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Un orgasmo cervical: Bilbao

Creía que lo tenía todo controlado, así que cuando faltaban como diez minutos para llegar a aquel semáforo que regulaba el tráfico de vehículos sobre el río, dije con una seguridad fingida:

Cuando termine de contártelo, mi futuro inmediato quiero decir, te besaré y sabré si puedo esperar hacer el amor contigo. No podrás fingir, yo lo sabré.

Acababa de planear mi futuro y, en la absurda exaltación de la miopía juvenil anuncié que lo contaría de atrás hacia adelante:

En el 2006 ganaré el premio Planeta. Te preguntarás que porqué tan tarde, pero no seas impaciente, en seguida lo entenderás. El título provisional de la novela es “El orgasmo cervical” y es una trilogía sobre esa Ciudad nuestra que tiene su clítoris en la margen derecha, entre Las Arenas y Ereaga encima de esa piedra larga que ha ido domándose desde la erección permanente de su republicanismo juvenil. Claro que la vagina es la ría; pero la ría en realidad es solo la margen izquierda porque ahí está la falsa creencia de una izquierda que canta al acero como si fueran labradores hollando la tierra, no hay fantasía, solo realidad desnuda que solo por casualidad o vicio proporciona belleza.

Pienso que no me escuchaba esperando el final de un ruido que no le interesaba. Pero así y todo continué, también yo imperturbable:

Y la Ciudad en sí, nuestro pequeño Manhattan, no es sino el cervix, allí en el fondo, donde se confunden el dolor y el placer de la ternura material, de una vagina que pide a gritos una enorme verga fertilizadora, una verga que trabaje con calma y con fuerza hundiéndose hasta su misma base ayudada por fluidos multicolores y alcanzando el cercix a golpes. Una verga como la mía que según me han dicho todas – morenas de labios grises, pelirrojas de sexo marrón y rubias rosáceas – después de recobrarse de un leve desvaneciminto, es algo que no debería repetirse a menudo, por razones de orden.

Por ‘respeto a mí misma’ me lloraría mucho más tarde la madre de mis hijos, la única que, junto la que caminaba a mi lado en aquel momento, jamás se dejó llevar por mi entusiasmo que yo creía contagioso. Seguía ella sin acusar ningún tipo de emoción de forma que decidí improvisar una continuación breve:

Pero este trabajo de stallion de mi Ciudad, mezcla de amor y venganza, exige plazos. La primera parte ganará el Premio Nadal el día de Reyes del 2004. Trabajaré poco a poco en El Dueño de los Timbales entre el otoño del 2002 y la primavera del 2003. Pero tendré que darme prisa pues no puedo negarme, como hasta ahora, a todo lo que se me ocurre como despedida de mi oficio y anunciación de mi “autoría”. Durante los meses finales del 2002 se harán famosos en la Red los que llamaré Los Cuadernos del Negro que me temo no serán entendidos como lo que son, la invención de mis yoes múltiples necesarios para captar todos los planos de de una realidad poliédrica y también para garantizar el éxito de mi aventura empresarial mezcla de empresa privada e institución pública, sino como un estúpido juego de intertextualidad y pequeña muestra de la deconstrucción hipertextual de un pensamiento económico rico.

Me pareció que ella había vuelto a tierra y me animé a continuar:

Y en el 2003 tiene que salir en formato electrónico A Trancas y Barrancas (Volúmenes I y II) que acabará ganado, ya en papel, el Premio Nacional de Ensayo del 2004. Su tercer volumen saldrá en el 2005 para ayudar a que la independencia de Euskadi no me agüe el Planeta del año siguiente.

