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Todo lo interesante es un punto de silla

A finales de los años 80 acudía a menudo a una reunión que, convocada por J.A Sánchez Asiaín, se celebraba en la torre del entonces Banco de Bilbao y que reunía a un grupo de personas de distintos ámbitos para desentrañar los secretos de un futuro que, en aquellos años, no parecía muy halagüeño. Yo, catedrático en ejercicio a la sazón me sentía como un joven turco y no tuve inconveniente alguno en encargarme en preparar un papel con el pretencioso título que encabeza esta columna. En palabras menos pretenciosas lo que yo quería explicar era que cuando el horizonte económico no está claro, lo que siempre ocurre después de una crisis, no hay más remedio que intervenir y que el acierto de la intervención se mide por la oportunidad del momento en que se efectúa y por la magnitud de la misma. Esto era, creía yo, lo que se ve muy claramente en un diagrama de fase que representa la dinámica de un sistema económico en cuyo viejo equilibrio estábamos antes de la crisis y a cuyo nuevo equilibrio queremos acceder desde la situación en la que nos ha puesto el correspondiente shock. Muy a menudo ese diagrama de fase nos muestra que el equilibrio es un punto de silla y que, por lo tanto, no hay sino una única y estrecha senda de vuelta al equilibrio sobre la que nos encontramos, de forma que si no hacemos algo la dinámica imperante nos alejará de él y nos arrojará a un infierno lleno de desajustes. Esto es lo que propició que yo pudiera escribir sin rubor que todo lo interesante tenía esta característica extraña de que, si no actuamos en consecuencia, podemos despeñarnos y de que si no la entendemos bien no sabremos siquiera porqué nos hemos despeñado.

En aquella época la situación era bastante apurada pues la crisis que se inició en Méjico a principio de los años 80, debido al incremento de los tipos de interés en los USA como consecuencia de la política antinflacionaria de la FED, generó una especie de default en toda el área latinoamericana que tuvo que ser rescatada mediante el esquema subyacente a los bonos Brady. No había más remedio que intervenir y el asunto crucial era cuando y en qué magnitud. La solución tardó en llegar, pero se realizó correctamente en el sentido de que se aumentó la madurez de la nueva deuda y se jugó a elegir entre una quita del principal de un 25% o una rebaja del tipo de interés.

Unos años más tarde, en el verano de 1997, cuando el baht tailandés perdió súbitamente un veinticinco por ciento de su valor, nadie anticipó que podía tratarse del comienzo de una crisis general. Sin embargo en el siguiente semestre la caída brutal de su moneda dejó a la economía en una situación bien descrita en los términos utilizados en mi pretenciosa aportación de hacía una década. Esta crisis financiera llegó a los vecinos (Indonesia, Corea, Malasia) y se propagó rápìdament a Rusia, a África y a América Latina otra vez.

Las enseñanzas de estas dos crisis para nuestra situación presente son bastante claras. La crisis mejicana nos debería advertir de que tiene que haber y hay una manera de ajustar una economía muy apalancada alargando el plazo de madurez, modificando el precio y aplicando medidas de ahorro soportables. Pero hecho en falta la aritmética y el cálculo de la tasa de crecimiento necesaria para cancelar la deuda en distintos escenarios caracterizados por un abanico de períodos de medurez, quitas y precios. La crisis del sudeste asiático, por el otro lado, nos debe alertar sobre los peligros puestos de manifiesto por Stiglitz cuando acusó, desde su puesto en el Banco Mundial, al FMI de confeccionar un único traje para todos y del estragulamiento de las economías en desarrollo por la exigencia de medidas fiscales exageradamente severas. Su polémica con Kenneth Rogof, a la sazón economista jefe del FMI, nos recuerda que el único camino a seguir es distinto para cada país. Pero en Europa hoy nadie parece acordarse de este debate.

No me parece a mí que la situación europea sea especialmente idiosincrática ni que la teoría haya cambiado tanto como para olvidar las enseñanzas que he reseñado. Hay que intervenir pero de una forma ad-hoc para cada país haciendo las cuentas de manera transparente, eligiendo el momento oportuno (ya pasado) y la magnitud adecuada según un esquema un poco más sofisticado que el de Brady y que permita a cada banco y a cada país elegir el nuevo vencimiento y el nuevo precio, manteniendo o no el mismo valor dependiendo de las normas contables que permitan o no considerar el arreglo como un write-off total o parcial, como un default o no. Es lo que, en el caso de Grecia, Francia ha empezado a anunciar y a lo que parece que Alemania no hace ascos. ¡Por fin!

Tampoco España es muy distinta de lo descrito. De hecho, como en todos los países, con muy pocas excepciones, se ha intervenido tarde y no se ha sabido diferenciar entre distintas líneas de gasto ni dosificarlas correctamente. Sin embargo lo que más me molesta de la situación española no es eso, sino que el gobierno no ha sabido escuchar a quienes tienen ideas y no solamente en cuestiones como el mercado de trabajo sino tembién en las cuestones aquí planteadas. Con la ayuda de estos investigadores España podría de hecho hacer una aportación significativa a la construcción de Europa que o bien se para sine die o bien, como suele, aproveha la ocasión para diseñar las instituciones que le permitan continuar con un experimento entusiasmante. Estas nuevs instituciones no tienen porqué ser necesariamnete las que se citan con frecuencia reclamando una mayor centralización política en general y fiscal en particular. Pero plantearán sin duda discusiones distributivas entre rentistas y trabajadores más o menos espúreas, pero que como todo lo interesante se presentan una vez más como un punto de silla dificil de alcanzar.

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