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Salarios relativos: el caso de Wolfowitz

Le recordamos como el gran neocon americano hortera.

Fue el arquitecto intelectual de la guerra de Irak como preludio para extender la democracia en el medio-este, zona crucial por sus reservas petrolí­feras y por su importancia en el problema geoestratégico que planteaa el Islam. Pero también chupa el peine para que el retoque de pelo quede mejor esculpido y tiene tomates en los calcetines. Si es que los neocones no son la clase bien americana. Son más bien taxistas con estudios.

Pero lo que me importa ahora es su desparpajo para subirle el sueldo a su novia hasta el punto que ésta parece que ahora gana más que su nueva jefa, la Secretaria Estado Condoleeza Rice.

El caso ha puesto de manifiesto la beaterí­a ambiental empezando por uno de los editoriales del F.T. del 13 de abril que pide su dimisión debido en que no tiene credibilidad para predicar la lucha contra la pobreza. A mi juicio la honradez no tiene nada que ver con las reglamentaciones del Banco Mundial que el señor éste parece haberse saltado.Pero es que cuando se reglamenta ocurre que, como siempre hay maneras de sortear esa reglamentación, la corrupción se ensancha en vez de permanecer encapsulada.

Lo que está verdaderamente en juego es la cuestión de los salarios relativos. A grandes rasgos y en dólares, dirí­amos que, como media, la gente en la administración gana 150.000, los grandes investigadores unos 300.000 y los CEOs unos 900.000. Ya se que estas cifras serí­an medias en el mejor de los casos y que, dada la dispersión, habrí­a como un continuum de salarios; pero esta consideración empañarí­a la nitidez del análisis a la que aspiro.

Por lo tanto tomemos esas cifras como la parrilla de opciones que se presenta a una persona jóven y brillante . Ahora quiero preguntarme, aparte custiones morales, si este escalado es adecuado socialmente hablando. ¿Asigna bien el talento?

Mi respuesta es negativa.

Lo ideal serí­a que cada uno fuera retribuí­do de acuerdo con su coste de oportunidad, es decir de acuerdo con lo que obtendrí­a en su mejor alternativa de empleo o, lo que aunque no lo parezca es lo mismo, de acuerdo con la media de su aportación a las diversas coaliciones productivas que se pueden formar.

Pero este ideal no se cumple. Por un lado la competencia está desvirtuada por montones de restricciones que no permiten que se eliminen todas las rentas o ventajas injustificadas. Por otro lado (y vuelve a ser lo mismo) no todo el mundo puede formar parte de todas las coaliciones de forma que el valor de Shappley no concuerda con la asignación competitiva.

Es este punto el que más claramente revela lo que está pasando con la distribución de la renta. El incremento de la desigualdad que se observa y que se revela en los datos aproximados que he expuesto, tiene que ver con el hecho de que no todo jóven sobradamente preparado tiene acceso en igualdad de condiciones a los tres ámbitos a los que me he referido.

Ya sé que hay cierto trasvase entre la administración y el big business y a veces incluso entre la academia y la administración; pero en general son cotos cerrados en sí­ mismos por razones de puro networking. Es decir simplemente porque a nadie se le ocurre llamar a un académico para formar parte de un Consejo de Administración relevante y mucho menos dejar que un ejecutivo se dedique a la administración, que se asigna según méritos polí­ticos, o imaginar que un pobre gestor público o privado vaya a resultar un investigador creativo. Estas gentes no se cruzan en la vida social.

Hay razones para ello; pero merece la pena llamar la atención sobre el hecho de que con esa segmentación social nos estamos perdiendo las ventajas de la diversidad y la riqueza que introduce a través de las distintas maneras de enfocar problemas.

Quizá sea solo una trivialidad; pero yo siempre he tenido tentaciones de disertar sobre las ventajas de la división del trabajo de acuerdo con la ventaja comparativa invertida.

Pero me desví­o. Lo que querí­a decir es que la indignación moral contra el pecadillo de este inteligente y revolucionario neocon hortera es una muestra más de que lo pequeño no nos deja ver con nitidez los verdaderos problemas serios. Hasta tal punto esto es cierto que a veces pienso que la indignación moral no es sino una táctica de los que tiene rentas que perder.

Lo importante es, creo yo, dejarse de moralinas y de incitaciones a las dimidiones y poner los medios para que la competencia haga su trabajo. Posiblemente en esas condiciones Paul Wolfowitz fuera un pobre profesor loco en un universidad perdida o un taxista en NY, como aquel personaje de Sommersett Maughamy fuera feliz con su novia.

 

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