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LXXVII: Transgredir

Creo que debo hacer lo posible para cargarme los honores científicos en los que la búsqueda de la verdad y el gusto por pensar o experimentar e imaginar se ve sustituido por la trapacería para ir escalando posiciones en el mundo del pensamiento sin atender a la verdad, esa vieja chocha la que nadie presta atención.

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Me escribe una amiga querida para decirme que, a pesar de mis consejos, no encuentra posibilidades de transgredir. Se lo aconsejaba como una de las maneras de no envejecer una vez el tiempo te ha liberado de las obligaciones profesionales y no sabes muy bien cómo y por donde comenzar una nueva vida. Esto que le pasa a mi amiga me pasó a mí después de aquellos primeros años en los que me empeñé en cometer una ilegalidad al día tal como conté en Faroladas. Era joven y era fácil soñar con una ilegalidad diaria pero luego, años más tarde, hay que ir más allá porque cuando se es viejo ya no vale con sueños o proyectos y no hay más remedio que innovar en esto de la transgresión.

He pensado en todo esto al contemplar una vieja fotografía de mi juventud escondida en un álbum de fotos olvidado. En esa foto se me ve a mí mucho antes de que las entradas se convirtieran en calvicie perorando apasionadamente con mi brazo derecho levantado al cielo o, mejor dicho, hacia el techo del comedor de casa de mis padres en medio de una celebración familiar siempre con abundante comida. Yo estaba delgado como un junco y como en un flash he recordado el contenido de mi perorata. Estaba harto de ser un buen chico, buen estudiante y un serio y responsable futuro trabajador y expresaba en voz demasiado alta que quería hacer algo rompedor y definitivo, algo que pusiera mi vida en juego en un sentido profundo. Después de tantos años solo puedo suponer que lo que quería decir aquella noche de langosta y champán era que quería ser auténtico en algún sentido que seguramente expresaba en terminología existencialista propia de aquellas fechas.

Los recuerdos de viejo son peligrosos y esta lo ha sido mucho pues de repente he sido consciente como en una iluminación que nunca he hecho algo tan rompedor y definitivo como soñaba entonces. Pero en lugar de llorar mis penas he pensado que todavía puedo hacerlo si lo pienso bien y me preparo con esmero.

Creo que, si pienso en positivo, todavía estoy a tiempo de delatar a voz en grito todas las torpezas humanas que asociamos a la excelencia. Pienso en esa niña japonesa que aprendió a tocar el violín a los 3 años en 1984 y ahora solo toca un starudivarius en una de las 10 mejores salas de conciertos del orbe. Lo malo, lo torpe, es que hay mercado para ella y que los de LA no creen estar escuchando nada valioso cuando escuchan la misma pieza en el Andrés Isasi. Sí, quiero delatar la estupidez humana que nos lleva distinguir lo que el oído no distingue siempre que lo oigamos en una sala de conciertos inaccesible para la generalidad de la gente. Deseo fervientemente se elimine alrededor de ella toda la gente que la explota pagando muy caro su concierto y obligándola a hacer ver que solo vive para su straudivarius. Imagino un mundo en el que un joven cualquiera con cierta facilidad da conciertos para los de su pequeño pueblo tocando la misma pieza y evocando los mismos sentimientos. Me tengo que cargar la cursi melomanía.

Como pienso que todos estaríamos mejor si pudiéramos eliminar el fútbol de la televisión ahorrando cientos de miles de millones en el mundo y dedicáramos los domingos por la mañana a seguir a los niños aficionados por puro gusto a sus partidos entre amigos en los que toda la pasión está contenida en el deseo de ganar a un amigo para volver a jugar contra él el domingo siguiente. Debo acabar con el deporte profesional.

Y, todavía mas burro, creo que debo hacer lo posible para cargarme los honores científicos en los que la búsqueda de la verdad y el gusto por pensar o experimentar e imaginar se ve sustituido por la trapacería para ir escalando posiciones en el mundo del pensamiento sin atender a la verdad, esa vieja chocha a la que nadie presta atención. Debería de instituir un premio a la no publicación y a la diseminación libre de toda idea

Pero mi deseo de ruptura no se acaba con estos ejercicios en positivo sino que debo ejercitar mi imaginación en ensalzar, en negativo y hasta la locura, todo lo que se considera mediocre. Nada como la suave conversación del desayuno de un grupo de funcionarios que sin elevar la voz pregonan las verdades del barquero sobre problemas de su negociado sobre las que nunca han sido consultados por sus jefes quienes desconocen sus nombres. O como la rutina heroica de las bandas de mendigos que bien organizados extienden su vasito de cartón con su monedita de cebo tratando de conmover mi corazón sin ningún intento de hacer un trabajo útil como venderte un kleenex o de limpiarte el parabrisas. O como el humilde trabajo del ayudante de clases prácticas que sonriente se devana los sesos para poner problemas estimulantes a los estudiantes. Claro que en estos casos que se suponen mediocres y poco exitosos no puedo cargarme nada pues nada tengo que decir sobre el jefe de negociado que segura e inadvertidamente es el responsable último del tono hipnotizador de los funcionarios a su cargo, ni sobre los directores de escena de las mafias de mendigos que tan bien hacen su trabajo, ni desde luego, sobre el profesor titular que saluda afable y cómplice al ayudante que agradece la oportunidad.

Lo que me gustaría hacer antes de morir es, no tanto la heroicidad en la que soñaba en la juventud temprana ni el acto gratuito que, paradójicamente, me identifique sin confusión posible, ni escupir sobre tumbas de hombres famosos de memoria intocable. Algo menos literario y más factible. Quizá podamos entre varios comprar billetes de primera para una buena bandada de mendigos que animen un breve crucero por el mediterráneo colocándose en esquinas transitadas del buque para pedir limosna ocho horas al día y luego jugarse lo recogido en la ruleta después, claro está, de una buen cena a poder ser en la mesa del capitán.

«LXXVII: Transgredir» recibió 2 desde que se publicó el Domingo 16 de Febrero de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Grande Juan!!! Benditos sean los efectos secundarios de ese virus traicionero!

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