sobre todo con, así como un resopón tardío del que ya ha desaparecido ya el acento gastro-americano y ha sido sustituido por la correspondiente tortilla de patatas. Y casi no hay tiempo de charlar con todos y saber de la familia, profesión y aventuras de cada uno de ellos.

Pero el tiempo pasa y uno empieza a sentirse viejo y a verse un poco triste en el espejo de los otros. Es ahora, en ese momento, cuando a uno le entra la tristeza y cae en que hace frío, el sol no ha lucido nada, la tramontana se renueva, el alcohol me sienta mal, las tripas se me han revuelto y tengo ganas de devolver. Volvemos a Foixà y nada más entrar en casa comienza a llover lo que tenía que haber llovido hace una semana para haber evitado el incendio. Nos despertamos tarde y con dolor de cabeza. No nos da tiempo más que de reconocer La Carretera de McCarthy en la zona quemada, de cerrar bien la casa, olvidarnos toda clase de cargadores y salir corriendo para atrapar ese AVE que nos devolverá a casa a una hora razonable para meditar sobre la semana entrante.

Una semana en la que toca una junta general que certifique el cierre a mis efectos de un negociete que le recuerda a uno a aquellas épocas en las que parecía que todo era posible, el ingreso para una intervención quirúrgica que no es grave pero que siempre es molesta y uno cree que delicada estéticamente. Hace frío y llueve y me llaman de Foixà que ha habido una inundación en casa y la cocina está encharcada. Se me olvida la bufanda y se me hiela el aliento a medida que me acerco al lugar de celebración de la Junta General. Apenas hay gente pues a nadie le gusta este tipo de funerales. Todos o casi todos han delegado su voto y no tardo mucho en largarme a volver a pasar frío y hacer bíceps manteniendo el paraguas abierto pues no he encontrado la boina que, seguramente, debe estar con los cargadores olvidados y esperemos que a salvo de la inundación.

Me pongo a llorar sobre este teclado y me interrumpe una encuesta telefónica. Por alguna razón que no entiendo bien, mi vieja faceta profesoral se me impone y me largo a poner unas magníficas notas a unos servicios profesionales que quieren saber cómo lo hacen. Pienso que me da igual, que la chiquilla que me llama debe ser joven y parece ganarse la vida de una manera que no es la peor del mundo. Me la imagino sentada en una silla cómoda y en una habitación caldeada. Cuelgo el teléfono y sin saber cómo o porqué ya me encuentro mejor. ¡Quién sabe, quizá consiga resistir hasta la primavera!

Me entran ganas de que se prolongue el ingreso hospitalario sine die para no pensar en incendios o inundaciones y concentrarme en Europa Central, esta novela de Vollmann que tanto me recomiendan, mientras disfruto de las bellas imágenes de la anestesia mezcladas con una extraña prosa.

7 pensamientos en “Un triste día de otoño

  1. Jesus

    El texto es bellísimo y la pintura que lo acompaña también me ha encantado. Esa explosión de color, a la manera fauvista que encierra, empero, una melancolía en grado similar a la del post… ánimos

  2. Alan Furth

    Pues me hiciste caer en el remordimiento por haberme comido vivo a un telemarketer de Telefónica que me llamó por enésima vez esta semana 😀 Fuerza para la operación!

  3. Jesus

    Gracias mil David por el enlace de Anoro. Me encanta! Tiene tanto de fauves y me recuerda mucho también a Gauguin… y a las máscaras africanas. Me ha encantado conocer su obra. Genial!

  4. Juan Urrutia Autor

    Muchas gracias a todos por los ánimos. No me faltan, pero hay días en los que el ánimo flaquea. Es en esos días en los que uno reconoce a los amigos y le brota la sonrisa.

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