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Un diagnóstico de nuestro tiempo

Publicado en Actualidad Económica el 9 de diciembre de 2004

La consecución del éxito de un científico, de un literato o de un político no puede ocurrir en ausencia, por parte de estos ejemplares de ser humano, de un don especial para ventear el aire de los tiempos. ¿Cuál es hoy pues el aire de los tiempos en nuestro mundo occidental?

A mi juicio el aroma que nos rodea es el de la proliferación. De objetos, de ideas, de marcas, de imágenes, de identidades culturales, de estilos de vida identificados por el consumo, de significados diversos desenterrados por la arqueología del poder, de huellas descubiertas por la frenética actividad deconstructora, de ángulos interpretativos inéditos, de medios de comunicación, de blogs, de noticias, de rumores. Esta proliferación transforma nuestra sensibilidad en una bolita de pin-ball que sigue un proceso estocástico sin correlación serial, una martingala que no nos permite aprender del pasado para predecir el futuro.

La consecuente incertidumbre radical genera un miedo angustioso y ante ese miedo, en última instancia producto de una proliferación que vemos como desordenada, caben dos actitudes que hoy polarizan la vida social y que, en su enfrentamiento, conforman ese aire de los tiempos que estoy tratando de caracterizar: un autoritarismo moderno y un anarquismo posmoderno.

El autoritarismo, propio de esa modernidad que se cree en posesión de un conocimiento seguro, es la actitud que ha triunfado en las elecciones americanas y que quizá hubiera triunfado en las españolas en ausencia del 11-M. Su símbolo es el orden en forma de árbol, se corresponde con una imagen de la producción como cadena de montaje y hace del liderazgo un valor supremo. El anarquismo posmoderno aborrece el liderazgo (aunque admira el pionerismo arriesgado) y se corresponde con una imagen de la producción propia de una universidad, por ejemplo, en la que no hay jerarquías y en donde el orden es el desorden propio de un rizoma o una enredadera. Este anarquismo posmoderno de fondo es el que triunfó en las elecciones españolas y el que quizá hubiera triunfado en las americanas si no hubiera habido un 11-S.

A cual de esas sensibilidades tendría que plegarse hoy un científico, un literato o un político en busca de éxito es difícil de decidir. No corresponden a América y Europa respectivamente ni tampoco al eje derechas-izquierdas. El autoritarismo parece ser una pulsión sentida por los neocons americanos; pero también rige en China, la mayor dictadura del mundo que, parece, sigue siendo de izquierdas. El anarquismo posmoderno sería, para alguien como Alan Bloom, una peligrosa y corrupta izquierda cultural; pero de derechas para alguien que, como Sokal, se considera de la izquierda rancia. Me temo que la ambición en cualquier campo va a tener que tomar postura y disfrazarse bien de Apolo (o de Marte) o bien de Dionisos, va a tener que elegir entre la sobriedad o la orgía, entre la sosa belleza de tiralíneas y la inspirada fealdad de las redondeces insinuantes. Yo apostaría por esta última pues creo que va a imponerse tarde o temprano. ¿Y usted?

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