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Tengo poderes

Les parecerá una broma e incluso de mal gusto; pero es un hecho: tengo poderes.

Todo empezó hace dos docenas de años cuando tuve que someterme a una intervención quirúrgica para extirparme la vesí­cula. Entonces se trataba de una operación mayor como muestra fehacientemente la cicatriz que me atraviesa en vertical la barriga. Pues bien durante la convalecencia desarrollé un sorprendente gusto por el sabor de la mezcla de lo dulce y lo salado. Siempre habí­a disfrutado de las medias noches con jamon de york; pero en aquel momento me surgió de pronto un antojo de bollos suizos (concretamente los de la reputada pastelerí­a de Nietos de Martina de Zuricalday) con chorizo.

El cambio de gusto alimentario no parece muy raro en un proceso curativo del aparato digestivo; pero lo formidable es que ese cambio coincidió con el descubriminto de mi don para detectar parecidos fisiognómicos. Y fui coleccinando centenares de emparejamientos de gente muy dispar: una vecina y una actriz, un rockero y un conductor de autobús, un polí­tco local y una estrella del cine mudo. Y así­, como digo, centenares de parecidos que para mí­ eran obvios aunque no siempre eran así­ apreciados por mi entorno más inmediato que comenzó a mirarma con cara rara.

Este poder inexplicable se convirtio en un vicio privado y su ejercicio en rutina. Pero un poco mas adelante en esta rutina floreció un toque siniestro relacionado con la evidencia desnuda del esqueleto que se insinuaba bajo de la piel, cada dí­a mas transparente, del rostro de mis amigos y, sobretodo, de mis amigas. No habí­a maquillaje capaz de ocultar a mi vision las formas de la calavera labradas con toda rotundidad.

Pues bien, quizá hayan sido las toneladas de alitas de pollo que he deglutido los últimos dí­as o quizá la pastilla de barbitúrico que imprudentemente me prescribí­ para dormir durante el vuelo de vuelta; pero lo cierto es que desde hace dos dí­as me resulta muy desagradable pasear por según que barrios de Madrid. En algunos de ellos se agolpan los matrimonis jóvenes con sus hijos tan chicos que los llevan en cochecito, bien del tipo inglés, en el que el bebé es acarreado marcha atrás dando la cara a su progenitor de guardia, bien sea del tipo americano, en el que el pobre infante viaja de cara a la dirección del paseo y va pasando revista al mundo.

Lo que me asustó ayer es que, paseando por uno de esos barrios asequibles para los tardí­os padres “mileureros”, redescubrí­ mi don en su faceta menos agradable. De pronto me resultó evidente que la fealdad de uno u otro de los padres de un bebé estaba ya claramente delineada en el rostro de éste. Esos ojos diminutos como perras chicas de las antiguas, esa falta de mandí­bula, esa frente estrecha como un lapiz o esas orejas sin lóbulos, todos esos rasgos eran comunes entre criatura y padre o madre.

Y no solo eso, que ya serí­a bastante; sino que además observé que los pequeñuelos que cabalgaban coche inglés lloraban mucho más que los que lo hací­an sobre vehí­culo americano. Acostumbrado por profesión, no por un don especial como el que ahora estoy comentando, a tratar de buscar las razones de las regularidades o de las sorpresas en las regularidades observadas hasta un cierto momento, me paré a pensar y se me antojó como obvio que este hecho tan poco esperable se debe a que los primeros niños, es decir los del cochecito inglés, se ven obligados a contemplar sin escapatoria posible el rostro de sus progenitores y ven con toda claridad, debido a su visión no contaminada por ningún sesgo, el futuro de su imagen, una imagen en genral horrible.

Me pregunto que significa para mí­ este poder de discernimiento visual del que no puedo hablar con mis amigos porque, como ustedes comprenderán, no puedo poner en juego mi reputación basada en la formulación de hí­pótesis económicas arriesgadas o sostenidas por respetables sugerencias filosóficas.

En efecto, este don que estos dí­as ha reverdecido no parece cercano a la economí­a, ni siquiera a la Freackonomics, ni parece poseer ningún espesor ontológico, aunque quizá me acerque a descubrir de hecho las cosas como son, ni parecerí­a un ejemplo de ese verdadesro pensamiento que para Heidegger estarí­a impedido por el envaraniento de la racionalidad, a no ser que entendamos por verdadero pensamiento a la inexplicable magia de algunas neuronas toaví­a no estudiadas con cuidado.

No tego respuesta para ninguna de estas preguntas profundas. O sea que mejor me callo. Solo añado que si quieren un test de paternidad acudan a mí­ y se ahorren el costo, pr otro lado no desmesurado, de un análisis de ADN.

«Tengo poderes» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 11 de Mayo de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] entre el ventrílocuo José Luis Moreno y el gran atleta Jesse Owens. Es como una pesadilla. Como ya confesé hace unos años, en cuanto ingiero una mezcla de bollo dulce y de algo salado mi increíble capacidad […]

  2. […] añadir a Lynch, el director de cine, pero serí­a rizar el rizo de este don que tengo desde el mismo día que me quitaron la […]

  3. […] un post ya antiguo les dije que tengo poderes para ejercer como esperto en […]

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