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Transparencia y Amistad

Ante el riesgo de que mañana ocurra algo desagradable nos asustamos y ante la perspectiva de que el futuro sea realmente incierto y no probabilizable llegamos a angustiarnos. Los fantasmas de la duermevela nos precipitan en el deseo irrealizable de una transparencia absoluta que nos permita probabilizar un universo desconocido y tomar decisiones racionales y presuntamente tranquilizadoras. Este deseo de transparencia que es fácil de reconocer como algo morboso en las relaciones amorosas, no es sólo una ensoñación subjetiva; sino que hoy adquiere el prestigio de lo muy serio en la vida social en general y, muy en particular, en el ámbito empresarial y en la política económica.

Y, sin embargo, dos de las novelas que me han enganchado recientemente comunican sutilmente el encanto del secreto, justo lo opuesto del deseo de tansparencia. Los dos espías mil veces reconvertidos dentro del espacio sin coordenadas de Amigos Absolutos de John Le Carré mantienen, cada uno por su parte, un saco sin fondo de secretos en el que su lealtad mutua les prohíbe hurgar. Las dos almas gemelas de La Sombra del Aire de Carlos Ruiz Zafón, el narrador y el protagonista semivirtual, sólo van desvelando al lector su similitud a medida que el autor, a través del involucrado narrador, va desvelando un secreto de cuya verdad última nunca puede estar seguro ese lector.

Ante esta percepción uno se siente tentado a aventurar la hipótesis de que el secreto es una reacción pudorosa al desnudo integral de la transparencia propia de la sociedad del espectáculo de la misma forma que un cierto nacionalismo es una reacción que materializa el deseo de permanecer en el cálido seno materno, deseo éste propiciado por el miedo a lo desconocido que representa la globalización.

Aunque no he leído el famoso Código Da Vinci de Dan Brown, sé por comentarios de personas cercanas que su trama no está alejada del secretismo y su éxito de ventas permite avalar la sensación de que nuestras pulsiones más hondas transitan por mundos virtuales alternativos al descarnado que habitamos y en los que florecen, parece ser, las lealtades secretas. La última novela de Bernardo Atxaga, El Hijo del Acordeonista, refuerza mi sospecha de que el secreto que comparten los amigos en tantas novelas recientes no es algo casual; sino un signo de los tiempos que no se pueden comprender sin la observación simultánea de la persecución de la transparencia.

Quede este comentario para los semióticos, profesionales o aficionados, y para todo aquel que desee estirarlo en cualquier otra dirección; pero lo que a mí me interesa ahora es resaltar que la amistad sólo es profunda si hay secretos que guardar y que una amistad así sostenida es una alternativa-ventajosa-a la transparencia ensoñada por doquier. Estas dos afirmaciones no son fáciles de justificar y exigen una pequeña elaboración previa sobre los dos conceptos que componen el título de este artículo.

La transparencia deja al descubierto todas las posibilidades de comportamiento oportunista o estratégico y, dicho sea con contundencia, cabrón, de cada uno de nosotros en relación con los demás. Genera necesariamente desconfianza y ésta dificulta el dinamismo económico al incrementar los costes de transacción, si entendemos por tales los costes en los que hay que incurrir para hacer posible el funcionamiento del mercado a pesar de la desconfianza mutua y que incluyen desde la asesoría jurídica en la redacción de contratos hasta el procedimiento judicial requerido para hacerlos cumplir.

Para reducir estos costes de transacción que la transparencia impone se hace necesario reducir el espacio de estrategias disponibles a cada individuo, eliminando algunas de las disponibles previamente, lo que sólo puede ocurrir cuando uno de ellos renuncia a alguna estrategia específica siempre que los otros renuncien también. La esperanza de que algo así llegue a ocurrir radica en la posibilidad de que un individuo proceda como si no supiera que el otro podría ser un hijo de mala madre. Este otro puede que realmente lo sea y que se aproveche de la situación, en cuyo caso no florecerá la amistad, o puede que esté dispuesto a proceder como lo hace su prójimo y hacer como si desconociera la verdadera naturaleza malévola de éste último en cuyo caso sí florecerá la amistad.

En la medida de que, en este último caso, he entregado al otro el arma de mi maldad se puede decir que mi racionalidad no es completa. Sin embargo esto es lo que ocurre muy a menudo en experimentos con el juego del dilema del prisionero, en el que se observa un porcentaje alto de utilización de la estrategia cooperativa aunque esté dominada por la no-cooperativa. En estos casos no del todo racionales, surge lo que llamo amistad pues se parece a la teleia philia de Aristóteles y a la amistad a la que canta Montaigne en el funeral de su amigo La Boeëtie (c’est moi, c’est toi) que subrayan sabiamente que entre amigos se da la justicia sin necesidad de imponerla o que la amistad equivale al reconocimiento mutuo.

