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Tío Mario

Nunca aparecía en las fotos familiares pero no era porque las sacaba él ni porque fuera un muerto viviente.

Sabemos en efecto que no era un zombi porque murió un día cualquiera en nuestra casa y fue enterrado en el panteón familiar del cemeterio municipal. Venía todos los días a casa a tomar el aperitivo y charlar un momento con mi padre. Ese día se atragantó con un hueso de aceituna en medio de una anécdota sobre algo que había visto al venir y que le parecía prueba suficiente de todo estaba fuera de lugar. Mi padre, otorrino, no podía comprender que tío Mario se le fuera en su propia casa a apesar de los golpes en la boca del estómago que le propinó mentras le sostenía por detrás. El peso se le hizo insoportable y yo mismo, que a ellos me unía después de mi clase particular de francés, le ví caer como un pedazo deplomo sobre la alfombra del salón.

Volviendo al asunto de las fotografías, es claro que, si le hubieran sacado fotos, hoy tendríamos un reacuerdo de su imagan pues heredamos todos sus paples. Parece pues que no se dejaba fotografíar ni siquiera en solitario. De todas las fotos de grupo que he examinado en mi investigación nadie sabe decirme si tío Mario estaba con los demás en aquella ocasión o si quizá pasaba por alguna de aqellas temporadas de tristeza que le recluían en aqella casa de la que un día salió su mujer para no volver.

Esta es la estela de los recuerdos que yo tenía de lo que se decía de él cuando yo era jóven y todavía vivía en casa al tiempo que acababa mi carrera de periodismo. Cuando la terminé, mi madre me pasó varias maletas con su documentación pues yo parecía ser la persona para ordenar aqueellos papeles de su hermano.

No había mucho trabajo en mi sector y en casa de mis padres se esataba bien, así que metí bastantes horas estudiando aquellos papeles que precian anodinos y sin interés. Hasta que dí con la clave. Todas las aventuras que dejó escritas y sin editar nos proporcionaban las claves de su obra editada.

En todas sus novelas había siempre como un desplazamiento de algo, es decir algo no estaba en su sitio y ese detalle desencadenaba el drama, el horror, la angustia. Una figurita de en bronce de Diana cazadora que apuntara a la ventana en lugar de a la puerta de entrada a la habitación era la verdadera causa de un asesinato no premeditado por parte del ladrón que se había colado para ver de procurarse un poco de comida o de riqueza para revender y quitar la gazuza. Y algo de esto ocurría en todas sus novelas y tambiénen en el único ensayo que publicó y que consistía en un estudio concienzudo de las huellas que el descuido había dejado en los grandes esritores, todos ellos totalmente descompensados.

Si nunca salía en las fotos era pues porque no encontraba el lugar en donde colocarse para la foto de grupo. Seguramente hubiera tenido que estudiar la situación con enorme cuidado antes de decidirse por un lugar, en el centro o en un extremo, pero ¿en cual?. Nunca junto a alguien más bajo que ´´el para no hacerle como de menos y, desde luego, jamás al lado de uno más alto pues le hubiera hecho sentirse rechazado.Por eso no visitaba a nadie que no fuera su hermana y su cuñado médico.

Según pude colegir una vez descubierta la clave de su evanescencia, su vida se complicó hasta el extremo. Una invitación de boda constituía un tormento. Una simple salida al cine era para él como una estrategia militar en donde había que conocer el camino a seguir hasta el cine a la vuelta que te cruzas con mucha gente que pueden olerse algo y, al mismo tiempo, como un puzzle matemático el decidir donde sentarse dependiendo del tamaño de la pantalla y de la posición de las butacas ya ocupads si la sesión era sin numerar algo muy común en aquellos tiempos. Y si era numerada no podía dejar que nadie que no feura él sacara las entradas, pero él paraba la cola un buen rato prestando oidos sordos a las protestas de los más impacintes hasta estar seguro de que las localidades que le ofecían eran las adecuadas.

Pero lo peor sin duda alguna es cuando, una vez al año, invitaba a toda la familia formada por todos sus heramnos y hermanas, casi todos casados, con sus correspondientes hijos, a un magnífico banquete a su casa en el mejor lugar de la ciudad. La configuración de la mesa le llevaba varios días a partir de las confirmaciones de asistencia y, como deduje de un viejo volumen de teoría bélica, tenía en cuenta todos los factores relevantes a fin de minimizar el robo de las cuchariilas; las pequeñas del café pues de las grandes ya estaba él pendiente toda la noche.

Romper su rutina le descomponía. Palidecía si una calle habitual estaba cerrada pr reparaiones del tendido eléctrico y llegó a perder el sentido el día que le llegó a su casa por error una citación judicial por algún asunto de hacieda.

Así que no me extraña que se le atragantara la aceituna y que muriera aquel día a pesar de los cuidados de mi padre. Era un día de mayo de aquellos en los que mi madre nunca faltaba a los festejos de la patrona de aquel pueblo en el que había pasado parte de su niñez. Él, mi tío Mario, había dejado escrito en su diario que salía para nuestra casa y que esperaba, vamos estaba seguro de que le ofrecerían como cada día unas aceitunas rellenas de anchoa que mi madre se hacía traer desde una villa marinera no lejana. Recuerdo la forma y los dibujos colreados de la lata. Y también recuerdo, ahora entre brunas que cuando llegué al salón después de despedi a mi profesora de francés, esa lata estaba sobre la mesita junto con lo vasos de fino, una especie de emparedados de langosta con un toque de una mezcla de mayonesa mezclada con una pizca de salsa rosa. Recuerdo que, meintras asistía sin entender nada a los esfuezos de mi padre por sacarle el hueso de aceitua de la garaganta, tomé mecanicamente una aceituna de la lata de las rellenas, la mordí y separando el hueso lo escupí en el cenicero donde se consumía la colilla del cigarrillo que el tío Mario estaba fumando un minuto antes de morir asfixiado.

Poco más recuerdo. Quizá solamente que mi padre, so pretexto de llamar a su colega forense, recogió el cenicero y la lata de aceitunas rellenas y desapeció unos minutos. Luego vino todo o demás.

«Tío Mario» recibió 0 desde que se publicó el sábado 4 de junio de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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