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¿Sentido común?

Publicado en Expansión, martes 3 de enero de 2006

No tengo un oído fino para el habla popular; pero creo haber notado que el discurso conservador de hoy en España utiliza profusamente el latiguillo del sentido común como prueba irrefutable de la corrección de sus propuestas y, más frecuentemente, de sus contrapropuestas o de sus críticas.

Detecté por primera vez el uso de esta locución hace más de dos años, cuando el entonces ministro de Justicia, un eximio jurista según me cuentan los que saben de esto, juzgaba de sentido común que cuatro faltas constituyeran un delito; pero desde entonces, me resuena todos todos los días. Era de sentido común participar en la guerra de Irak, así como defender Niza contra la Constitución europea y, desde que el PP perdió el gobierno, casi todas las decisiones o propuestas del PSOE, o de cualquier partido minoritario, son denostadas por evidentemente erróneas ya que chocan con ese sentido común.

Así pasó y pasa con el matrimonio homosexual, con la nueva Ley Orgánica de la Educación y, ciertamente, con las pretensiones del articulado de la propuesta del Estatuto catalán y, singularmente, de su preámbulo. Sería efecto de sentido común no llamar matrimonio a una unión entre personas del mismo sexo, no dejar pasar de curso a los vagos o incapaces, o negarse a llamar nación de naciones a la nación española, para no hablar de la defensa de Niza (en la que Aznar tenía razón aunque no por sentido común, sino por razones sofisticadas al alcance de muy pocos) o de la guerra de Irak de cuya falta de sentido -común o no- no quiero hablar ahora.

Pero el conservadurismo y la correspondiente reverencia ante el sentido común hace acto de presencia en todos los partidos. Por ejemplo, en el PSOE. Su secretario de organización, José (Pepín) Blanco, elogiaba, en El Mundo del domingo 30 de octubre del año pasado, el “retorno al sentido común del PNV” por no recuerdo que razón pero que, fuera la que fuera, no creo que estuviera avalada especialmente por ningún tipo de sentido común. Porque me incomoda el abuso de esta locución, me encantó leer ese mismo día, aunque esta vez en el El País, las siguientes palabras de Massimo Cacciari, filósofo y político de izquierdas italiano y bien conocido en los círculos filosóficos españoles. Decía Cacciari:

La fisolosfía ha sido siempre el ejercicio de modestia, distancia crítica, y después, ejercicio de liberación, porque te libera del sentido común.

Parece ser, por lo tanto, que ni Blanco ni Rajoy hoy, ni Aznar o Michavila en su día, habrían alcanzado la liberación filosófica y que carecerían de la modestia o de la distancia crítica suficientes como para escudriñar lo que hay debajo del “sentido común“, eso que podríamos llamar sus teorizaciones implícitas.

So what?“, que diría Tom Burns. Pues yo te digo, querido Tom, que en general, el sentido común es una mala estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones. En la página 71 del capítulo III de la edición en español de Camino de servidumbre (Alianza ed.), Hayek afirma, refiriéndose a la discusión entre individualismo y el colectivismo, que “el simple sentido común se revela como una engañosa guía” en dicho campo. Pero quizá lo que ocurre es que Hayek es un teórico que busca principios de aplicación universal y que, en consecuencia, es difícil que tenga confianza en un principio tan pobre como el que nos ocupa.

Paradójicamente, los conservadores podrían olvidar a Hayek y refugiarse en un Keynes que era un hombre capaz de modificar su opinión cuando los hechos cambiaban y que, en sus años de formación, había sido discípulo y más tarde biógrafo de G.E. Moore, el denominado filósofo del sentido común.

Filosofía de los conservadores

¿Podría, pues, resultar que los conservadores en general, y el PP en particular, resultaran ser filosóficamente keynesianos? Sería divertido; pero no creo que éste sea el caso, ni que pudieran serlo en el sentido de Moore. En efecto, el opúsculo que le dio fama (En defensa del sentido común) este maestro de la ética se revuelve contra las especulaciones metafísicas más esotéricas (como sería la duda de si el mundo seguiría existiendo cuando desaparezcan los seres humanos) y afirma contundentemente que hay realidades incontrovertibles como podría ser, para ser precisos, la existencia real, e independiente de mí, de Tom Burns, tal como muestra la indubitable ingesta de sendos steak tartars con la que nos regalamos menos frecuentemente de lo que deberíamos.

