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Un tiempo perdido

Por razón de este nuevo trabajo en el que estoy enredado, me veo con con Juanjo Alonso en el Hotel Ercilla de Bilbao. Es primo de un fí­sico importante, ya retirado, que está interesado en la ESS cuyas vicisitudes ha seguido de cerca antes de retirarase. Se llama Pete Alonso y es hijo de un donostiarra que fue campeón de España de Tenis en los años 20 y que, como tenista, triunfó en los EE.UU. donde formó una familia.

La historia de esa familia es apasionante y merecerí­a una atención especial; pero ahora no toca. Lo que toca es relatar cómo el contacto con Juanjo Alonso sirve para que, de repente, se agolpe todo un pasado casi remoto pero que está ahí­ como enquistado.

Resulta que Juanjo es un ingeniero naval bastante mayor que yo y que conoció a mi padre desde que entró a trabajar en Euskalduna: “tu eres hijo de D. Rafael Urrutia, gran hombre, sencillo y amable con todo el mundo. Era el responsable de Caldererí­a en la Euskalduna de aquellos tiempos”, me espeta como comienzo de nuestra conversación.

Y hablamos de mi padre, lo que es un extraño privilegio para mí­ porque mi padre era mucho mayor que yo y porque sus 20 últimos años estuvieron marcados por un parkinson galopante sin demasiados ayudas de una dopamina que apenas entonces empezaba a estar disponible.

Recordé las botaduras de buques a las que acudí­amos con una madre que hubiera querido ser la estrella y era solo una comparsa.

Charlamos de Newcastle donde mi padre estudió arquitectura naval a imitación de un Bareño que fue el primer bilbaino en hacerlo y al que Juanjo también conoció.

Y cuando ya estamos casi dispuestos a entrar en la materia que nos reuní­a a tomar un café en el bar del hotel, resulta que Juanjo es viudo de Josefina Rotaeche, una amiga de mi hermana Begoña y prima de Elena Rotaeche que a su vez, creo recordar, tení­a una hermana, ambas bastante mayores que yo que a mí­, niño adolescente, me parecí­an dos actrices de Hollywood, epecialmente esa otra hermana a la que recuerdo como de unas curvas turbadoras.

Les veí­a todos los dí­as de aquellos veranos eternos en los que todas las mañanas tomábamos posiciones en nuestro toldo, que así­ llamábamos a lo que en otros lugares se llaman carpas. Mientras mis hermanas y yo disfrutábalmos del calor y del salitre del agua de mar, Don Rafael y su mujer, nuetra madre, nos observaban desde la terraza de Igeretze, vigilantes y contentos de estar juntos aunque siempre un poco solos.

Eran tiempos felices, de los que no dejan huella porque estamos hechos para ellos, no para lo que luego viene.

«Un tiempo perdido» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 21 de Noviembre de 2007 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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