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Soros, my brother

Me resulta simpático un mundo donde hoy puedo ser politólogo y mañana literato; hoy financiero y mañana filósofo; hoy pobre y mañana rico; un poco como mi hermano Soros

george-sorosEl post que sigue fue publicado pronto hará 17 años en El País como una columna de opinión. No sé cómo ni porqué he vuelto a topar con aquella columna del 21 de marzo del 1996 y he creído darme cuenta de dos cosas que explicarían su reproducción aquí. La primera es que desde entonces no creo que he aprendido nada nuevo aunque, eso sí, he seguido por alguna de las veredas intelectuales que entonces se me abrían: traurig aber war!.La segunda es que, para mi sorpresa, en el texto que adjunto se encuentran algunas ideas que pueden ayudar a sobrellevar el mal que aqueja a algunos jóvenes amigos que comienzan a estar un poco hartos del mundo intelectual y moral que les rodea. Su vetustez explica la falta de enlaces

Soros, my brother

La envidia por su éxito financiero, la falta del arrepentimiento explícito que hubiera podido trocar la envidia en perdón, su descaro displicente en otros campos (mostrado, por ejemplo, en sus ideas sobre la UME expresadas en Davos hace pocas semanas) y, sobre todo, su osadía en irrumpir en coto ajeno (hablando, por ejemplo, de teoría económica o de metodología científica o de teoría política e incluso bordeando la filosofía) garantizan a Soros el desprecio de los economistas serios, la displicencia de sus colegas financieros, el silencio de los intelectuales y el embarazo añadido de los popperianos, que no saben muy bien qué hubiera pensado o dicho el maestro ante un discípulo tan atípico como Soros. Y, sin embargo, en su ensayo en el Atlantic Monthly, yo no he querido ver ni la rusticidad académica que, al menos en teoría económica, es palmaria ni la obvia contradicción entre su contenido y la experiencia financiera de su autor, sino el encontronazo con un hermano, con alguien con quien se comparte la entrega mutua del poder de conversión. Sus palabras no son vanas y reclaman tanto mi atención como mi disposición a contestar con palabra llena y pesada.

No es fácil conversar así, y por ello he de ir con tiento. Aunque nadie lo discute es conveniente empezar por recordar que el sistema de mercado es un fenómeno cultural que no puede sostenerse sin el apoyo de algunos valores (como el respeto a lo ajeno) o de algunas instituciones (como la propiedad privada o los tribunales de justicia) que no surgen necesariamente en todas las culturas. Habría que continuar recordando que la sociedad abierta no sólo ha generado los valores y las instituciones que permiten el funcionamiento del sistema de mercado, sino que también ha procurado otros valores y otras instituciones que regulan y facilitan la convivencia en áreas ajenas al mercado. Los ejemplos podrían multiplicarse, desde las formas de cortesía hasta los ritos funerarios, pero no es necesario hacerlo para apercibirse de que son tan importantes que ni las mismas sociedades autoritarias han podido eliminarlos del todo. Soros es consciente de esto cuando dice que en otras épocas “la gente estaba guiada por un conjunto de principios morales que se expresaban en el comportamiento fuera del ámbito del mecanismo de mercado”. Parecería., pues, que el mercado no agota el contenido de la sociedad abierta.

Pero es ahora cuando emerge la amenaza capitalista consistente en el enervamiento de esos valores propios de la sociedad abierta, pero que no tienen que ver con el mercado y su sustitución por los valores del mercado. “Profundamente arraigados en la tradición, la religión y la cultura, estos principios no eran necesariamente racionales en el sentido de representar elecciones consistentes entre alternativas disponibles. Incluso a menudo no podían mantenerse cuando estas alternativas aparecían. Los valores del mercado han servido para minar los valores tradicionales”. Que la irracionalidad esté amenazada por la racionalidad es una afirmación poco propia en un popperiano; pero lo que me interesa destacar ahora es que, en esta idea, le seguirán todos aquellos -muy numerosos, por cierto- que, sin entender ni una jota del programa de trabajo de los economistas, acusan a la economía de ser la nueva teología.

