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Sarkozy y la Heterodoxia

Publicado en Expansión, el 7 de agosto de 2007

No estoy seguro de que me guste Sarkozy, pero me gusta su heterodoxia. Esto no quiere decir que me guste todo su programa político. Yo, de ser francés, hubiera preferido una VI República como la que parecía propiciar Royal, con poderes de la Presidencia más recortados. No aprecio el usted en la escuela ni su frenazo a la integración de Turquía en la U.E. ni tampoco su lenguaje poco caritativo.

El Usted no garantiza el respeto y exigirlo es un mero voluntarismo destinado a fracasar porque no somos nosotros los que hablamos sino el lenguaje quien nos habla. La exclusión de Turquía como posible estado miembro de la U.E. me parece un error porque Turquía es nuestro mejor seguro de defensa, no contra los ataques desesperados, sino contra los de más largo alcance. Y me disgusta que llame canalla a los habitantes desintegrados de algunos barrios dejados de la mano de Dios.

Todas esas propuestas e ideas son heterodoxas; pero no es esa heterodoxia a la que me quiero referir. Tampoco me quiero referir a sus salidas de tono aunque me gusten. Piénsese, por ejemplo, en su asistencia personal a las reuniones del Ecofin o en la determinación con la que ha impuesto a D. Strauss-Kahn como sucesor de Rato al frente del FMI. Recordemos también la incorporación de ministros de la oposición socialista al gobierno de una Francia que parece presidir él a pesar de que solo (sic) sea el Presidente de la República.

Me quiero referir a su heterodoxia económica como ejemplo particular de esa reputación, consistente en hacer una y otra vez lo que se supone que es irracional y no creíble, a la que me refería en el articulo anterior (Credibilidad, Reputación y Heterodoxia, EXPANSION, 3 de julio del 2007). De un plumazo ha puesto en juego dos instituciones básicas que parecían estar en la raíz de la great moderation: el pacto de estabilidad y el ECB. Y me gusta que alguien con poder político ponga en jaque la presunta sabiduría de los economistas..

The great moderation es el nombre que en la jerga de algunas tribus de macroeconomistas se da a los datos macroeconómicos del mundo durante, digamos, los últimos 15 años. Ya no hay inflaciones desbocadas, los tipos de interés reales están bajos, el desempleo se va reduciendo excepto en las zonas consideradas oficialmente como pobres y los desequilibrios exteriores, con ser llamativos en algunos países, no son insostenibles en general. ¿Cual sería la causa de esta especie de bonanza inéditamente generalizada, ciertamente relativa y mal distribuida, pero bonanza al fin?, ¿deberíamos revisar nuestras ideas sobre el ciclo económico?

Para la ortodoxia bienpensante esta great moderation sería la consecuencia de las buenas políticas monetarias y fiscales llevadas a cabo en los países más importantes y en su exportación intelectual a casi todos los otros. Sin embargo, en mi opinión, y sospecho que en la de Sarkozy, esta bonanza no es consecuencia de la prudencia obcecada de los banqueros centrales ni de pactos de estabilidad forjados contra la naturaleza de las cosas, sino el efecto más aparatoso de la libertad de comercio que ha traído consigo la globalización.

Esto es lo que me propongo explicar superficialmente a la luz de algunas ideas que aprendí en los cursos de verano de la Universidad del País Vasco en San Sebastián, en una escuela de verano organizada por Javier Díaz Jiménez, Victor Ríos-Rull y Ramón Marimón sobre Using Economic Models to Make Policy Recommendations: Decades of Advancement?

Empezaré, sin embargo, por otro lado. En un mundo globalizado de verdad los desequilibrios fiscales pueden ser sostenidos perpetuamente y las reglas del pacto de estabilidad tienen menos sentido que cuando se firmó para incumplirse inmediatamente por aquellos países que más tronaban por su necesidad. Todo predecible en efecto ya que se trataba de un pacto nada creíble (por seguir usando la terminología que pretendía aclarar hace un mes) precisamente porque era irracional sostenerlo en ciertas circunstancias especialmente a la luz de las multas previstas.

