Desde mi sillón

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Grupo de Cooperativas de las Indias

Romero Hicks

Se llama Romero Hicks y conozco todos sus datos. Si no fuera así no lo aceptaría como BGB (Blogless Guest Blogger). Espero sinceramente que este vehículo que ha elegido para dar a conocer su prosa no le defraude.

He aquí lo que podría ser un cuento corto o un capítulo de un libro moraviano.

UNA TARDE DE DOMINGO EN ROMA

Me había levantado muy temprano, con el ruido un tanto histérico de los pájaros de Vía Véneto y en cuanto estuve duchado y afeitado me dirigí al salón donde se servía el desayuno. Eran apenas las 7.15 y temí encontrarlo cerrado. Pero un brusco y algo militar paso al frente y la reverencia con la cabeza del uniformado maître, me devolvió la confianza en el buen funcionamiento de las cosas, en este tipo de hoteles donde siempre desde mi infancia en Madrid, me había sentido más seguro que en las calles. Aún siendo el primer cliente en llegar, el hecho de poder elegir una mesa cerca de la ventana y desde donde podía observar sin ser visto, me pareció un privilegio, que agradecí efusivamente con una disparatada propina. Me gusta como norma dar las propinas antes, para así señalar qué nivel de expectativas tengo sobre el trato a recibir.

Durante más de una hora me refugié en la lectura minuciosa de la gruesa versión del Financial Times del fin de semana, mientras consumía lentamente salmón ahumado con toast de centeno y después mortadella con queso de cabra. Cuando levanté la cabeza por primera vez para pedir un segundo expresso doble, ví que ya algunos clientes se agrupaban en diferentes formas en las mesas de alrededor, aunque sin hacer ningún ruido, como si esto estuviera tan prohibido como fumar. Y en verdad que lo agradecí. No me gusta ni hablar ni que me hablen mientras desayuno; en realidad hasta la hora del aperitivo Aunque en domingo prefiero incluso un silencio total.

Cuando salí del hotel para dar un largo paseo hacia el barrio del Panteón, era tan temprano en la cara de las gentes que se apretujaban para tomar su primer café, que tenía la sensación de vivir en otro huso horario, en una Roma alternativa situada mucho más al oeste, sobre el Océano Atlántico. En todo caso, paseaba por una ciudad vacía y soleada y sus aceras y calles parecían pertenecerme exclusivamente a mí. Encendí un Cohibas Maduro de los que me había regalado Inés al despedirme – en realidad en compensación por echarme de su casa – y tragué la primera bocanada de humo blanco con pasión. Era un ser tremendamente desgraciado, pero momentáneamente me sentía muy feliz. Caminé un poco más, pero enseguida me senté en la terraza de un café. El cigarro este me estaba gustando demasiado para fumarlo distraídamente. Con un expresso y una grappa y con el sol en rayo oblicuo sobre mi mesa, fumé y acaricié la hoja de tabaco con mimo y contemplé los variantes tonos azules y blancos del humo que salía de mi boca. La ceniza firme sobre la hoja marrón oscuro, se mantenía erecta dibujando superficies lunares que se hundían en su perímetro cilíndrico. Mi mente estaba vacía y libre de obligaciones. Como la de un astronauta que al ver de cerca la rugosidad gris o rojiza de otro mundo, ya ha decidido quedarse y no volver a la Tierra.

Creo que me dormí un buen rato y sólo me desperté bruscamente cuando las últimas cenizas del cigarro me quemaron el dedo índice de la mano derecha. Instintivamente metí el dedo en el vaso de grappa y le pedí la cuenta al camarero, que al ver mi pequeño infortunio me invitó a otra grappa y no me cobró nada. Eso sí me preguntó de dónde era y me confesó su admiración por Nadal. Al levantarme para irme, me lanzó un distraido “¿Usted es escritor, insomma uno intelettuale cosí…?. Le sonreí y me despedí con un gesto vago de las manos.

