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LIV: «The Go-Between» de Joseph Losey

En el límite nada echas de menos pues nada, descubres, ha sido tuyo.

gobetweenCuando me preguntan cual es mi película favorita no apelo a mi endeble erudición cinéfila y contesto automáticamente que «The Go-Between» de Joseph Losey. Es hora de saber porqué ese es el caso y de unir las piezas que me han traído hasta esta reflexión.

Tumbado en el diván de mi autoanálisis comienzo por hablar del atractivo que para mí tenía Losey.

Entré en el universo de Losey a través no tanto de aquellas turbadoras películas en blanco y negro, como fueron «Eva» y «El Criminal», las dos con la presencia de aquel hombre galés, Stanley Baker, que yo suponía se encontraba como exilado en la esfera cinematográfica inglesa en la que acabó trabajando el exilado americano a causa de la persecución del Macartismo; sino a través de la trilogía con Harold PinterEl Sirviente», «Accidente» y «The Go-Between»).

Que yo recuerde Harold Pinter era uno de los «Angry Young Men» del teatro inglés de los sesenta y setenta que comenzó a escribir en la senda de Becket pero acabó mucho más activista de izquierdas que el maestro y que otros compañeros generacionales. No es por lo tanto raro que conectara con Losey quien debía estar tan enfadado como lo estábamos, allá en Bilbao, los miembros de una generación solapada aunque más joven y que buscaba la razón de su enfado en diferentes frustraciones y preparaba su explosión por diversas vías en aquella época del sesenta y ocho esperanzadora por un lado pero que el tardofranquismo convertía en desesperante.

Haré un paréntesis para extenderme un poco sobre esa generación todavía mal leída y ya casi lejana. Las lecturas de la obra de esos jóvenes airados ayudaban a pasar esa época en la que ya se insinuaban el exilio y la orfandad, pero que la huida a América me hicieron olvidar hasta hace relativamente poco tiempo, enterrados ambos bajo miles de papeles de un saber esotérico llamado teoría económica. Por ejemplo, la obra básica de de Colin Wilson que comencé a leer en el verano del 67 en Oxford a instancias de un joven profesor situacionista y que todavía se arrastra por mi mesilla de noche, fue el primer toque de atención sobre mi gusto malsano (?) pero inevitable por el outsider y esa postura suya que llamaríamos de extrañamiento. Para volver a Losey cierro el paréntesis no sin antes recordar que Pinter no solo es un outsider por ser judío o por rechazar las costumbres y pautas de la época, sino sobre todo por no entregarse tampoco a la crítica general o las posturas políticas semirevolucionarias de esa época.

Y como Losey era también un outsider su colaboración con Pinter parece natural y la famosa trilogía es sin duda un lugar en el que buscar la desazón que muchos llevamos dentro. La relación amo-criado de «El Sirviente» es un evidente punto inicial para descubrir la toxicidad de las relaciones personales que no saben establecer un acuerdo implícito o explícito sobre el poder, ese poder del nativo frente al exilado o del hijo frente al padre. «Accidente» decidió mi vocación de rijoso cura laico como ese profesor de Oxford que, entre tutoría y tutoría y a la espera de la visita semanal a su amante de Londres, maquina maldades contra sus alumnos y alumnas jóvenes mientras olla el césped intocable. Dirk Bogard es en ambas películas un ser totalmente exilado y huérfano, nunca satisfecho y siempre a la búsqueda vergonzante de lo que él cree es amor y del que no entiende nada.

Pero esa figura diabólica no convenía para la última parte de la trilogía: «The Go-Between» («El mensajero»), mi película favorita. Redgrave padre era una mejor solución visual para el exilado en un mundo fronterizo pero enormemente lejano. Dijeran lo que dijeran las críticas de la época, «El Mensajero» es nada más y nada menos que el nacimiento de un intelectual, siempre en el extranjero y que no cree ni en remedios naturales («Belladona delenda est») para su intranquilidad de desplazado ni puede refugiarse entre los miembros de su clase justamente porque es un desplazado en un mundo al que solo le une la amistad de un compañero de colegio que le hace ver sus formas desajustadas a la manera de vivir de la clase alta ni puede imitar o sobrepasar a un padre desaparecido. A pesar de su lucidez de madurez no ha aprendido a matar siquiera simbólicamente a quienes le desprecian y utilizan sin pudor, sino que vive prendado de sus maneras. Hasta ese momento final en el que su amada (maravillosa Julie Christie) en un último gesto de acercamiento no hace sino recordarle su naturaleza de capataz solo digno de transmitir mensajes.

He aquí pues el origen de ese observador externo más o menos comprometido con su entorno al que se refiere Peter Sloterdijk en su último libro traducido y en el que parece querer explorar filosófica y sociológicamente la figura del intelectual que en ningún momento sabe desde donde tomar fuerza pues sus hermanos intelectuales, sean humanistas o científicos, no forman una clase autosuficiente ni pueden apoyarse en su patria o en su familia a las que renunciaron para tratar de saber. En el límite nada echas de menos pues nada, descubre, ha sido tuyo.

«LIV: «The Go-Between» de Joseph Losey» recibió 3 desde que se publicó el domingo 2 de junio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Alan Furth dice:

    Vaya, pues The Outsider parece que es un texto obligatorio para alimentar el existencialismo de mi minimalismo existencial 🙂 Y habrá que ver The Go-Between también… gracias Juan!

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] del guión en un capítulo de Borgen… Y sé que tanta intimidad con lo pequeño puede parecer desapego por todo lo demás. Pero creo que es más simple. Caro diría: «Sos un salame». Un amigo me decía en Mallorca que […]

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