Más adelante trataré de convencer a mi hermano y a quienes le jalearán de que esta amenaza capitalista a la sociedad abierta ni es inminente ni tan siquiera peligrosa; pero de momento quisiera seguir la lógica interna de su trabajo. Supongamos, pues, que el mercado ha llegado a ocupar el contenido entero de la sociedad abierta y pensemos en el límite. Como nada hay ajeno a la sociedad abierta y como, en el límite, ésta ha sido invadida por el mercado, nos encontramos con que todo es mercado, o todo es sociedad abierta, no hay nada exterior a ambos. El epistemólogo irredento que Soros deja traslucir surge aquí y se pregunta: ¿cómo explicar el mercado -o la sociedad abierta-?, ¿en qué se sostiene la sociedad abierta -? el mercado-? La falta de exterioridad prohíbe cualquier explicación de las que generalmente utilizamos: ¿cómo explicar el todo? Más específicamente: ¿cómo puede seguir siendo abierta una sociedad en la que no se pone en duda que se puede poner todo en duda?, ¿cómo compatibilizar este principio de poder dudar de todo con la imposibilidad lógica de dudar del todo? El triunfo definitivo y total de la sociedad abierta y del mercado haría de ambos algo incomprensible.

Pero el problema no es sólo epistemológico. En efecto, en el límite ya no hay sociedad propiamente dicha, ya que las sociedades derivan su cohesión de valores compartidos. Estos valores están enraizados en la cultura, la religión, la historia y la tradición. Cuando una sociedad no tiene fronteras, ¿dónde se podrán encontrar valores compartidos?”. Esta ausencia pone de manifiesto una vez más, ahora desde el punto de vista axiológico, lo incómoda que es la noción de la sociedad abierta cuando se convierte en universal. Notemos de paso que la última pregunta retórica pone de manifiesto que, para alguien como mi hermano Soros, los valores y las instituciones son siempre locales. Es curioso que no haya hecho uso de semejante convicción implícita.

El ensayo acaba preguntándose, como ocurre con toda muestra de pensamiento genuino, qué hacer. Puesto que ya no hay sociedades opresivas, parecería que ya no tiene mucho sentido predicar la sociedad abierta a través de una red de fundaciones. En efecto, “derivar una agenda (de actuación) política y social a partir de argumentos filosóficos y epistemológicos parecería una tarea sin futuro”. Pero el Soros activista, el que quiere modelar el mundo, no se rinde tan fácilmente y termina con una apelación al trabajo: “Los tiempos están maduros para el desarrollo de un marco conceptual basado en nuestra falibilidad. Donde la razón ha fracasado, la falibilidad quizá pueda todavía tener éxito”.
Esta reflexión en el límite por parte de un hermano te deja sin. aliento, pues no llama a cualquier respuesta, sino a un uso comprometido de la palabra, a una indagación intelectual a la altura de quien se pone en juego sin protecciones falsas. ¿Cómo dar con un pensamiento veraz y consolador?

Comenzaré por admitir transitoriamente el pensamiento en el límite. Creo sinceramente que antes de apelar a la falibilidad la razón tiene todavía un par de cosas que decir. La primera es que explicar el todo puede ser hecho de manera tradicional imaginando o postulando la existencia de otros todos. Esto parece una estupidez, pero es algo que, creo entender, han empezado a barajar los físicos que buscan una teoría del todo: hay otros mundos posibles y su posibilidad explicaría la realidad de nuestro mundo. La segunda es que hay explicaciones menos tradicionales del todo que también parecen racionales. Una, por ejemplo, sería argüir que un mundo sin exterioridad se sostiene por el desarrollo de instituciones (y valores) locales. Donde no hay caparazón se desarrolla una osamenta y nada prohíbe que haya valores e instituciones locales diferentes unas de otras y todas ellas compatibles con la sociedad abierta. Pero todavía se puede ser más consolador si renunciamos a elucubrar con lo que pasa en el límite. Pensar en el límite sólo tiene, gracia cuando el límite es un espejo -todo lo distorsionador que se quiera- de lo que nos pasa hoy y aquí. Para que esto sea cierto, sin embargo, deberíamos estar seguros de que avanzamos, y continuamente, hacia el limite. Y yo creo que no lo estamos.

