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Un pragmatismo embriagador

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés…

grafton street 1960

Para hacer de aquel hijo prometedor alguien realmente capaz de llegar a la cima como quería la madre, o de ser una especie de héroe como presumiblemente deseaba el padre, las luces asociadas al francés no bastaban. Era de todo punto imprescindible domeñar el inglés, un idioma que por aquel entonces ya aparecía como el único idioma capaz de hacerse franco y que se asociaba a autores e ideas muy distintas de las acariciadas durante los veranos dedicados al aprendizaje del francés. Sustituir Sartre por Brendam Behan no es solo un pequeño ejemplo cualquiera del contraste entre la cultura francesa y la del ámbito anglosajón, es un verdadero cambio de paradigma, y para Jon representó una sorpresa tan grande que nunca volvió a soñar con llegar a tener una visión definitiva del mundo.

Durante el curso escolar sus padres le impusieron una clase particular de inglés impartida por un joven caribeño de difícil ubicación en aquella Ciudad que todavía vivía en un ambiente de miedo y silencio. Era alguien inteligente y cultivado que consiguió que Jon se acercara al idioma, a la literatura y al pensamiento expresados en inglés, aunque a menudo se hizo con piezas traducidas al castellano de novelistas del momento como Somerset Maugham o Graham Green, o de pensadores nada transgresores, como por ejemplo Chesterton, que era especialmente querido por la sociedad de buenas lecturas por su catolicismo. Como siempre, Jon leyó cosas que no entendió pero que le daban una especie de seguridad en sí mismo y una cierta conciencia de ser diferente y estar un poco aislado en la Ciudad a pesar de algunos compañeros que, como él, iban rompiendo el cascarón. Nada de esto era ni soñado por los padres de Jon que, especialmente a través del padre, pretendían que el chiquillo adquiriera un toque de ese pragmatismo que se asociaba a la ciudadanía y al gobierno de su Majestad, la única admitida por ese padre que parecía vivir fuera del mundo conocido.

Pero como era de esperar, entre las dos islas, la recientemente independizada casi en su totalidad y la localizada en la metrópoli de ese Imperio que el padre de Jon había vivido como un hecho conocido e irreversible, la única gran diferencia para alguien de la Ciudad era la religión. El idioma era el mismo y el inglés que se hablaba en Dublín era, según se contaba, el que se exigía a los locutores de la BBC, pero lo importante era que Irlanda era católica, casi tanto como lo eran las familias alrededor de la familia de Jon. Una vez más ganó la opinión de la madre y, a través de los jesuitas del colegio una vez más, este chiquillo que estaba dejando de serlo fue asignado a una casa de Dublín meses antes de terminar el curso y de partir hacia lo que sería su primer largo viaje en solitario, pues la familia de Juan, o él mismo, no sentía la urgencia del inglés para un hijo que, por otro lado, seguía teniendo, a diferencia de Jon, su grupo de verano bien definido. Y así la educación en el pragmatismo de un Churchill se iba a convertir en la educación en un pragmatismo de otro cariz difícil de definir, una mezcla del sentido común consciente de los límites siempre existentes y de la locura poética un tanto alcohólica que nada sabía de límites. Y fue esta mezcla imposible de conciliar la que se quedó grabada en el alma de Jon. Mezclada, desde luego, con la épica de la liberación que tan bien le había presentado la señorita Carmen, violando las instrucciones maternas, en aquellos cuentos sobre heroicidad que hermanaban a la Ciudad con esa otra ciudad que, paradójicamente, seguía mostrando como un héroe a Nelson, un inglés que, además, supo humillar a los españoles. A este respecto Jon no supo entender bien lo que significaba que el hijo mayor de la casa se hubiera fugado para pasar a la clandestinidad e integrarse en el Sinn Fein y quien sabe, murmuraba la señora Mulligan con lágrimas en los ojos, si también en el ejercito republicano de liberación que operaba en el Ulster.