Caminé sin prisa hacia al Panteón, comprando la prensa española y la Gazzetta dello Sport y acabé tranquilamente mezclado y apretujado por turistas japoneses y catalanes en el interior de ese extraño monumento, que me recuerda a una nave espacial averiada y caída suavemente sobre las ruinas de la Roma medieval, que con la excepción del Vaticano, no era más que un poblacho de escasa importancia , y que ahora sin duda es el monumento más bello e inquietante de Roma. Sentí hambre de repente y busqué una mesa en alguno de los múltiples restaurantes y trattorías que rodean la s aceras de la Plaza del Panteón y todos habían cerrado ya su cocina. Cierto que eran pasadas las dos y media y que esto no es España.

Aún así necesitaba una comida relajada, sentado, deshilvanando cada artículo de la Gazzetta y dando un rápido vistazo a la prensa española. Además, y quizás esto era lo realmente importante, no tenía ningún plan para el domingo por la tarde, que se me empezaba a antojar tan eterna como la ciudad misma.

Callejeando por detrás de la Plaza de San Eustaquio, descubrí una calle muy estrecha – Calle dei Sedieri – por la que no había pasado nunca y allí, tras un grueso cristal veneciano que ocupaba una ventana en semicírculo, se veía una luz que al menos indicaba que el restaurante Papá Giovanni abría los domingos a mediodía. Entré, esperando ya otra cocina cerrada, y tras atravesar un largo pasillo me encontré frente a frente con un matrimonio bastante mayor que me sonreía apoyado sobre un brillante mostrador de bronce.

Sin dilaciones, pedí una mesa y cuando creí que me enfrentaría con otra negativa, se me dijo que eligiese la que más me gustase. Como sólo había una mesa grande ocupada al lado de la ventana, me situé en un discreto rincón con vistas al mostrador. El dueño se me acercó enseguida y por su mirada entendí que mejor no me demoraba mucho eligiendo un menú demasiado rebuscado. Me dejé aconsejar por él. Encargué una pasta muy simple con tomate y basílico y el plato del día, que eran unos callos a la romana. Me levanté un momento para ir a los servicios y lavarme la cara, y a mi vuelta encontré una suntuosa carpeta de cuero bermellón, a tono por cierto con la decoración algo sombría y lujosa del restaurante. Era la carta de vinos, que por su densidad y sofisticación, decidí no leer. Miré a mí alrededor y noté que las paredes del restaurante estaban literalmente empapeladas con una amplia colección- bodega de botellas de vino, lo que indicaba que esa bebida se tomaba muy seriamente en este local. No me apetecía mucho tomarme una botella entera de vino. Más bien prefería un whisky con hielo para compensarme por mis esfuerzos para encontrar una mesa en un restaurante tranquilo y de apariencia agradable y misteriosa, dónde descansar un par de horas antes de irme al hotel a dormir una siesta.

De repente una bella mujer de unos cuarenta años , se situó a mi lado, rozándome con su larga melena rojiza y envolviéndome en un fresco perfume de cítricos. Parecía ejercer de sommelier y se ofreció a ayudarme a elegir un vino. Me quedé mirándola a los ojos y le dije :”Cualquier vino tinto que usted considere apropiado. Ese es el que quiero.” Me regaló una sonrisa que no me esperaba. La miré otra vez con más intensidad y le pedí un whisky largo con cuatro piedras de hielo.”¿Alguna marca en especial?”, preguntó manteniendo la sonrisa.”Cualquiera que usted elija. Realmente es por prescripción médica”, contesté.”Muy bien” respondió, se dio la vuelta y desapareció tras la barra. Su aroma se quedó conmigo unos instantes. Me relajé y abrí la Gaceta dello Sport.

Muy pronto apareció una generosa dosis de whisky con una ración de embutidos diversos para acompañarlo. Me dejó la botella en la mesa. Era Old Parr.”Este es el que toma mi abuelo. Y tiene noventa y dos años. Debe ser “medicinal”…”.Me miró de arriba abajo, como calibrándome y se fue después de regalarme una sonrisa.

No sé cuanto tiempo me entretuve con la Gazetta. Me interesó mucho el partido de la noche entre el Inter y la Roma, que retransmitía Rai 3 a las ocho de la tarde, y decidí que lo vería en mi hotel. Ya se me estaba arreglando el domingo. No tardé mucho en consumir el whisky con el salami y una especie de salchicha seca que no conocía. Y en seguida llegó mi plato de pasta. Entonces reapareció la sommelier y me dio a probar el vino. Era un vino de la región romana y me pareció ligero y poco afrutado. Excelente le dije a ella.”Usted es capaz de adivinar mis gustos”. “No crea”, respondió.”Nunca hubiera adivinado lo del whisky de aperitivo. Es poco italiano”.”Ya, pero ya le explique que es una recomendación de mi cardiólogo. No piense que realmente me gusta….” ,repliqué con una sonrisa traviesa.

