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Sangre… más sangre

Es posible que creas que, como dice tu lady Mcbeth particular, los que te sustituyen en la cúspide no se lo merecen y son unos sinvergüezas que merecen tu venganza cuando no hacen sino lo que tu hiciste. Es el bien general entonces la coartada que te precipita en el crimen y en el camino que solo lleva al suicidio y sin sombra de arrepentimiento pues tu eres el único que representa el bien general.

Ayer asistí a la segunda representación del Macbeth de Verdi en el Teatro Real con un lleno casi absoluto. Verdi, como siempre, me pareció una mezcla muy sui generis de lo sublime y lo pintoresco, en el caso de ayer un si es no es, escorado a esto último. Escoramiento éste que no va muy bien con la tragedia de la ambición, la traición, el crimen y la consiguiente culpa transformada en venganza. Los ríos de sangre no son muy creíbles cuando ocurren al son de una musiquilla como de alegres lavanderas no precisamente de sangre.

Sin embargo la puesta en escena me llamó la atención y creo que me gustó. Digo creo pues no puedo compararla con la de otras producciones. Antes de comenzar el espectador se encuentra ante un telón en el que discierne un mapa Google de una cierta ciudad (que me parecía como un laberinto) que sirve para decirnos sin palabras que, entre cuadro y cuadro, cambiamos de escenario al tiempo que se acerca al que toca en cada momento del desarrollo de esta historia de manos ensangrentadas. La puesta en escena en general y este regalo previo es la única forma de poner al día estos iconos musicales en un mundo que se desmorona por falta de heurística. Y esto explica, supongo, que las brujas como enviadas por el Averno para confundir al Hombre (Mcbeth) y ya sustituidas por Verdi por el coro, aparezcan en esta versión como el Pueblo, el que, contrariamente a lo que creemos observar en el mundo, es el que mueve la acción de principio a fin.

Desde las casetitas de baño que sustituyen al bosque, hasta el confortable saloncito burgués de los Macbeth visto como desde la ventana abierta por un diablo cojuelo, el escenario oscila entre un comic de calidad y la estética a lo Hopper. Todo sencillo excepto por el misterio de la arquitectura escénica que misteriosamente permite jugar a las muñecas rusas sacando una pieza de dentro de otra y despedazar la primera sin que los cascotes aparezcan en la segunda.

Pero lo que redime las caras sesiones de ópera en estos tiempos empobredcidos es que nos hacen pensar, cuando lo hacen, en lo que el libreto dice, cuando dice algo, y en lo que quiso decir el autor original, ene este caso Shakespeare, a pesar de que la música te desvía la atención. Yo iba buscando esta frase (Macbeth Act 5, scene 5, 19–28)

Life’s but a walking shadow, a poor player,
That struts and frets his hour upon the stage,
And then is heard no more. It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.

Y especialmente eso de que «la vida es un cuento contado por un idiota y lleno de ruido y furia» que, mira por donde, me recordó a algo que dijo Solchaga desde la tribuna del Congreso allá por el 92 en contestación a Rato y olvidándose de terminar con la falta de sentido que el bardo dice reconocer en esa vida de la que escribe.

¿Tiene hoy algún sentido la vida? No son momentos propicios para descubrirlo si por sentido entendemos un objetivo del tipo que sea. Y, sin embargo, eso que llamamos vida funciona hoy de una manera tan nueva que cualquier ocasión de mirarla de cerca debe ser aprovechada. La ambición desmedida está a la orden del día, o lo estaba, pues todo parecía posible a caballo de las TIC, de la formación de comunidades en red que éstas propiciaban y de los posibles rendimientos a escala por parte de la demanda que, debido al efecto Mateo, permiten aspirara a dominar el mundo entero al menos durante un tiempo. Ahí está el quid de la futilidad de la vida, en que el mismo mecanismo que te lleva a la gloria en poco tiempo te precipitará en el abismo de la insignificancia. Es posible que no entiendas esto y creas que, como dice tu lady Mcbeth particular, los que te sustituyen en la cúspide no se lo merecen y son unos sinvergüezas que merecen tu venganza cuando no hacen sino lo que tu hiciste. Es el bien general entonces la coartada que te precipita en el crimen y en el camino que solo lleva al suicidio y sin sombra de arrepentimiento pues tu eres el único que representa el bien general. Tu error ha sido, piensas, no haber matado a más gente, no haber matado a todos pues mientras quede un solo testigo tu no podrás vivir.

Estas reflexiones, lejos de ser como unos ejercicios espirituales que te persuaden que la sangre llama a la sangre, conducen por otro camino. Como hoy es imposible ocultar tus fechorías o tu identidad o tu privacidad, no merce la pena comerse los puños tratando de ocultarlas o clamando al cielo por la defensa de lo privado. Esto se ha acabado y cuanto antes entienda uno que su intimidad no es suya antes seremos libres, libres de derramar sangre o de no hacerlo.

«Sangre… más sangre» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 6 de Diciembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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