En primer lugar, me gustaría reaccionar contra la idea de que la lógica del mercado está invadiendo la sociedad abierta. Aquí soy beligerante en contra de la indignidad de motejar a la economía neoliberal (léase defensora del sistema de mercado) como una nueva teología. De hecho se parece a la antigua teología en que ni una ni otra consiguen imponer lo que predican. En el caso de la economía hay montones de ejemplos de que la tradición dificulta la implantación de mercados. Como muestra baste el botón de la imposibilidad de establecer aquellos mercados de derechos a solucionar que podrían contribuir a solucionar el problema medioambiental. No creo, pues, que el peligro del mercado, tal como antes avanzaba, sea inminente. Es más, me gustaría ir más allá y afirmar que no me parece que el avance del mercado sea peligroso. Frente al peligro remoto de llegar a comerciar con mercancías sagradas están los beneficios inmediatos y tangibles de desacralizar algunas instituciones. Sustituir el respeto ancestral de la esposa al esposo por el respeto mutuo puede entenderse como la sustitución del valor sagrado de la familia (que necesita una sola cabeza) por un valor mercantil propio de un contrato. Yo creo, con la veracidad que exige esta conversación con my brother Soros, que los hijos de familias contractuales salen más libres y menos traumatizados que los de las familias tradicionales.

En segundo lugar, la continuidad no está nada clara. No veo que nos vayamos acercando a un mundo como el que parece intranquilizar a mi hermano y en el que el exceso de transparencia parece cegar la comprensión, la inteligibilidad, además de acabar con los valores sociales cayendo en un atomismo solipsista. De detectar algún avance continuo, más bien vería yo un acercarse hacia un mundo en donde el respeto mutuo garantice el pluralismo cultural y las diferencias locales. Quizá un mundo así contrasta con nuestras ideas tradicionales de la verdad y con nuestras teorías sobre la acción correcta; pero a mí me resulta muy simpático y sumamente adecuado para que el actuar recupere todo su significado. Me gustaría acabar examinando en el límite el funcionamiento de este mundo.

Me resulta simpático un mundo donde hoy puedo ser politólogo y mañana literato; hoy financiero y mañana filósofo; hoy pobre y mañana rico; un poco como mi hermano Soros. Un mundo donde las modas cambian y donde no me siento mal si hoy Buda me consuela más que Cristo y mañana, quizá, pasa al contrario. Éste es un mundo que, al poder ser cambiado, da pie, deja espacio a la acción henchida de sentido. Actúo porque, como el ‘ escapado del pelotón ciclista, voy a llevarme a otros detrás y ello va a dibujar nuevas y adorables formas multicolores.

La teoría de la acción que puede dirigir mis actos ya no es la tradicional basada en el plano inclinado como metáfora central de la mecánica clásica de la causa y el efecto, sino que corresponde a la comprensión de la interacción social entre agentes racionales, pero miopes e inerciales, que configuran pautas sociales cambiantes. Su metáfora es más bien la de la dinámica de fluidos o la del paracaidista en caída libre: la gravedad está muy lejos de ser su destino y no hay cabo que le ligue al pasado, sólo hay la posibilidad de desplazarse a velocidades de vértigo en cualquier dirección con el mero movimiento de un dedo. Enseñar a cómo mover los dedos e iniciar la formación de convenciones sociales que organicen el tráfico de paracaidistas en caída libre es la tarea de quien hoy quiere, como ayer quiso my brother Soros, contribuir a dar forma a ese mundo en el que, efectivamente, no hay ancla que nos permita permanecer quietos mientras todo fluye.

Para terminar, me gustaría decir que creo sinceramente que la descripción que he realizado del trabajo de Soros no violenta la explicación que él mismo ofrece a Vargas Llosa (EL PAÍS, 26 de enero y 5 de febrero), sino que la refuerza, es congruente con las ideas geopolíticas que tanto parecen interesarle (¿cómo arreglárselas sin tener enemigos?), y permite dar cuenta de la referencia a Hegel con la que abre su ensayo: “En la filosofia de la historia, Hegel identificó una pauta histórica turbadora: la ruptura y la caída de las civilizaciones debido a una intensificación mórbida de sus propios principios básicos”. Creo, pues, haber contribuido a que sus ideas sean tomadas en serio y espero que mis acotaciones sirvan para contemplarlas desde una perspectiva menos apocalíptica.

«Soros, my brother» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 24 de Octubre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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