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Un cierto desorden neurológico

Me he levantado esta mañana con un deseo irreprimible, de esos que creía que ya nunca más se me daría sentir. Quería y todavía quiero, sentado delante el ordenador escribir un pequeño cuento de ese curator del Museo de mi ciudad que debido a un pequeño desorden neuronal está perdiendo las coordenadas de la vida.

El mal vendría de lejos pues ya en la juventud había tenido experiencias extravagantes. La primere fue en Franckfurt a donde había ido de paso para Salzburgo y aburrido se metio en un cine para ver El Castillo, o quizá El Proceso, de Orson Wells. Su pobre alemán fue compensado por el conocimiento previo de la obra de Kafka pero lo extraodinario es que durante los pocos minutos que esperó al comienzo de la proyección escuchó y entendió toda la conversacion de dos matrimonios sentados en la fila siguiente aunque, eso sí, no podría decir de qué estaban hablando. De naturalexa aparentemente distinta fue una experiencia de Venecia en donde años más tarde pasó instantáneamente de entender todos los carteles a no entender los pictogramas en que se habían convertido. Pensó lietrariamente en la memoria reptiliana y en el hecho de que seguramente en La Serenísima cualquiera recobraba la influencia bizantina sepultada entre neuronas más jóvenes.

Sea como fuere, por su gusto por la escritura cuneiforma o por el allfabeto arameo, o sea por su enorme afición al cine, acabó estudiando Historia del Arte y ganó unas oposiciones de curator de arte antiguo en ese Museo del que tan orgullosos estamos todos.

Pasaron los años y cada día pasaba más horas frente a las telas que debía estudiar. Todo comenzó a ser plano y sobre todo lo eran los rostros femeninos cuyas sombras y toques de colores oscuros allí en donde había que pintar una bella quijada le revelaron todos sus secretos. La pincelada se adueñó de él y solo veía su huella en todo incluyendo la mancheta del periódico que había dejado de leer.

Perdió el sentido del relieve y esto, junto con la preocupación de las consecuencias de esa pérdida, le convirtieron en una especie de loco pacífico al que todo el mundo reconocía por la calle y al que todos ayudaban a cruzar las pocas calles que separaban su casa del Museo.

Lo que me gustaría es terminar esa historia, una vez estruturada, con una historia de amor con una amiga de juventud en la que nunca se había fijado pero cuyo rostro acariciaba con un dedo ahora que, pasdo todo el tiempo del mundo, se cruzaban por esa calle en la que ambos habían vivido en la juventud y a la que ella había vuelto hace unos años, más o menos cuando él desarrolló plenamente este desorden neuronal que le hacía ver todo como si fura un lienzo. Como le dijo ella un día:”has perdido una dimensión en algún recoveco de la parte vieja”

Sí, querría terminar poéticamente esta historia, pero me faltan recursos estilísticos. Otra vez será

«Un cierto desorden neurológico» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 23 de Abril de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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