Y en cuanto a los bancos centrales no sería malo recordar que no son estrictamente necesarios. Por un lado deberíamos saber que ha habido países con una estupenda política monetaria llevada a cabo desde el Tesoro a pesar de la aparente inconsistencia intertemporal que parecería entrañar. Es decir que predicar la necesidad de un banco central independiente es equivalente a recelar de la política como actividad digna y honrada.

Pero si esto es así nos topamos con un problema más general y de índole política que no se cura con instituciones de diseño. Y notemos, por otro lado, que los bancos centrales, por cuya independencia tanto se ha luchado, no serán necesarios en un futuro en el que la globalización y la liberalización del comercio hagan posible que la inflación deje de ser un peligro.

Y es aquí cuando entra lo que aprendí en San Sebastián. Aprendí que no hay manera de eliminar la incertidumbre y que hay que contar con ella en toda las direcciones incluyendo las que creemos ya más dominadas. Tanto el pacto de estabilidad como la independencia de los bancos centrales son dos ejemplos del voluntarismo de los políticos que se dedican a hacer política económica y cuya tarea es mucho más fácil si eliminamos grados de libertad. Y por eso se empeñan en tomar como un dato lo que es tan incierto como cualquier otra cosa. La manera de conseguir un mundo así de sencillo es construir una ortodoxia que sería de locos no aceptar.

Pero aun si uno está de acuerdo con esta última afirmación, cabe que simultáneamente uno sepa que esa ortodoxia no es ninguna verdad natural en contra de quienes claman bien que lo es, bien que sería bueno que el pueblo la tomara como tal. No me gusta ese paternalismo que no tiene nada de libertario y además la actitud que lo mantiene tiene un peligro evidente, pues si algún día se desvelara la falacia no estaríamos preparados para afrontar las consecuencia del descreimiento posterior.

Por eso me gusta que los bancos centrales muestren signos de heterododoxia como cuando encargan a sus servicios de estudios que trabajen con modelos neokeynesianos llenos de rigideces. Se me antoja una muestra de incoherencia entre lo que predican y lo que hacen por dentro que paradójicamente me resulta refrescante desde el punto de vista de la política económica.

No se si hacen bien frecuentando esta especie de esquizofrenia; pero si algún día nos diéramos cuenta que la great moderation no se debe a su política sabia sino a la pura suerte, incluida la globalización, los resultados que ahora se van obteniendo y protocolizando pueden estar en el origen de una nueva manera de solucionar los problemas en lugar de agravarlos como suelen hacer los ortodoxos cuando alcanzan el poder.

Por eso me gusta que Sarkozy, utilizando el enorme poder que tiene, se cargue alegremente dos de los dogmas más cuidadosamente predicados. No piensa cumplir lo último que se ha pactado en relación a las cuentas públicas y se permite dudar de la figura sagrada de un banco central. Me encanta pensar que se trata de una persona que sabe que donde no cabe lo absoluto tampoco caben sustitutos bienintencionados, de alguien que sabe que los juegos malabares se hacen con muchos palillos simultáneamente y que querer hacerlos con solo dos o tres no vale y de alguien finalmente que cree que la solución de los males económicos de su país son las reformas de verdad, las que miran al levantamiento de barreras a la libre práctica de los negocios.

En resumidas cuentas, que cuando los jóvenes economistas bien formados en el diseño y uso de modelos dinámicos y estocásticos de equilibrio general incorporan una multitud de rozamientos y desajustes keynesianos por encargo de los propios bancos centrales y cuando personajes como Sarkozy recuerdan en la práctica la afirmación de Keynes de que cuando cambian las circunstancias hay que cambiar de opinión, quizá va siendo hora de dejar de pensar que la macroeconomía puede liberarse de las incertidumbres e ignorancias propias de una reflexión social y construirse como una ciencia natural y volver a la humildad del dentista que Keynes apreciaba como virtud propia del economista.

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