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¿Un inicio de memorias?

No pienso escribir mis memorias por al menos tres razones. No serían lo suficientemente interesantes si quisieran ser veraces; serían lo suficientemente alegres como para generar envidia y, en cualquier caso, a mí me parecería una tarea vana y aburrida. Pero estas tres buenas razones no son óbice para preguntarse de vez en cuando por un contrafactual plausible que se te impone especialmente cuando has resucitado. El contrafactual que yo me planteo es bastante plausible: ¿qué habría ocurrido si me hubiera quedado unos años más en los USA después de acabar el doctorado tal como nos aconsejaban mis profesores y siempre que mi mujer no hubiera tenido ideas propias al respecto? La carrera de uno de nosotros se habría tenido que sacrificar por la del otro por lo menos de momento. Malo, pero olvidemos eso.

Lo más evidente es que nos hubiéramos adaptado a la carrera académica luchando por acceder a un puesto tenure track en una buena universidad. Durante esa batallita nos hubiéramos rodeado de amigos del mismo gremio que luchaban por lo mismo y que, como nosotros, estarían resentidos por no poder trabajar otros intereses fueran estos del tipo que fueran. Nuestras relaciones sociales, algo que apreciábamos y apreciamos mucho en sí mismas, hubieran estado pues mediatizadas.

Lo normal hubiera sido que estas relaciones sociales hubieran desembocado en la formación de una red o clique de amigos-colegas. Pero ambos, mi mujer y yo, odiamos los grupitos de amigos o de gente conocida que están unidos porque están encantados de haberse conocido mutuamente posiblemente con razón pero a menudo sin ella y simplemente como un recurso inconsciente y tonto de mantenerse en pie. Los odiamos porque no ofrecen la suficiente diversidad, algo que apreciamos mucho para la vida en general y en especial para la educación de los hijos que hubiéramos tenido y que hoy serían pequeños americanitos como lo es el mayor que allí nació mientras mi mujer y su barriga se levantaban a horas tempranas para ganar unas perrillas y yo trabajaba como una mula.

La rebeldía juvenil que todavía conservábamos habría durado menos de forma que la doma social hubiera hecho su trabajo mucho antes y es difícil saber si al final habríamos tenido el coraje de un Rorty de volver a tus genuinos intereses juveniles abandonando, es un decir, Princeton para ir a Virginia a poder combinar filosofía y literatura. Seguramente no, sino que habríamos vivido atemorizados por no desentonar ante la comunidad en la que nos habríamos integrado y que lejos de estar constituída por amigos arbitrariamente llegados estaría formada por colegas ante los que merecer nos gustaran o no sus maneras de encarar la vida.

Habríamos dejado de ser críticos y nuestro sistema de valores se habría estereotipado poniendo la publicación de un paper por encima de la justicia o de la madre de uno, digo, por evocar a nuestro héroe Camus. El número de citas de un paper finalmente aceptado habría devenido algo sagrado, algo con lo que soñar angustiadamente y cuya abundancia o escasez, da igual, me habría llevado a abandonar las ideas locas o los deseos de mejorar el entorno humano propios de la juventud.

Y creo seriamente que hoy estaríamos atrapados en ese red de valores trucados sufriendo en silencio la avalancha de jóvenes valores que nos dejan obsoletos e imposibilitados para cambiar de marcha. Esto nos habría avinagrado el carácter convirtiéndolo en un indescifrable código mezcla de la ira contra los que nos presentan otras maneras de vivir y la cobardía para seguir nuestros impulsos genuinos y que nos impone el cuerpo y la edad en letal combinación.

Me temo que hoy yo viviría en un mundo en el que las conversaciones a mi alrededor estarían trufadas de esos “ya tengo dos AER” o “me han aceptado otro más en Econométrica” sin atreverme a preguntar a quienes pronunciaban esas palabras mágicas “¿y qué dices en esos trabajos?” Y seguramente seríamos tan traidores a nuestros valores de juventud que nos atreveríamos a hacer risas de Krugman preguntándonos de qué premio Nobel es poseedor. “¿Quizá de uno de periodismo?” me preguntaría yo en voz altisonante tratando de hacerme el gracioso.

Como en aquellos momentos me preguntaba en mi cabeza por qué todos mis modelos de crecimiento monetario tenían un punto de silla, quizá sea adecuado recordar que un punto de silla es globalmente estable SI Y SOLO SI ocurre que estamos sobre el path adecuado. Si sabes cuál es ese camino y te colocas en él acabas en un punto conocido y en general bastante bueno. Si no te colocas sobre él no sabes en donde acabarás. Creo que nosotros nos colocamos en el sitio adecuado para llegar donde queríamos.

«¿Un inicio de memorias?» recibió 0 desde que se publicó el Martes 17 de Enero de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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