Jon se sintió una persona ya hecha y dueña de sí misma en el largo viaje que, por primera vez, emprendía en solitario. Llegar a París y cambiar de estación de ferrocarril con tiempo suficiente entre ambos trenes como para visitar los lugares más emblemáticos de esta capital con río pero de agua dulce, tomar el barco para cruzar el estrecho hasta Dover y de nuevo el ferrocarril para llegar a Londres, y pasar la noche en una pensión del barrio de Fulham para finalmente volar de Londres a Eire y aterrizar en Bel Atha Cleath al día siguiente para encontrarse con la que decía ser su familia de acogida pero que resultó ser la familia destinada a otro, un malentendido que acabó siendo para Jon realmente providencial pero que solo surgió como evidente al final de esa primera estancia en esa bendita isla que Jon iba a recordar, al final de los dos veranos que vivió en ella, como un lugar literario y fantasioso de enorme influencia en su educación intelectual y afectiva.

Quizá fue ese error en la ubicación de Jon en esta otra ciudad con río dulce y con clima parecido al de la Ciudad de donde había partido Jon el que le libró de contactos indeseados con otros estudiantes de colegios de jesuitas de habla castellana y le permitió concentrarse en los contactos que le proporcionó la Mrs. Mulligan entre los miembros de su aparentemente inmensa familia y entre otros chicos y chicas de su edad que vivían en Glasnevin, un barrio con un cementerio para siempre famoso desde que se convirtió en lugar literario a partir de la visita de Bloom en esa novela renovadora de Joyce que Jon intentó leer por primera vez precisamente en ese verano dublinés durante los muchos ratos que pasó solo. Leyó como pudo ese Ulises así como otras cosas de su autor que fue comprando en sus escapadas en autobús hasta el centro al centro, y a otros autores como, por ejemplo Oscar Wilde o el ya mencionado Brendam Beham. Como por casualidad se introdujo en el mundo de los escritores angloirlandeses, ya por aquel entonces reputados como los mejores del ámbito anglo, y algo de su fértil locura se le debió contagiar a Jon ya en esa primera visita a Eire.

Una primera visita llena de novedades para un chiquillo de la margen izquierda, tal como él seguía autodefiniéndose. En los cines se podía fumar y al final de cada sesión sonaba el himno nacional irlandés mientras la bandera ondeaba en la pantalla. Las cafeterías del centro de esta ciudad eran muy distintas a las de la Ciudad en su configuración física y sobre todo en la oferta de sándwiches de jamón y queso entre pan de molde tostado y untado de mantequilla, una mantequilla que parecía otra cosa. Los autobuses de dos pisos que le llevaban y traían con extrema facilidad de O´Conell Street a Glasnevin pasando por el barrio obrero de Drumcondra nada tenían que ver con los trolebuses de la Ciudad. Y no digamos las carreras de caballos, donde un tío alcoholizado de Mrs. Mulligan le llevaba a menudo y le presentaba a los propietarios que nada parecía que tenían que ver con las figuras empingorotadas cuya imagen algunas revistas de la Ciudad habían gravado en la retina de Jon. Apostó, y a menudo ganó, siguiendo el consejo del tío borracho, quien de paso le inició en el gusto por las pintas de cerveza negra. Y posiblemente con esas ganancias se regaló unas clases de montar a caballo por Phoenex Park, y, por primera vez, se enamoró de la hija de uno de esos propietarios con la que quiso salir a solas, para lo que le llamó por teléfono aterrorizado de no ser capaz de entender el inglés de la chica, que sin embargó le endilgó una negativa que entendió con total claridad.

