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Sentido Común

El martes 3 de enero afirmaba yo, en mi sección de Expansion La Mirada del Economista y dirigiéndome retóricamente a Tom Burns, que “el sentido común es una mala estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones” y acababa insinuando que lo único sensato que podíamos hacer en este mundo convulso que todo lo confunde, era reanudar nuestros almuerzos periódicos.

Pero el siguiente viernes Tom pasó al ataque y terminaba su columna de los lunes en este mismo periódico afirmando que “el sentido común puede ser una fructífera estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones.” Parece que no estamos de acuerdo.

Yo apoyaba mi afirmación arriesgada contra el sentido común en una interpretación corriente del filósofo inglés del “common sense“, G.E. Moore, para tratar de diferenciar este concepto de versiones menos sofisticadas. Tom me replica con el ejemplo de Thomas Paine para quien la independencia de los EE.UU. era un caso de “sentido común“. Me temo que no tendremos más remedio que dirimir nuestras diferencias, una vez más, ante un steak tartare, muy picante en su caso y como para niños en el mío. Pero mis remilgos culinarios no pueden servirme de excusa para no preparar el almuerzo con un par de maldades previas.

La primera es que espero que no a todos los defensores del sentido común les espere un destino tan desgraciado como al pobre Paine quien, nos hace saber Tom, “tuvo que huir de Inglaterra; cuando volvió a su país, acusado de alta traición, y en París, los jacobinos de la Revolución Francesa, que tanto había alabado, le metieron en la cárcel. Murió… pobre, borracho y sin amigos.“. Desde luego espero que no sea el caso de Tom que, aunque tan idealista como su admirado Paine, ni incita a la independencia de nadie (que yo sepa) ni creo guste mucho de la Revolución Francesa.

Mi segunda maldad es que el alegato de Tom a favor del “common sense” de Paine le lleva a unas afirmaciones que, si no se tratara de él, serían quizá sospechosas para esos de los defensores del sentido común a los que yo trataba de criticar. Hablar de autodeterminación, de la identidad de las colonias como pueblo y de las torpezas de la metrópoli, especialmente en materia de impuestos, refleja que a Tom o bien le parece de sentido común que la América de 1776 y la Cataluña de hoy no son casos similares, o bien que ha adquirido esa independencia de criterio que permite decir lo que a uno le da la gana sin autocensura, o bien ambas cosas a la vez. Esta libertad de pensamiento y de expresión es lo que yo pedía en mi artículo. O sea que transformo la maldad en elogio y digo:¡Bravo Tom!

Pero terminado el aperitivo envenenado vayamos al fondo del asunto. Creo que Tom habla del “common sense” como argucia retórica y yo recelo de él en parte por eso mismo y en parte porque hay montones de asuntos para los que no sirve para nada. La admiración de Tom por Paine reposa desde luego en la sabiduría retórica que supo desplegar para presentar la ruptura independentista como una cuestión de “common sense“. Pero es curioso, pues no viene estrictamente a cuento, que también se regocije en ese liberalismo Smithiano que le llevó a defender con ardor un gobierno limitado que “en el ejercicio de su poder se reducía a asegurar la libertad (sobretodo la libertad de religión, que era una cuestión importante en los tiempos que corrían) y a proteger el derecho de propiedad“. A mi juicio habría que mantener separadas ambas cuestiones y verán porqué.

Respecto a la independencia no me resulta extraño que se produjera por razones de presunta explotación de la metrópoli, expuestas con apariencia de obviedades; pero me resulta más convincente pensar que estas presuntas obviedades pretendían encender la mecha de un nuevo patriotismo que necesita, como todos, un enemigo exterior. Si en lugar del sentido común el revolucionario Paine hubiera pensado con un poco más de detenimiento, algo nada común, hubiera sabido que, en la época colonial, en general la explotada era la metrópoli, y que la independencia podía alimentar el germen de una guerra civil cuando se lleva acabo sin pensarlo bien y por mero y resbaladizo sentido común.

Con relación al liberalismo económico, y a pesar de la sabiduría de Adam Smith, parece que el sentido común no ha llegado a captar algunas verdades sino todo lo contrario. En efecto, la planificación central parece de sentido común porque, en el peor de los casos, siempre puede imitar al mercado; parecería también de sentido común cerrar las fronteras si el comercio internacional nos hace perder oro; y parece hoy a la mayoría de la gente como algo de sentido común proteger la propiedad intelectual.

Hace tiempo que aprendimos, sin embargo, que el planificador central nunca imitará al mercado porque no puede por falta de información o porque no le dejan quienes le han capturado. Todavía hace más tiempo que sabemos que el mercantilismo era una falacia y que la apertura del comercio es buena incluso si se hace de manera unilateral. Y hoy estamos empezando a entender que la protección de la propiedad intelectual tiene límites más allá de los cuales es un barrera objetiva a la innovación.

O sea que termino sin ceder ni un milímetro. Recelemos del sentido común aunque fuera un pilar de la Common Law (cosa que no veo clara porque los jueces pueden ser tan torpes como los codificadores) y pensemos siempre a la contra, como cuando ante una pendiente cubierta de nieve nos lanzamos al abismo sobre los skies sin inclinarnos hacia la pared, que es lo que nos pediría un sentido común disfrazado de sentido de la supervivencia.

«Sentido Común» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 25 de Enero de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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