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Triste fin del asunto Skoda

Me ha llevado casi dos semanas arreglar los detalles de esa cuenta a nombre de mi padre en Guenessey. Lo he hecho a través de mi banco habitual que, como todos los grandes bancos y hasta que se eliminen los paraisos fiscales, tiene una relación fluida con el banco sito en esa isla.

Ya les dije que mostrar que soy heredero de mi padre, según su testamento, era cosa fácil. Me hice inmediatamente con la copia compulsada correspondiente y con ella en la mano comencé a sopesar los detalles del procedimiento para hacerme con esa pila de oro que, inesperadamente y de la manera rocambolesca que les he contado, llama a mi puerta. Y aquí comenzaron las dificultades.

Nadie parecía saber cuales eran mis obligaciones fiscales para regularizar la situación y ante esta situación caben, a grandes rasgos, dos posibilidades. La primera es no hacer nada y , una vez puesta a mi nombre la cuenta, mantenerla en situación irregular tirando de ella cuando se me antoje.

Es esta posibilidad la que me más me tentó en primera instancia pues de esta manera quizá pudiera hacer realidad mi sueño de desaparecer haciendo grandes adquisciones inmobiliarias en, digamos,Idaho o la Patagonia y tratando de, en esos teritorios semidesérticos, cambiar mi nombre, olvidar todas las vidas pasadas e iniciar la que corresponería al último tramo de mi vida.

Esta decisión tendría la ventaja adicional de que no me sentiría en la tentación de cambiar mi modo de vida aquí. Una tentación peligrosa ya que si se me notara sería objeto de una inspección y me vería envuelto en el interminable y desagradable viacrucis de las alegaciones de que el origen de la operación, momento en el que se incurre en la obligación de tributar y en el que comienza a ser efectivo el correpondiente derecho de la hacienda, es tan antiguo que el delito de no declarar esa parte del patrimonio por parte de mi padre debe de estar más que prescrito. Otra cosa, desde luego, sería el impuesto de sucesiones cuya obligación de pago recaería sobre mí, un sujeto de derecho que tiene domicilio fiscal en un territorio en el que ese impuesto ya ha desaparecido.

La segunda posibildad era la de no pleitear con Hacienda y llegar a un acuerdo sobre la cantidad a satisfacer, cosa no difícil según mis asesores. Pero no sé qué me da esto de ingresar una cantidad asquerosamente grande en las arcas del Estado. Nunca me he negado a pagar impuestos ni he tratado de esconder ingresos aunque sí que me he aprovechado de la ingeniería financiera a la que te lleva la propia hacienda a fin de incentivar el ahorro y que apenas compensa la doble imposición de algunas de las rentas de capital. Pero esta vez la cantidad es tan grande que, aunque dedicara parte a la Fundación que lleva el apellido de mis padres con la correspondiente bonificación fiscal, me daba como reparo que ese Estado en el que no creo mucho (y cada vez menos) se llevara un pellizco considerable que sin duda alguna acabara siendo utilizado en cualquier operción represora.

En cualquier caso, y aunque optara por declarar honestamente todo, con el remanente neto todavía me colocaría en las listas de Forbes y esta es una mala noticia para mí pues, al no estar acostumbrado, seguramente acabaría haciendo alguna tontería como, por ejemplo, transformar esa pequeña fundación mencionada en una gran maquinaria que acabara atrayendo a los economistas de sesgo filosófico más por las cantidades ofrecidas que por la calidad de la organización en términos intelectuales.

Tengo que confesar que durante todos estos días en los que poco a poco me he ido enterando de las posibilidades también he pensado mucho sobre el dinero en sí. No sobre sus funciones y sobre las posibilidades y trampas que abre a una conomía cualquiera, sino sobre cómo su disponibilidad atonta y le le lleva a uno por el fácil camino de la vagancia.

No es fácil pensar en esos términos cuando en esta temporada todo me lleva a reflexionar justamente sobre las posibildades de descoordinación a las que lleva la parte finaciera de un sistema económico. Pero el respeto a la memoria de mi padre me ha ayudado a levantar la cabeza y pensar en algo vulgar como el poder corruptor del dinero.

Bien cierto es que todo ese poder corruptor no iba a hacerme demasiado mal a mi edad, pero ¿debería pensar en mis hijos? No sé si estoy de acuerdo en que por haberles engendrado tienes que pensar en su futuro más allá de tu propia desaparición. Más bien creo que no; pero, por otro lado, la sangre me llevaba a garantizarles el disfrute de una vida que no tiene más allá.

Es difícil de creer; pero esta disquisición me ha llevado un par de días de reflexión. Al final ha vencido mi talante socrático y he pensado, para asombro de mis asesores, que no voy a decidir nada, que voy a organizar un trust a favor de mis hijos que deberá manejar ese dinero más allá del mero mecanismo del interés compuesto y hacerlo durante los prósximos 25 años. En ese momento mis hijos tendrán aproximadamente la edad que yo tengo ahora y tendrán que enfrentarse con el mismo dilema que me ha ocupado estos días.

Ese día ellos sabrán lo que quiren hacer; pero mi idea ya la conocen, consta ya como addendum al testamento. Me encantaría que hicieran lo mismo que yo. La pila de oro se agrandaría, pero nadie jamás la tocaría. No es avaricia. Es el puro gusto por la tristeza otoñal

«Triste fin del asunto Skoda» recibió 1 desde que se publicó el Viernes 18 de Septiembre de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Foixà dice:

    […] del mar y no nos dejaremos llevar por las delicias gastronómicas. Este verano no tengo miedo a los Skoda, los bañadores no me causaran problemas pues son nuevos como corresponde a mi nueva edad y volumen […]

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