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¿Transparencia? Los límites de la contabilidad (I)

Publicado en Expansión, martes 3 de agosto de 2004

Cuando hablamos de transparencia estamos expresando el deseo bienintencionado de que haya mucha información y de que ésta se difunda. Este deseo, se ha hecho perentorio a raíz de los escándalos corporativos de entre siglos -todos los cuales estaban relacionados con falta de información sobre algunos aspectos corporativos- que hacían imposible el conocimiento preciso de la situación de algunas empresas. Este es, sin duda, un aspecto muy importante del capitalismo y de ahí que las reacciones hayan venido especialmente por la parte de armonización contable y de calidad de las Memorias Corporativas. Todas estas dificultades por las que ha pasado el capitalismo popular, tienen que ver con la transparencia; pero la salvación y la defensa del capitalismo popular no se agotan en el problema de la transparencia y la contabilidad. Esta noción plantea, como ocurre a menudo en la Economía de la Información, algunas paradojas en las cuales la opacidad tiene ventajas.

En el frescor de la brisa matutina, y como envuelto en la transparencia de la atmósfera del Baix Empordà, pretendo hablar en esta primera entrega de los límites que la contabilidad no puede sobrepasar en la consecución de la transparencia y dejo para dentro de un mes la exposición de algunos ejemplos que muestran que no siempre la transparencia es adecuada.

Comencemos esta primera entrega por sopesar los esfuerzos denodados por mejorar los sistemas contables de forma que florezca la transparencia. La contabilidad es como la cartografía; ni la una ni la otra pueden representar simultáneamente todos los detalles en los que podríamos estar interesados.

El caso de la cartografía es obvio. Según sea el tipo de proyección que utilicemos para representar una esfera en dos dimensiones, se preservarán algunas propiedades de la esfera; pero no otras. Podemos optar por representar bien las distancias o falsearlas en aras de una representación fiel del tamaño relativo de los países. Sospecho que al final, se acaban imponiendo las proyecciones y los mapas que eligen usar los países poderosos de suerte que, por ejemplo, estamos acostumbrados a ver en un mapa que los EE.UU. de América es un país mucho más grande que Brasil.

El caso de la contabilidad es análogo. En muchos casos podemos elegir la forma de dejar constancia de operaciones determinadas y cuál adoptemos finalmente dependerá de lo que pretendamos hacer con la información que constatamos. Mucho me temo que el uso que se haga de las alternativas disponibles, todas ellas posiblemente legales, dependerá de quién manda: si los ejecutivos, las stock options no aparecerán como gastos, si los accionistas, entonces sí serán consideradas como gasto.

Algunas prácticas contables

Veamos ahora la posible incidencia que pueden tener las diferentes prácticas contables a través del examen del tratamiento del fondo de comercio. En Europa y, desde luego en España, se contabiliza como un activo, a precio de adquisición, y se va amortizando poco a poco aunque cabe hacerlo de golpe. En los EE.UU. de América no se le amortiza; sino que cada año hay que contabilizarlo según el precio de mercado del activo correspondiente, apuntando como pérdida o ganancia la disminución o el aumento de ese precio de mercado. Para una empresa determinada, una u otra práctica contable puede ser beneficiosa en un momento y perjudicial en otro. Los que quieren enderezar el capitalismo mediante mejoras en usar prácticas contables o en una posible armonización, parecen ignorar la imposibilidad de lograr la objetividad contable.

Y sin embargo, esa imposibilidad es obvia, tal como muestra un ejemplo inquietante, relativo al tratamiento del fondo de comercio según las prácticas contables generalmente aceptadas por los EE.UU. Según éstas, la contabilidad de la empresa A debe reflejar el valor de mercado de su participación en la empresa B, de forma que el valor en Bolsa de ésta debería influir en el valor en Bolsa de aquélla. Supongamos ahora que tienen participaciones cruzadas. Es fácil ver que ambas podrían precipitarse al abismo abrazadas en un movimiento recesivo no convergente: A vale menos porque su participación en B ha descendido en valor por una causa cualquier, pero esta baja en el valor de A refuerza la caída inicial en valor de B lo que, a su vez, rebaja el valor de A. Esto no tiene nada que ver con el valor objetivo de ninguna de las dos empresas, y, justamente por eso, porque quizás no es sino el efecto inducido por una práctica contable, los inversores detectarán en algún momento la ganga a la que tiene acceso y frenarán el proceso de recesión a la baja.

