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Sobre tecnócratas y políticos

Nos cuentan que en Grecia y en Italia, a fin de sacar a sus economías del marasmo producido por la crisis de la deuda soberana europea, se han formado gobiernos de tecnócratas. Y dentro de unos días el candidato del partido ganador aquí en España tendrá que decidir a quien pone en el gobierno. Pues bien, en este post quiero afirmar que la tecnocracia es como la cirugía vascular, puede arreglar alguna cañería, pero no sabe por qué esa cañería se obturó. La política sería más bien como la investigación básica que trata de entender por qué se obturó la cañería. Claro que estoy hablando de la buena tecnocracia y la buena política porque cuando simplemente nos representamos una y otra en el espejo de nuestra experiencia más próxima esa analogía hace aguas.

El tecnócrata de andar por casa prefiere verse a sí mismo como aquellos señores rectos que sacaron a España del aislamiento en los años finales de los 50 y que lo pudieron hacer porque habían oído hablar de algunas nociones de Economía que no se estudiaban en la correspondiente facultad casi recién creada y que eran ajenas al fondo de armario de los licenciados en Derecho que eran quienes manejaban el timón de la economía aislada española. Simplemente estaban más â la page. El político vernáculo no sabe verse como un investigador sino como un líder que arrastra a la gente por un camino que él cree lleva a alguna parte apelando a valores patrióticos. Si nos centramos en esta forma vulgar de hacer la distinción la elección que se nos impone es traumática porque en general se necesitan ambos: el tecnócrata y el político.

El tecnócrata nos va a decir, por ejemplo, que el sistema de relaciones laborales es mejor verlo como un mercado porque esto nos permite hablar de salarios de reserva, de intensidad de búsqueda de empleo y, en consecuencia, del interés que tiene simplificar el sistema. Y a sensu contrario, el político nos va decir que esa es una simplificación nada pertinente pues no tiene en cuenta el papel crucial de los sindicatos y no solo para el bienestar de cualquier trabajador, sino también para la paz social que permite al sistema funcionar aunque sus resultados se alejen un tanto de lo que serían si se tratara de un mercado de trabajo sin más.

Si, en este mismo tono, ahora pensamos en el sistema financiero, el tecnócrata está embebido en el diseño de un sistema de incentivos y de supervisión que permita el funcionamiento del crédito y desincentive las locuras y la contabilidad creativa mientras que el político procura quizás pensar en el mercado de votos y en la financiación de su partido tratando de arrimarse al banquero. En la naturaleza del sistema en que vivimos parece imposible conjugar ambos puntos de vista o intereses sociales pues no es posible tal como me dicen que afirmaba el último presidente de la AEB, Miguel Marín, un sistema financiero racional que tenga en cuenta los incentivos, que esté integrado sin que se pueda poner fronteras a las operaciones y que no estalle por algún lado. Para que la explosión no se dé es necesario que, o bien haya fronteras y se imponga la soberanía sobre la globalización, o bien se prohíba el seguimiento de ciertos incentivos individuales. Alguien tiene que velar por el trade-off menos costoso y este alguien es la política.

Pero también podemos explorar la caracterización de tecnocracia y de política que he intentado al principio. La política sería una pensadora enfrentada a los ejecutivos. En este sentido la política en efecto está pensada para las situaciones imposibles, aquellas en las que se llega a una imposibilidad de decidir racionalmente porque conforman una paradoja o una decisión indecidible. El resto es administración que es otra cosa. Lo malo de este reconocimiento tan peculiar es que aflora una posibilidad del pensamiento mágico que acaba llamando al chamán.

Por esa razón es preocupante la apelación continuada al liderazgo. No se trata de pensar a martillazos como querría Nietzsche o de romper el nudo gordiano de un golpe de espadón como, sin dudarlo, hizo Alejandro, sino de reconocer que dados los sesgos cognitivos de cada partido político en un régimen de democracia parlamentaria, la única forma de acercarnos a una solución no traumática es escuchar casi todos los puntos de vista. Y luego rumiarlos con cierta rapidez. Yo no quiero chamanes o líderes carismáticos, quiero tipos listos y rápidos en pillar la onda.

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  1. […] muy pertinente en estas épocas de incertidumbres: si tendríamos que preferir la democracia o la tecnocracia (léase BCE y Mario Draghi) en la conducción de nuestros asuntos cotidianos. Finalmente en una […]

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