La vuelta otra vez por Londres y París, cruzando el canal, fue tan pesada como la ida, pero esta vez le dio tiempo de recorrer mucho barrios de buena y mala nota de esta última capital, cuya influencia en su formación iba a dejar de ser única pues tendría, pensaba de forma desordenada, que complementarse con todo lo aprendido este verano de amor y revolución y con los matices que en esas materias iba a añadir el segundo verano en el que ya, una vez solucionado el malentendido de la familia a cuya casa debió haber ido pero no fue, consiguió juntarse con numerosos españoles de su edad y concretar más específicamente sus inclinaciones un tanto revoltosas, poniendo juntos para su futuro ideológico los barrios obreros donde él siguió viviendo en casa de Mrs. Mulligan y los barrios elegantes, bellos y apacibles localizados al sur del río, así como los intereses e ideales de los habitantes de unos y otros.

Este segundo verano podría quizá considerarse por un observador imparcial como perdido para la formación seria de Jon, pero para él fue como el resumen, solo en cierta manera embriagador, de las enseñanzas recibidas desde que el paso del tiempo se le impuso, como relacionado con la importancia del espacio en la conformación de las diferencias y afinidades sociales de la Ciudad. El idioma ya no era una dificultad, sino una especie de señal de que se podía salir del ámbito lingüístico propio con ganancias de todo tipo, incluyendo la de la toma de conciencia del lenguaje como objeto de atención en sí mismo y de contrastes entre sensibilidades ante la vida cotidiana. Y esta facilidad con el habla permitió que sus nuevos amigos llevados a Eire por la misma organización que la que a él le confundió el destino y que, en general, estaban localizados en el elegante sur del Liffey, consiguieran lo que ningún otro amigo había conseguido nunca, integrarle en una pandilla que a su vez tenía contactos habituales con un grupo de muchachas celtas de ojos verdes y pelo negro que no parecían tener demasiados reparos en el juego, todavía relativamente ingenuo, del amor carnal. Ante estas novedades los contrastes de clase que Jon arrastraba desde su Ciudad se disiparon un tanto, aunque no del todo, y su vida juvenil llegó a ser hasta cercana a lo normal, estrenando gestos en los que solo había logrado soñar y por poco tiempo, pues se sentía obligado a reprimirlos. No era poco frecuente ese juego pícaro de hacer girar un botella vacía en el medio de un corro mixto como en una especie de lotería en la que la persona señalada por el cuello de la botella pedía una prenda a cualquier otra del corro sentado en el suelo del salón de una de las casas que nos acogían para el verano. Esa prenda consistía invariablemente en un beso y a medida que el juego progresaba esos besos eran cada vez más y más intensos y apasionados. El que Jon intercambió con la chica mayor del grupo, ya realmente en sazón, le dejó desconcertado y atontado para el resto de la velada, tanto por su intensidad y duración como por la indiferencia posterior de esta muchacha, a la que no parecía haber afectado mucho a pesar de haber sido ella la que eligió a Jon para pagar la prenda. Jon se preguntó siempre el por qué de este gusto que las mujeres mayores parecían sentir por él, y nunca consiguió hilvanar una buena explicación más allá de conjeturar que eran estas chicas o mujeres de mayor edad de un grupo cualquiera las que se sentían llamadas a acabar con la aparente indiferencia de ese hombre un tanto distante que parecía sumido en sus meditaciones.

