Desde mi sillón

Un blog de «El Correo de las Indias»

Grupo de Cooperativas de las Indias

Un buen paseo

Se acaba el paseo, se lo dicen sus piernas, y decide tomar el taxi para volver a casa con urgencia para poder tomar alguna nota, pues no tiene tiempo para que maduren estas ideas que se le han aparecido, difuminadas, entre el frío y la sensación de confort que ha obtenido de la bufanda. Le queda un día menos para transar entre su deseo de perdurar y el consuelo que obtiene de la seguridad de la desaparición.

castellanaUna vueltita de unos diez kilómetros siempre le sentaba bien, pero cuando, además, el paseo se acompañaba por el recuerdo de unas notitas recogidas en su agenda con un afilado lápiz, tenía la garantía de que algo raro o nuevo se le iba a ocurrir, algo muy fructífero siempre que no intentara resumirlo en su miniagenda que debía permanece sobre su mesa de trabajo. Así que se enfundó el abrigo y, excepcionalmente se permitió envolverse el cuello en una bufanda que se imaginaba protegería las ideas que surgieran en el paseo para su uso inmediato, una cosa que en general no le gustaba hacer pues la experiencia le había enseñado que las ideas, especialmente las buenas, necesitan un período de maduración que nunca es corto. Esas eran las virtudes higienistas del paseo a las que cantaba Nietzsche, para quien lo corporal era tan importante como lo intelectual por lo que es necesario estar en sintonía con el sonido de tus entrañas, saber escucharlas aunque no suenen pues nunca lo hacen cuando quieren hablarte.

Esperaba que este atardecer temprano inspirara la postura que debía adoptar en esta coyuntura de la vida que se le venía encima inesperadamente cuando ya creía que nada iba a pasar y que podía terminar sus aventuras dejándose llevar por la inercia de la vida. Como ese protagonista de Doctor Pasavento de Vila-Matas que quiere acabar sus días como Walzer en su manicomio trabajando duro, pero sin esfuerzo, habiendo desparecido para todos, pero sobre todo para él mismo. Nunca se le pasó por la cabeza, sin embargo, perderse en la naturaleza a pesar de sus lecturas juveniles de Thoreau. Esa naturaleza, y especialmente la montañosa de cuyos entusiastas había vivido demasiado tiempo rodeado, comenzó hace ya muchos años a proporcionarle una cierta repugnancia. Para exorcizarla leía cosas como las mencionadas y otras menos obvias. No quería que se supiera de su repugnancia pues le gustaba vivir en un malentendido respecto a quien era él de verdad, un malentendido como el que rodeaba su obra que, como ya pensó hace unos días en París sí era suya, pero no era propiamente una obra, justo lo contrario de lo que opinaba sobre el que podría llegar a ser su predecesor en la Academia.

Su paseo era siempre el mismo o muy parecido y se jactaba de conseguir pasear siempre cuesta abajo, una imposibilidad física que le salía muy cara en taxis. Nada nuevo que distrajera su atención pues siempre se cruzaba con el mismo tipo de gente, una fauna a la que había aprendido a usar a su favor mirándoles como los garantes de que nada torcería su destino
ni le llevaría cambiar sus rutinas como esa que adquirió en su temprana madurez en la avenida Madison en un restaurante de estilo francés que se llamaba «la Goulue», un nombre muy adecuado para la ansiedad de aquellos años en los que una tonta esperanza de perduración nublaba su mente y se transformaba en un apetito desmesurado que, convenientemente satisfecho, le transformó en una bolita de sebo. Sustituir la glotonería por el sexo está en el origen de la sustitución de miniagendas y la adopción de la odalisca como repositorio de sus ideas inmediatas. La Goulue estaba ahí para ayudarle a crear una obra que debía alimentarse de nuevas ideas continuamente ya fueran estas genuinas o, lo que solía ser más frecuente, ya se trataran de contentar a un referee que, seguramente como él mismo, se consolaba pensando que formaba parte de un gran movimiento que serviría para que el camino hacia la verdad no se perdiera para adentrarse por caminos nunca transitados antes. O quizá no solo se consolaba sino que se entusiasmaba con esa pertenencia a un movimiento colectivo de esos que Sade nunca entendió o, se apunto la idea en la cabeza, los entendió tan bien que le daban miedo. Pensó sobre su propia actitud cuando se le pedía que oficiara como esa figura defensora del dogma en lo que consistía ese trabajo de leer al prójimo y tratar de encontrarle las cosquillas disfrazando de pureza lo que no es sino una forma civilizada de violencia y, en cierto sentido, de venganza.

-¿Qué sentiría Rafael ante «il Perugino»? -se preguntó a medio paseo siguiendo los secretos caminos de la divagación de los paseos higiénicos. Una divagación que le llevaba de vuelta a sus visitas artísticas de París. Se dijo a sí mismo que este pintor de Perugia que conquistó Firenze era para él como un ejemplo de esa profesión sobre la que se veía obligado a pensar por esa llamada asesina que le dejó pasmado en el hotel de París. Cumplir con las costumbres evolucionadas en obligaciones virtuosas; eso es seguir la tradición y esta actitud social que tanto detesta resulta ser fértil incluso en el caso de Rafael que, sin duda sigue al Perugino pero que aun así es capaz de dejar su huella propia. No tiene papel y lápiz y se encuentra atrapado en una confusión mental. Resulta que este pintor de Perugia se pinta a sí mismo mirando al posible espectador y, por lo tanto mira su obra mirándose a sí mismo mirando, quizá la autoconciencia de la casi obligación de trabajar para la posteridad, por el continuismo, algo muy alejado del entusiasmo colectivo o del desbordamiento narcisista de un ego desbocado. Se tranquiliza un poco pensando que todo esto no quita para imaginar que este pintor puede haber sido sido renovador en su tradicionalismo. Justamente es así como tratan de presentarlo en la exposición que ahora recuerda con más luz y en la que cree poder distinguir el comienzo de un camino que va de su continuador inmediato, Rafael, y llega hasta Picasso con sus retratos distorsionados.

Se acaba el paseo, se lo dicen sus piernas, y decide tomar el taxi para volver a casa con urgencia para poder tomar alguna nota, pues no tiene tiempo para que maduren estas ideas que se le han aparecido, difuminadas, entre el frío y la sensación de confort que ha obtenido de la bufanda. Le queda un día menos para transar entre su deseo de perdurar y el consuelo que obtiene de la seguridad de la desaparición.

«Un buen paseo» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 17 de Enero de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos nuestros blogs en la
página de registro de Matríz.

El Correo de las Indias es el agregador y plataforma de blogs de los socios del Grupo Cooperativo de las Indias y es mantenido y coordinado por los miembros de la comunidad igualitaria de las Indias