Ahora, acabada ya la letanía de mis éxitos fututros, no tenía más remedio que jugarme el todo por el todo con una introducción al beso prometido preferiblemente con ribetes musicales:

Sólo con la independencia de Euskadi tendrá sentido este irrefrenable deseo mío de envolverme en la Ciudad para terminar de soldar mis yoes en un único autor, cantor elegíaco de esta enorme hembra que que ha pasado como un ejemplo de sobriedad viril y que hoy es una ciudad serena en donde los espasmos de placer han conseguido un ritmo de addagio que dura más de lo que parece y cuyo fin no nos desespera pues sabemos que siempre será posible convocar la alegría serena de un amor tierno, sereno, fuerte, lleno de cicatrices bien curadas, irrompible, redondo, silencioso, germinal.

Sí, mi estrategia de mencionar como de refilón un movimiento musical había tenido éxito y ahora le tenía, por fin pendiente de mis palabras:

No quiero hoy abrirte la boca y explorar tu alma, solo quiero rozar las comisuras de tus labios e invitarte a agotar juntos el cupo de daños, heridas, e incomprensión que nos infringimos unos a otros, pero que muy pocos saben transformar en canto sereno. Todo lo que empieza bien acabará en un éxtasis nada místico, apenas sexual, pero lleno de luz y de transparente inteligencia.

Tomé su brazo izquierdo con mi mano derecha un poco más arriba de lo que la mera protección recomienda y añadí un breve “te besaré al cruzar la calle”. No me miró, pero escapó de la fuerza de mi garfio. Muchos años más tarde aprendí, supe, que hasta el momento qe puse mi mano en su brazo, casi en su axila, estuvo dispuesta a desviar la amenaza de mi beso, naturalmente por su falta de exaltación o, más exactamente, por la exaltación de la serenidad, pero que el pequeño gesto ambiguo no solo le hizo sentir la fuerza de mis dedos en el borde superior de sus biceps fortalecidos por el ejercicio diario con las pesas del gimnasio, sino sobre todo la fortaleza enorme de los míos. Pero esto lo supe más tarde. En aquel momento me dirigió unas palabras mágicas mientras esperábamos a que se abrira el semáforo:

Bésame como quieras pero como no me abraces hasta ahogarme no sabré qué pinto contigo. Jamás llegaré a ser la directora de orquesta que ambiciono sin la fuerza de un hombre en mis hombros y en mis brazos. Nací hembra y me gusta serlo, me permite escuchar sin reirme discursos como el que acabas de lanzarme, pero necesito un hombre al lado que tenga la fuerza de su peso y que me transmita la falta de dudas sobre su capacidad de levantar piedras. La batuta pesa toneladas depués de una jornada de ensayo y las pesas solo me proporcionan un pequeño toque de distinción puntual. Necesito tu fuerza de estibador y por eso, te quiera o no, deseo que estés a mi lado. Moveré mi cabeza un poco para que de las comisuras pases a los labios entreabietos y si quieres ese puede ser el comienzo de una complicidad eterna, a prueba de heridas.

Su sentido del tempo musical hizo que su respuesta coincidiera con el cambio de luces y caminamos juntos hacia el otro lado de aquel río de una ciudad extrajera.

«Un orgasmo cervical: Bilbao» recibió 3 desde que se publicó el domingo 20 de febrero de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagino que la no mención al semáforo en el fabuloso paseo bilbaino del otro día se debe a eso, a que era un semáforo junto a un río en una ciudad extranjera.

    Mientras leía iba pensando «copio esta frase y le digo que es la mejor del post», pero al tercer cambio de frase-para-pegar-en-el-comentario me he rendido.

    El último paso, y la réplica final, son de lo mejor que he leído en mucho tiempo, por cierto 🙂 Estibadores de boca dulce y directoras de orquesta capaces de cruzar un semáforo al ritmo adecuado. Buena mezcla 😀

  2. Sí… es genial el futuro-pasado contra el pasado-futuro, la independencia como orgasmo esquivo y las razones para la ajenidad de ella (Ella)… que tornan extraño el río. Genial cierre de semana!

  3. juan urrutia dice:

    Queridos, no tenéis idea de lo mucho que me animan vuestros exajerados comentarios. lo malo es que si me animais igual continúo.Eskarrik asko.

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