Desde mi sillón

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Tweed

Yo me dediqué a esto de la universidad por razones espúreas. No lo hice por el deseo de enseñar al que no sabe puesto que lo que creía que quería era justamente saber. Pero creo que tampoco me movía la sed de conocimiento, pienso ahora.

No, no me motivaba la sed de conocimiento o al menos no esa sed que lleva a trabajar hasta que crees que conoces algo porque puedes explicarlo y los demás reconocen que no tienen objeciones. Si realmente creo que conozco algo no tengo paciencia con su perfeccionamiento en la búsqueda de la impecabilidad de forma que la falta de objeciones de los demás no me preocupa; ni siquiera me atañe. De ahí que mi éxito como investigador consista únicamente en ser de los pocos que sabe distinguir donde está el genio.

Tampoco fue la Universidad en mi caso la forma de salir del gueto como puede serlo para un estadounidense de origen judío o el baloncesto para un negro del Bronx. Yo no me sentía en un gueto (solo más tarde me dí cuenta que todos estamos dentro de un gueto) y mis salidas naturales hubieran sido otras propias de la gente que me rodeaba y que me rodea.

Creo que lo que me llevó a ser profesor universitario fue justamente el tweed. Ese tipo de tejido representaba para mí la elegancia del terco independiente que vive solo con sus libros aunque esté casado, tiene una amante esporádica en Londres y de vez en cuando se enamorisca de una jóven estudiante inalcanzable en competencia con su mejor alumno y su colega más basto. Es decir que fue Losey en Accidente el que me llevó a torcer mi destino y acabar en la Universidad con coderas en una vieja chaqueta de tweed marrón.

Cumplí mi destino hasta que un accidente o una sucesión de extraños accidentes y de casualidades me retiraron de la torre de marfil, lo que trajo consigo finalmente mi verdadera libertad ya despreocupado del cultivo de una imagen.

Pero el tweed siguió ahí por razones de sobriedad económica. Y el tweed me convierte en un perturbado desubicado en una película de Tim Burton. No hay nadie con quien me cruce que vista como yo. Queda algún ejecutivo con traje, a medida o no, pero el resto de los seres humanos ya han adoptado nuevos tejidos que exigen nuevas formas. Me paseo como un extraterrestre entre zamarras de tejdo inteligente y trajes estúpidos con una prenda que me hace sentirme como un cura con sotana en medio de un festival rock.

«Tweed» recibió 1 desde que se publicó el Lunes 17 de Mayo de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Juan Urrutia dice:

    ¿Por qué peores? Pocas cosas tan buenas como la anglofilia, la original quiero decir, la de mi padre durante la guerra, no la beata de hoy. Y, por otro lado, es bien sabido que la fantasía mueve el mundo y que, para que no se mueva, se predica la “profesionalidad” nada turbadora. La fantasía es ese genio maligno, personaje evanescente en Descartes y al que nuestro amigo Vicente va presentar en sociedad.

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