Ahora podemos justificar las dos afirmaciones efectuadas con anterioridad.

Primero, en este concepto de amistad que he descrito, los amigos comparten un secreto profundo consistente en esa su verdadera naturaleza que les lleva a ignorar -o a hacer como que ignoran- lo que saben. Cada uno de ellos sabe que el otro es racional y puede actuar oportunísticamente, pero como nunca lo ha hecho, puede permitirse el lujo de aparentar ignorarlo. Pero este secreto nunca se desvela mutuamente y, naturalmente, tampoco a a terceros, lo que permite que cada uno de ellos extienda su amistad, así concebida, en todas direcciones y hacia cualquier individuo, componiendo así una sociedad en la que, en el límite, la amistad existe entre cada par de personas. Ahora se puede cerrar el argumento mostrando que la amistad, así conceptualizada, es una alternativa provechosa a la transparencia. Esta parece ser morbosamente exigida por la necesidad de protección frente a la angustia de la incertidumbre. Pero la amistad protege, precisamente, de esa incertidumbre ya que, en el límite, cada individuo sabría cómo actuaría cada uno de los miembros de esa comunidad de amigos.

Podría argüirse que esta extraña noción no constituye una verdadera alternativa a la transparencia y su angustia ya que cada uno sabe (presuntamente), aunque en secreto, que el otro podría actuar de una manera más oportunista. Sin embargo hay que hacer notar que ese conocimiento (presunto) se debe al tipo de presentación que yo he efectuado en la construcción de mi argumento. En el mundo que pretendo modelar, sin embargo, los amigos sólo saben lo que observan de hecho y, si en ese mundo existe la amistad, sólo habrán observado comportamientos que la sostienen. De ahí que la amistad sí que constituya una verdadera alternativa a la transparencia. Y, además, una alternativa provechosa ya que los costes de transacción serán menores en un mundo así debido precisamente a la confianza mutua que existe entre amigos. La transparencia frena el dinamismo económico a causa de unos excesivos (por reducibles) costes de transacción mientras que la amistad, basada en un cierto secreto, reduce esos costes y dinamiza el funcionamiento del sistema económico.

Ahora bien, si este argumento enredoso aspirase a ser tomado en serio como recomendación social, debería ser complementado con la explicación de su compatibilidad con una verdadera competencia y con la exposición de las condiciones bajo las cuales este bonito juego de la amistad no convierte al capitalismo en un capitalismo de amigotes que cada día aparece como más cercano y amenazador.

Parecería, en primer lugar, que la amistad que se refleja en las novelas citadas y que yo siento como basada en el secreto, da entrada a un sistema de favores económicos que configuran un sistema mafioso que no sería fácil defender como eficiente puesto que favorece discriminadamente a quienes tienen la información adecuada en el momento oportuno y del que, por lo tanto, no podría decirse con generalidad que conduce a una asignación de recursos óptima en sentido paretiano. El peligro de suboptimalidad existe mientras la amistad no se haya generalizado. De ahí que, en este caso, como en muchos otros de la realidad económica, la solución de los problemas no sea la que parece indicar el sentido común. De la misma forma que, frente a los problemas que surgen cuando se organizan mercados libres de nuevo cuño (como, por ejemplo, el mercado eléctrico en California), la solución no es cerrarlos como experimentos fallidos; sino apostar aun más fuerte por la libertad de contratación, frente al peligro de un capitalismo de amigotes la solución está en la generalización de lo que conforma la amistad, no en prohibir la amistad o dificultar su surgimiento mediante la introducción de la sospecha de traición que la transparencia puede acarrear.

Este argumento aparentemente conservador puede completarse, en segundo lugar, con otro, aparentemente cínico. Este segundo argumento consiste, justamente, en que es la lealtad mutua que la amistad supone, incluso si es mafiosa -como era la de los robber barons-, la que ha ido creando una verdadera economía a partir de un conjunto disperso de individuos, un verdadero sistema económico en el que sí cabe la competencia libre como fuerza motora del progreso. Es la mistad como alternativa a la transparencia, la que permite el funcionamiento del mercado al reducir sus costes de transacción y es la libertad la que desata la fuerza creativa de ese mercado.

Termino llamando la atención sobre la literatura como fuente del pensamiento económico. Aunque se trate de literatura no precisamente excelsa a los ojos de los críticos especializados, puede sugerirnos ideas y sentimientos que están en el aire y que reflejan la sensibilidad de los tiempos. Lo que las piezas literarias citadas más arriba me han enseñado es que la racionalidad absoluta puede ser incompatible con la amistad, que ésta puede ser una verdadera alternativa provechosa a la tan cacareada transparencia y que si ésta se llevara al límite podría ser incompatible con el funcionamiento de la economía de mercado. Nada menos.

«Transparencia y Amistad» recibió 0 desde que se publicó el Martes 4 de Enero de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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