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Romero Hicks: Un día en la oficina

UN DÏA EN LA OFICINA

Desde las siete de la mañana estoy en mi despacho. Como vivo a quince minutos a paso ligero, me basta con poner el despertador a las seis y media para incluso tomar el primer exspresso del día en mi cocina mientras escucho las noticias. La sensación de ser el único tripulante del edificio de la Cancillería de la Embajada de España en Italia durante más de dos horas es de una euforia indescriptible. Al menos para mí. Sobre todo en invierno cuando todavía es de noche, y puedes concentrarte sobre algún documento bajo la luz artificial de tu pantalla. Y la garantía de que ningún cretino puede interrumpirte. Especialmente cuando se trabaja en algún dossier delicado como el que hoy está abierto en mi ordenador y sobre la mesa.

En realidad Lla vida en una embajada imagino que tiene algunas semejanzas con la de una tripulación de un submarino nuclear. Te embarcas con gente que no conoces en un entorno físico muy pequeño, por un período de tres años y el resultado final es desprecio, odio y estrés. Bueno, al menos en esta cancillería se puede fumar en los despachos, aunque sin hacer alarde de ello o más bien negándolo jesuíticamente. El Embajador es fumador de habanos y no tiene ya energía para hacer la vida difícil a los demás. Esas son sus únicas pero capitales virtudes. Es un hombre que me resulta cómodo y que de hecho está fuera de mi cadena de mando. Oficialmente me ocupo de escudriñar la galaxia Berlusconi y calibrar si se produciría un gran vacío de poder cuando eventualmente – todos somos mortales – desaparezca, quien ocuparía este agujero negro…Een fin esas cosas. Pero hoy estoy repasando el expediente “Khaled” que recobra vida y quizás me lleve a organizar una estancia en la más eterna de las ciudades. Al-Qahira. Cairo.

En realidad, el nombre exacto que esconde este asunto en mi disco duro es “The coffin of Khaled”, y su apariencia para cualquiera que no sea experto en criptografía es la de una novela exótica, al estilo de Agatha Christie con un toque de “Drácula”.La clásica afición de un diplomático desocupado y que se cree que “escribe bien”.Y qué pérdida para la humanidad sería que no lo demostrase con una novela cosmopolita. Excelente camuflaje. Un funcionario español en Roma es con toda probabilidad el diletante por excelencia con sueños de grandeza literaria o artística.Y si no , sólo le queda el futbol y las prostitutas romanas auténticas, que empiezan a escasear…

No deja de ser cierto, que una vez traducida “en claro”, la realidad del caso Khaled sería bastante presentable como intriga y con posibilidades de ganarse un buen puñado de euros con el Nadal. Pero como muchos de sus personajes están fuera de las cárceles y bien armados, parece que toca olvidar la fama literaria y volver a jugar un poco al ajedrez con mis amigos árabes. Digamos que de repente las piezas han sido cambiadas de lugar y se retoma la partida donde no la dejamos. Pero todo con respeto y sin forzar voluntades. Aparecer de nuevo, retomar complicidades, seducir, comprar…todo salvando caras y asegurando protección.

“Say whatever you want. But say it nicely”, me dijo una vez un tipo en Mexico D. F. mientras me apuntaba con su inmenso Walter PPK…Tuve el valor de decirle “¿Por qué eres tan viril, García”?. Yy la suerte de que no notara sarcasmo alguno, creyendo que obedecía sus instrucciones. “Say it nicely”…Y sí que seguí sus instrucciones al detalle…Aquel día. Pero me quedo un mal regusto en la boca, y tres días más tarde pagó su factura con intereses. Pero eso es de hace tiempo. Me viene ahora quizás porque con los árabes todo conviene hacerlo “nicely”.Con respeto y sentido de los tiempos. La vida y la muerte se administran con respeto. Y a su ritmo. Sin precipitaciones. Nicely.

Necesitaba al menos tres semanas par husmear y sumergirme en ese mar de cemento gris, en las barcazas del Nilo, y quizás lo más útil sería que mi amigo un poco por mis oasis habituales en ese mar de cemento gris, y quizás la coartada más compacta sería que mi amigo Rex K., en la embajada de los Estados Unidos, me consiguiera un curso de un mes en la American Cairo University. Cualquier cosa. La crisis económica mundial y el mundo árabe. Algo así. Me alojaría primero en el FTour Seasons de Giza para relajarme un poco y contemplar desde la terraza de la piscina la migración estacional dever que amigos saudíes visitando a sus amantes o prostitutas, por estas fechas de más calor ahora. Después ya vería. Mi apartamento en Manial, quizás. La verdad es que me excitaba volver a aquel gran infierno bullicioso por un plazo corto de tiempo. Volver a ver ese río…

Ahora quedaba lo más difícil. Obtener permiso de Madrid para volar debajo del radar de nuestra embajada en Cairo. Me empezó a doler la nuca fuertemente mientras examinaba formas alternativas de plantearlo sin provocar muchos por qués. Me tomé dos comprimidos de fiorinal codeína y esperé que dieran las ocho en la iglesia de al lado para llamar a mi número en el norte de Madrid. Aunque casi nadie lo sabe, hay algunos funcionarios que madrugan mucho. O que no duermen.

