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Sesentayochismo del bueno

Desde que a través del libro de Alan Bloom, The Closing of the American Mind, me dí cuenta de que el sesentayocho era un peligro público para los conservadores que luego devinieron neoconservadores, no he hecho más que escuchar diatribas contra esa época que nos habría puesto en la decadente senda del relativismo, la permisividad y la vagancia egoista. Se trata de mi juventud y la recuerdo con una enorme simpatía cercana a la pasión pues, efectivamente, sentíamos pasión por cargarnos las correas morales, las obligaciones impuestas y las verdades indiscutibles. Y esta pasión se desbordaba hacia cualquier ámbito inexplorado.

Pensé todo esto cuando el pasado martes Jonas Mekas pasaba por la Enana Marrón para hablar de su cine. Durante mi época de jóven doctorando en la América profunda, los hermanos Mekas eran un mito del cine experimental que eran reverenciados por aquella isla de rebeldía que era Boulder, y especialmente la Universidad de Colorado (UC) en medio de un Estado superconservador. Además de la experimentación de los extremos de la conciencia, alli percibimos brotes de ecologismo con la celebración anual del día de la tierra al que asistían grandes poetas de la costa oeste, fumados e inspirados.

Tengo un recuerdo vago de un libro de estos hermanos en los que hablaban de las estrellitas que vemos al apretarnos los ojos como el verdadero arte de la visión, fácil de producir y de una pureza difcil de encontrar desde otra tecnología.Si la parece una tontería antes de anatematizar a estos hernanos lituanos emigrados, hagan la prueba.

De ellos nos hablaba quizá en el año 70 Stan Brakhage en unas calases de cine que ofrecía en la propia univesidad y para sus alumnos exclusivamente. No pueden imaginar la alegría que me proporcionaba dejar de trabajar en un modelo abstruso de crecimiento óptimo y caminar por la nieve con mi mujer hasta el lugar de las clases y escuchar teorías sobre el cine más abstrusas todavía. Brakhage nos hizo ver Nosferatu de Murnau fuera de foco o La pasión de Santa Juana de Arco de Dreyer ( con la maravillosas Falconneti y Antonin Artaud) para que apreciáramos la calidad de la sombras y el claroscuro imposible de encontrar, por ejemplo, en la Nouvelle Vague a la que Brakhage despreciaba con la posible excepción de algún Goddard. Y para apreciar esto nada mejor que Adebar de Peter Kubelka.

No éramos unos perfectos ignorantes pues ya habíamos sido expuestos a los experimentos de Javier Aguirre en el famoso cine-club de Ingeniros en Bilbao;pero stan brakhage conseguía escandalizarnos con su devoción por este Peter Kubelka, un austriaco realmente extraño con pinta de cura que aquel año acababa de montar Unsere Afrika-Reise, unos recuerdos africanos de 12 minutos ( un enorme porcentaje de su obra total de apenas 60 minutos) cuyo mérito principal resisdía en el montaje de unas aparentemente banales imágines.

Nunca olvidaré aquellas clases. Me dejaban en el adecuado estado de ánimo para proseguir mis estudios sobre modelos que, en cierto modo, remedaban estas experiencias visules. Nada literario había en ellos ni tampoco nada descriptivo de los detalles del funcionamiento de un sistema económico. Lo que había en ellos era un cierto sentido de las proporciones como en el cine experimental que acabamos de disfrutar había un sentido de las sombras y sus matices.

La economía que a mí me intesaba y las películas que veía me situaban en el centro de un mundo que yo creía era el centro de algo grande que se abría ante mí como el secreto de una pirámide a un arqueólogo. Nunca he vuelto a sentir una señal tan clara de estar viviendo en el sendero de la verdad.

El relativismo no se planteba como problema, lejos de dejarnos llevar por la vagancia éramos muchos los que estábamos dispuestos a trabajar hasta la extenuación para viajar por ese sendero recién descubierto. Y, en esa situación, ¿cómo no ser un poco permisivo con uno mismo?

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