La comida transcurrió plácidamente y fue el dueño el que se ocupó de mí. Me preguntó con mucha curiosidad si me habían gustado los callos a la romana y le dije que eran excelentes y muy poco grasientos, no como los españoles. Como ya era el único cliente del restaurante le pregunté si había mucha prisa por cerrar o si por el contrario podía pedir un tiramisú como postre. Me tranquilizó con un “nessun problema”. Mi mujer y yo ya nos vamos porque somos viejos, pero mi hija cierra el restaurante y hoy no tiene impedimento para quedarse un poco más. Nos ha dicho que se ocupará de usted. Parece que le ha caído simpático. Esta confidencia me dejó pensativo un segundo, pero enseguida reaccioné levantándome para despedirles como si nos conociéramos de toda la vida. Retomé mi asiento y esperé la aparición de la mujer, que sin dejar de ser sommelier , asumía ahora un rango superior como hija de los dueños.

Se había cambiado de ropa y se dirigió hacia mi mesa con una botella de grappa en la mano y una caja de montecristos en la otra. Caminaba lentamente, como un torero cuando va a empezar a torear con la muleta, a solas con un toro agotado, pero peligroso, en una plaza llena de murmullos y expectación. Con una leve sonrisa se sentó enfrente de mí, colocó cuidadosamente la caja de puros, la botella de grappa y extrajo de los bolsos de su blazer negro dos pequeñas copas amarillas de cristal de murano que situó en el centro de la mesa. Todos los objetos parecían haber tomado una posición dictada por algún teorema geométrico. Y ahora parecía que la partida de un juego iba a empezar.

Yo no dije nada y me dejaba envolver por un magnetismo que emanaba de sus labios algo gruesos, que permanecían entreabiertos y por el ritmo de su respiración que atraía mi mirada hacia sus senos. Acercó su cara a la mía y dijo: “¿Por qué estás tan triste?”. No esperaba esta pregunta ni el repentino tuteo. No era consciente de estar triste, al menos hoy. Incapaz de adivinar a qué nivel de profundidad se requería una respuesta, le propuse un trato para ganar tiempo.

”Estoy en desventaja contigo porque no puedo ver la expresión de mi cara. Sírvenos una copa mientras yo voy al baño a mirar con calma mi aspecto. Ni siquiera sé qué estas viendo cuando me miras.” Sonrió algo sorprendida por mi inesperado enroque y accedió con una mueca divertida.

“Me parece justo aunque me temo que vas a aprovechar para preparar unas cuantas evasivas”. “¿Te sirvo grappa o prefieres seguir con whisky?”. Pero yo ya no la oía. Estaba estudiando mi cara en el espejo y no me decía nada salvo que ya estaba muy entrado en la cuarentena. O sea que mejor no acercarse a nadie…No conseguía detectar ninguna tristeza específica, pero si mucha seriedad y tedio. Aún así y quizás porque la situación lo exigía, me lavé la cara con jabón y me mojé el pelo, alisándolo hacia atrás como Michael Douglas, y decidí que triste o alegre, era mejor sentirme muy atractivo.

Al volver a la mesa me miró de arriba abajo con cierta sorpresa. “Casi me duermo. Y mírate como te has arreglado. ¿Has ido a la peluquería?. Veo que vienes a seducirme. No lo intentes hoy, por favor. Te convertirías en uno del montón.”

“No me encuentro con ganas de seducir hoy. Aunque quizás si me examinas de cerca, sea uno del montón, como dices, un cualquiera, vamos.” Sentí cierta rabia al decir esto, porque no lo pensaba y me disgustaba que ella estuviese de acuerdo. Miré al mantel y ví que tenía un Old Parr con hielo y que ella levantaba su copa de grappa acercándola a mi cara para hacer un brindis. Cada uno dimos un pequeño sorbo a nuestras bebidas y yo aproveche el calor del alcohol en mi garganta para continuar hablando…”Yo me gusto algo, porque no tengo alternativa mejor. Pero ni espero ni deseo gustar a nadie. Ni a ti, que me gustas mucho.”