Encendí un pequeño Cohibas y me serví un Clooney- Espresso. Me acordé de una de las canciones favoritas de mi hijo – “I Wish I Was James Bond Just For A Dayy” del grupo Scouting For Girls. Marqué el número. “¿Sí…?” Emitió una voz familiar al otro lado.”¿Con quién hablo? “ ¿ Rrespondípuse yo, según el código convenido. Sonaron dos carcajadas

Y algún “Ccabrón, ¿cómo estás despierto?”.Fuimos directo al grano y obtuve luz verde para todo menos para excusarme de no tener a nuestro embajador en Cairo al corriente de mi presencia. Por supuesto, todo sobre la base del hablar sólo de fútbol. Y de la crisis financiera mundial. Obtuve que sin excepción, el resto de la Embajada ni supiera ni se cruzara conmigo o en caso de cualquier improbable coincidencia, miraran para otra parte y – sobre todo olvidaran. Yo mismo me ocuparía de comunicar el detalle de los encuentros indeseados. Colgamos y terminé de fumar el puro en el balcón de mi despacho. Ya no me dolía la nuca.

Tardé aproximadamente una hora en hacerme a mano unas notas del expediente “Khaled”, unos croquis con lugares y direcciones de interés con las coordenadas en una curiosa variación de mi última clave y fotocopié algún material más complejo que podría serme útil. Lo guardé todo en una vieja agenda de escritorio de color amarillo siena, que justamente me había servido de diario en Egipto. En aquellos tiempos escribía poesías sobre el río mientras lo contemplaba discurrir, lento, bajo el balcón de mi casa. Ahora quizás tendría ocasión de volver tras de todo eso. Quién sabe.

Me apresuré a ordenar mi despacho y dejarlo tan anodino de papeles como lo habríaría encontrado ayer tarde la mujer de la limpieza. Pasadas las nueve mi secretaria entró tras rozar la puerta con los dedos. Me sorprendió que no se hubiera quitado su abrigo y observé como colocaba un termo de acero, unas tazas de cartón y una caja de donuts sobre la mesilla de invitados. Se sentó en un rincón del sofá y empezó a servir un expresso doble para mí y un cortado para ella. Colocó cuatro donuts sobre un plato de cartón y quitándose el abrigo me invitó a sentarme en un sillón enfrente de ella. Cuando lo hice me dí cuenta que bajo el abrigo se escondía un mini-vestido de una especie de terciopelo negro, tan ceñido y escueto, que demostraba que Renata tenía un cuerpo espectacular, en el que desde su postura en el sofá ,el centro de gravedad se situaba muy río arriba de sus insolentes piernas. Me buscó los ojos, supongo, pero todavía dirigía yo mi vista hacia abajo, a la conjunción o quizás desembocadura de sus muslos, paralizado como quién contempla el lugar de un accidente.

”¿Qué pasa jefe? Es mi cumpleaños y le he traído el desayuno para celebrarlo juntos…¿Hay algo raro en mis piernas?” ,esto último dicho en cierto tono desafiante, que nunca utilizaba conmigo., Yy hacía bien en no hacerlo..

“Nada raro” respondí, ya recuperada la perspectiva de la vida diaria, tan banal y sorbiendo un poco mi café.”He comprobado que no te has puesto ropa interior negra, a juego con el vestido. Y me alegro, porque unas bragas negras siempre me deprimen.”

“No llevo nada.¿No era eso lo que miraba?

“No. Sólo comprobaba que la sombra negra no eran bragas negras, que detesto.”

Dejamos el tema de su forma de vestir, que siempre era un poco exagerada y me atraía a veces la cercanía no deseada de algún diplomático del área cultural. La verdad es que las mujeres normales se visten a menudo como prostitutas de lujo. A las que por cierto nunca he visto vestidas como oficinistas. En fin será que he visto pocas putas haciendo la compra…o no me he fijado bien. Tuve que poner fin a estas divagaciones, que empezaba a notar que en presencia del cuerpo de Renata, expuesto ante mí.en cierta pose de “oferta”, me producía una inoportuna excitación sexual. Tenía algo de prisa por acabar este sorprendente desayuno y despidiéndola con suavidad, le prometí bastante trabajo para hoy. Y a cambio la invitaba a una cena de cumpleaños en Bolognese a las nueve. Quedamos en vernos allí.