Pero, ¿le bastaban a Keynes estas evidencias para su Teoría General o para sus Consecuencias económicas de la paz? De ningún modo. La razón es obvia y está soberbiamente descrita por Manuel Cruz, catedrático en la Universidad de Barcelona, en las páginas 36 y ss. de su libro de 2002 Filosofía contemporánea. Le cito a salto de mata:

La verdad de las creencias de sentido común están fuera de toda duda; pero el análisis correcto de tales creencias, esto es, su exacta interpretación, está lejos de ser fácil. Moore pretende defender las creencias ordinarias, y no el uso ordinario en cuanto tal (…) si el sentido común necesita una defensa es porque no se basta así mismo -no es autosuficiente ni transparente-.

Que el PNV, según Blanco, haya retornado al sentido común es un ejemplo de que este último no es ni autosuficiente ni transparente. Aunque nos guste el nuevo tono de Imaz, no tenemos por qué pensar que vaya ser entendido como transparente por todo el mundo, aunque signifique una cierta ruptura con la estrategia de Lizarra. Posiblemente Blanco, se refiere a esto último; pero para muchos estará claro que esta ruptura no sea sólo un movimiento táctico, e incluso, cabe elucubrar que esos muchos pensarán que, en realidad, lo que a Blanco le gusta es la posibilidad que se abre de un nuevo entendimiento entre su partido y el de Imaz en el País Vasco. Esto último es, creo yo, lo que el sentido común de un Mayor Oreja le llevaría a entender en la expresión de Blanco.

No hace falta ser un seguidor de la filosofía de la sospecha o un deconstructor derridiano para darse cuenta de que hay que tratar de sacar a la luz las teorizaciones implícitas, las estrategias soterradas o los deseos subyacentes al sentido común de cada cual, si realmente queremos entendernos. Si no practicamos estas operaciones, la buena idea de Moore sólo servirá, tal como ocurre con otras muchas ideas sensatas, para atizarnos con ella unos a otros.

Soy optimista porque creo que podemos entendernos si no nos quedamos en la superficie de una idea que corre peligro de estar completamente vacía. Y soy optimista porque pienso que, por ejemplo, en el campo de la economía, que es el que yo conozco, no es tan difícil entenderse.
Teorías y sentido común

En economía, en efecto, tenemos datos y teorías sobre cosas como, por ejemplo, la financiación autonómica, el déficit presupuestario, las burbujas inmobiliarias, la defensa de la competencia, la independencia de los bancos centrales, la innovación o su diferencial con la eurozona, por mencionar unos cuantos asuntos que están hoy en candelero. Ahora bien, ni las teorías sobre estos asuntos ni los datos de que disponemos, tienen nada que ver con el sentido común, sino más bien son completamente opacos a los ojos de los no especialistas. No hay más remedio, por lo tanto, que hablar de ellos, difundir el estado del arte en su tratamiento y, finalmente sacarlos a la luz pública en una forma entendible aunque no obvia.

Sin embargo, yo no observo que nada de esto ocurra. Lejos de comportarse de una manera acorde con estas prescripciones, los políticos y los intelectuales públicos parecen tener interés en difuminar los contornos y velar la sustancia de estos asuntos. Y los científicos o profesores universitarios prefieren no involucrarse o encasillarse, unas preferencias lamentables y muy alejadas de la modestia que Cacciari atribuye a la filosofía, aunque, tal como está el patio, no dejen de ser comprensibles.

El resultado de todo esto es que incluso en economía acabamos estando en manos de los maestros del odioso sentido común. Es, pues, inevitable que nos domine en cualquier otro campo más ideológico y menos mesurable.

¿Qué hacer? Pues no se me ocurre nada más allá del steak tartare compartido, de escribir lo que uno realmente piensa de cada asunto y de esperar que los otros hagan los mismo. No tengo esperanzas en las dos últimas acciones y, en cuanto a la primera, tengo el horrible presentimiento de que puede dejar de practicarse. ¡Qué le vamos a hacer!

«¿Sentido común?» recibió 1 desde que se publicó el Martes 3 de Enero de 2006 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] El martes 3 de enero afirmaba yo, en mi sección de Expansion La Mirada del Economista y dirigiéndome retóricamente a Tom Burns, que “el sentido común es una mala estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones” y acababa insinuando que lo único sensato que podíamos hacer en este mundo convulso que todo lo confunde, era reanudar nuestros almuerzos periódicos. […]

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