El sistema capitalista

En efecto, en un sistema capitalista de mercado las corporaciones valen lo que valen en Bolsa y no hay sistema contable alguno capaz de objetivar ese valor. Si un CEO encuentra una forma de maquillaje contable atractiva, compatible con los criterios de auditoría y transparente para los analistas (lo que hay que suponer) es posible, que el valor de la corporación aumente y nadie podrá decir que ese no es el verdadero valor. ¿Qué diferencia hay entre el marketing y el maquillaje contable? La persecución de la objetividad en uno u otro caso es tan alocada como la persecución de lo absoluto. Pueden y deben establecerse estándares a través de la autorregulación; pero siempre aparecerán nuevos montajes contables o nuevas ideas de marketing. Penalizar la creatividad en uno u otro campo es poner puertas al campo.

Es por lo tanto curioso, que los defensores del sistema deseen, tal como parecen mostrar no pocos dirigentes políticos, un capitalismo con reglas claras, definitivas y sin trampas. Los que creemos en el mercado, sin embargo, sabemos que el capitalismo es el mejor sistema disponible precisamente porque somos creativos y tramposos. Si no lo fuéramos y no nos dejásemos llevar por la avaricia, casi cualquier sistema económico sería igual de eficiente que el capitalismo y algunos mucho más equitativos. En efecto, si hay alguna diferencia entre la derecha y la izquierda es que ésta sigue pensando que el hombre es bueno mientras que aquélla ha internalizado hace tiempo la naturaleza del ángel caído de un hombre que engaña y miente con total descaro. No es de extrañar que, en el campo de la economía, sea la derecha la que ha hecho suya con mayor rapidez la revolución de los incentivos; pero en esta derecha podemos detectar varias tendencias bien distintas. La primera está formada por aquellos activistas que confían en los retoques voluntaristas a la libertad de mercado y la segunda por los que confían en la potencia profiláctica de los mercados si les dejamos funcionar. La izquierda de hoy y la derecha activista se van a empeñar en juntar sus fuerzas para imponer estándares, endurecer penas, inventar nuevos delitos, establecer castigos ejemplares y hacer penitencia tratando, quizás con su mejor voluntad, de salvar al capitalismo. Pero estos salvadores heroicos confunden los prerrequisitos del sistema con su esencia y en su entusiasmo no entienden que la competencia y creatividad que caracterizan al capitalismo, aplican también a los propios prerrequisitos. Es cierto que sin reglas y sin seguridad jurídica no hay sistema de mercado que funcione bien; pero en la esencia del sistema están juntamente los incentivos a saltarse las reglas.

El problema que se plantea a cualquier defensor del capitalismo es cómo lidiar con los incentivos a engañar para hacerse rico sin, al mismo tiempo, cegar el pozo de la creatividad. Un problema genuino al que los salvadores no ofrecen más que soluciones precipitadas y simplistas como puede ser está de la transparencia total conseguida a través de una contabilidad renovada. Que este problema no es trivial debería estar claro ya; pero para remachar la severidad de las dificultades, quizá convenga prestar atención a tres situaciones económicas interesantes: la formación de la política monetaria, la relación de agencia y el mercado de valores.

A este examen dedicaré la siguiente entrega, dejando para ya entrado el curso el examen de la reacción sobre la Ley de Transparencia que el vicepresidente Solbes anunció a mediados del mes pasado al tiempo que afloraba algunas obligaciones de gasto con las que parece ser que no contábamos, quizá por la forma de contabilizarlas.

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