Ahora tocaba ver al Embajador. Subí un par de pisos y saludé con simpatía a Carolina, su secretaria.¿Puedo pasar a ver al jefe? Le sonreí.”Está de mal humor, pero puedes pasar.Te voy a anunciar antes…Ya . ya puedes.” Toqué la puerta con los nudillos hasta que oí su gruñido ritual “Adelante”.Recorrí los diez metros que me separaban de su mesa y le saludé con un amable “¿Qué tal Embajador”? Continiuó leyendo un papel que subrayaba de vez en cuando, y cuando le pareció digno, levantó la cabeza y me lanzó un seco ¿Qué quieres?

.Me dí cuenta en qué nivel de hostilidad nos movíamos hoy y decidí ser muy escueto. “Embajador…”,hice una pausa, para demostrarle que los tiempos los marcaba yo, aunque estuviéramos en su despacho. “No quiero hacerte perder el tiempo. Sólo contarte que en aproximadamente dos semanas me voy a desplazar a Oriente Medio por un periodo de unos meses. Estaré basado en Cairo. Tengo instrucciones de informarte a ti exclusivamente de que me voy. Nadie más sabrá nada. Para otras capitales tengo otras instrucciones.” Me callé y todo el lenguaje corporal de mi interlocutor empezó a demostrar una gran irritación ante mi silencio, que él sabía que era definitivo e innegociable.

“¿Qué instrucciones? Gritó.¿Y de qué va esto?.Su cara se puso roja, y algunas partículas de saliva cayeron sobre el documento que había estado leyendo tan atentamente. No tenía tiempo para enfrentamientos. Me levanté y le dije “ Embajador, eres ya un perro viejo. Indaga si quieres a otros niveles. No te lo recomiendo. Ya sabes cuáles son las reglas de nuestra relación. Vive y deja vivir. Tú no puedes hacerme daño y yo no quiero hacértelo a ti. Al fin y al cabo eres un fumador de habanos como yo. Por ahí tenemos algo en común. Que pases un buen día.” Antes de que replicase alguna majadería, giré los talones y huí del despacho. “Qué cretino obsoleto” pensé mientras bajaba a mi despacho evitando encontrarme con nadie. Estaba irritado. Me arrepentía de haber buscado la complicidad de los habanos con ese pelele.

La mañana transcurrió en gestiones de visados, reservas de hoteles y billetes de avión. Organicé un almuerzo con mi amigo Rex de la embajada americana. Le cité en Papá Giovanni a las tres. Reservé personalmente la mesa pero no pude oir la voz que esperaba…Las preparaciones del viaje a Egipto me producían una excitación extraña, similares a las que se sienten en la juventud antes de una cita con una mujer deseada, pero todavía fuera de nuestro alcance, quizás nunca anuestro alcance…Reservé dos singles con vistas al parque zoológico de Giza en el Four Seasons First Residency. Aunque todavía no se lo había dicho, me llevaba a Renata conmigo. Su utilidad en este viaje era tema en el orden del día de nuestra cena de hoy.

Ya eran las dos de la tarde. Ordené mi mesa. Dejé a la vista el dossier ”Berlusconi: la hora después” y unas cuantos libros biográficos sobre De Gasperi, Fanfani y Andreotti, para satisfacer la curiosidad de algún posible visitante, que en mi ausencia pasara por ahí. Nunca se sabe y el horario de comidas de las secretarias y en general de todo el mundo, es tan flexible, que propicia las visitas “in absentia”, especialmente las no deseadas. Salí a la calle y me dejé tranquilizar por el sol romano. Caminé sin prisa hacia el Panteón, comprando una Gazzetta dello Sport en mi quiosco habitual.,Todo iba bien. En orden.

Encendí un cigarro. Un Partagás serie especial. Paz interior y exterior. El humo gris del habano me calmaba y me definía un área de horizonte mío, que yo controlaba. Parecía imposible admitir la existencia paralela y simultánea del mundo árabe en pié de guerra no declarada, pero siempre latente, como una displasia escondida en nuestro cuerpo. En Roma, paseando tranquilamente por una ancha acera, con esa luz y las mujeres con sus provocativos senos, que los escotes de sus vestidos de primavera te ofrecían – por un momento tuyos…Aquellas diosas que poblaban tu camino urbano, que se te cruzaban mirándote con sonrisas de oráculo, difíciles de interpretar y que desearías conocer, aunque ahora se escapasen de ti para siempre, proyectadas por sus inmensos tacones. No , el mundo árabe debía ser una realidad paralela situada en la undécima dimensión…fuera, muy lejos de aquí. y ella reservaba.

«Romero Hicks: Un día en la oficina» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 23 de Marzo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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