Nada hay realmente nuevo en esta salida a la vida a no ser que consideremos novedoso que esta excitación ni por un momento le hiciera olvidar sus preocupaciones por las relaciones entre clases sociales de su Ciudad, relaciones que ya no se limitaban en la cabeza de Jon a las márgenes de la ría, la izquierda y la derecha, sino que se extendían a la calidad del barrio donde residía una familia, el lugar donde veraneaba, si fuera de la residencia habitual o en la residencia de verano cuya localización era también un signo de identidad que unía o separaba, a la calidad y variedad de la ropa que vestías o la escasez o abundancia del dinero de bolsillo con el que salías a pasear al atardecer de un día cualquiera o a explorar la trastienda de ciertas librerías que se atrevían ya a exponer sin secretismo obras literarias o de pensamiento que el libro de buenas y malas lecturas no hubiera recomendado, pero que ahora eran manoseadas y adquiridas por una clase social nueva para Jon y que nada tenía que ver con sus antiguos grupos de amigos, y que no parecía estar representada por nadie en este grupo de jóvenes en ese verano irlandés. Pero los que sí estaban representados eran los jóvenes pertenecientes a la “aristocracia” de la Ciudad, una clase ésta que, aunque desde luego vivía en la margen derecha, hace ya muchos años que se distinguía por sus fincas en las Castillas o, lo que a Jon le desconcertó, por una cierta curiosidad intelectual que le costó desenmascarar. No podían ocultar su ignorancia de la tensión irlandesa o de la extraña preponderancia de los escritores angloirlandeses, pero parecían interesarse por cuestiones sociales en general o por la internacionalización que exigía el conocimiento de idiomas o por las simples novedades literarias. Uno de estos amigos de verano que venían de la Ciudad pero con los que Jon no había topado nunca en ella le planteó un día cualquiera un dilema moral que, le confesó, se había discutido mucho en un grupo de pensamiento que se reunía periódicamente: si era más grave la masturbación o la compra de sexo. Ante la ignorancia de Jon, evidenciada por el silencio, el joven “aristócrata” explicó con la lentitud de un avezado maestro que, sin duda, la masturbación era más grave pues, al fin y al cabo, la compra de placer iba dirigida al uso del sexo para su objetivo natural que no era otro sino la reproducción. Nada contestó Jon a esta explicación tan poco meditada, pero se dijo a sí mismo que nunca aceptaría la invitación que siguió al exordio para acudir a esas reuniones periódicas del club de pensamiento que parecía responder a una cierta forma nueva de educación religiosa que mejor habría hecho, siguió pensando Jon, no metiéndose en esos berenjenales morales.

Esta conversación tan iluminadora de lo que sería más adelante la clase dirigente, más otra anécdota que se produjo en unas carreas de caballos, acabaron por convencer a Jon de que su pertenencia a esa clase a la que su madre le hubiera gustado pertenecer, no le merecía. Otro miembro de esas reuniones, en efecto, le recriminó otro día de ese segundo verano irlandés que llamara la atención de una señora que atendía el bar del hipódromo llamándole “madam” en un tono más alto de lo normal. «Madam» es francés, explicó este alevín de prócer destapando así que nada sabía del inglés y que se había saltado la etapa de las luces. Tampoco esta vez recibió este joven de la Ciudad una respuesta por parte de Jon, pero ambas anécdotas fueron suficientes para detonar la furia serena de este joven que fue chiquillo de la margen izquierda y su determinación de que nadie sino él mismo podría trazar su camino y que este camino habría de pasar muchas veces por la bocana del puerto de la Ciudad importando ideas hasta que un día ese puerto también sirviera para exportar ideas. Ese camino sin embargo no estaba demasiado claro en la mente de Jon, siempre confuso entre el solitario de la madre y la boina del padre.

«Un pragmatismo embriagador» recibió 3 desde que se publicó el Sábado 23 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Jon, entre la Ciudad y la ciudad… cada vez me gusta más esta serie 🙂

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    No sabes el empujón que representa para mi esta opinión.

    • Pues ayer mismo estábamos comentando que es un mapa emocional muy valiente, y que nos permite entender muchas cosas de la Ciudad que resultan incomprensibles décadas después, cuando no solo «los jones» se fueron, sino también esa «nueva clase» que descubre Jon en Irlanda.

      Entender no solo el espacio de los intersticios, la invisibilidad de la ciudad para la Ciudad, sino sobre todo, la ausencia de relato, hecho jirones sin unos y otros, siempre a la busca de una «autenticidad» que traza un mapa del mundo incomprensible si no se tienen en cuenta todas esas ausencias y la nostalgia de los huecos que los rebeldes, aun más que los capitanes de industria, dejaron.

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