Abruptamente y sin premeditación, había movido pieza. Me quedé atónito y esta vez le pegué un buen viaje a mi whisky. No sabía muy bien controlar la situación. No sabía si ya había pasado la línea de la seducción y noté que me empezaban a fallar las fuerzas del macho en posición de combate. Empecé a desear no estar allí.

“Gracias por decirme algo tan personal. Hacía tiempo que no lo oía de alguien que pudiera interesarme un poco”.Suspiró imperceptiblemente y mantuvo la mirada fija sobre su grappa durante un tiempo que se me hizo eterno. Para salir del impasse, le pedí permiso para encender un puro. Asintió con la cabeza sin apenas mirarme.

Después de algunas bocanadas y para sacarla de su silencio le agarré suavemente por debajo de la barbilla y obligándola a mirarme le dije con suavidad: “Mira, perdóname. He hablado demasiado. Soy un poco retórico. En realidad estoy de acuerdo contigo. Probablemente sea un hombre algo triste o melancólico. En fin, poco divertido como perro de compañía”.

Me miró fijamente a los ojos. No pude resistirlo y puntualicé: “Lo único cierto de todo esto es que me gustas. Me encuentro muy a gusto contigo. Desearía que esta tarde de domingo no se acabara”. Había ido demasiado lejos, lo sentí en un acaloramiento instantáneo, una especie de rubor emergente. Iba a retroceder con alguna fórmula sarcástica cuando ella sonrió feliz como una adolescente, acerco su cara a la mía y me besó los labios con decisión, dejándome probar unas gotas de una excelente grappa de Apulia. Prolongué la inesperada situación hasta que me faltó aire y mi mente incansable me pedía conocer el futuro inmediato.

Cuando separó su boca de la mía, bajó los ojos y me cogió las muñecas de las manos.”Apenas tienes pelos y son casi rubios”.Después se fijó en mi reloj, y sin ningún comentario, desabrochó el cierre y empezó a examinarlo lentamente, dándole la vuelta para observar el mecanismo en funcionamiento, que se podía ver a través de un cristal en el reverso de la esfera.” Me gusta tu reloj. No es el típico que usan los clientes del restaurante ni los hombres que he conocido. Es extraño y elegante.”Me sonrió con complicidad y dijo muy lentamente, como para que no se me escapara el contenido: “A lo mejor no eres triste y sólo misterioso y elegante. A lo mejor una actitud triste es elegante y la excesiva alegría es vulgar…”.Terminó sus palabras con un gesto de duda, como si estuviese escarbando en su pasado, en sus llantos y en sus risas, en sus amantes divertidos y en los tristes; en un balance de su vida quizás, que daba números rojos.

Como en off, sin querer despertarla de sus pensamientos, y más bien hablando con mi vaso de Old Parr, musité “ Ah! Los relojes. Son piezas interesantes. Prácticamente las únicas joyas que los hombres nos permitimos. Siempre me han gustado. Casualmente ahora acabo de escribir un cuento que se titula “Los relojes de los hombres de honor”.Siempre me ha interesado el mundo de la mafia…”.Levantó su cabeza hacia mí y dijo con cierta intensidad: “Soy mitad siciliana. Nací en Siracusa. Y por desgracia sé algo de ese mundo y no le veo ningún interés”.Me devolvió el reloj y comprobé que eran pasadas las seis de la tarde. Pensé que había que pensar en una estrategia de salida. La tarde había sido demasiado intensa y pedía algunos momentos de reflexión a solas.

“Me tengo que empezar a ir. Te propongo un brindis por nuestro encuentro “dije, levantando mi vaso de whisky. ”Brindemos con grappa. ¿Acaso no te gustó cuando la probaste en mis labios?”Sentí otra vez calor y asentí sin decir nada. Ella se levantó y rebuscó en las estanterías por una botella especial. Con un meticuloso ritual, que me trajo a la memoria la película “El mundo de Suzie Wong”, colocó dos nuevas copas, estas de color ámbar, la botella y una extraña caja de galletas de color amarillo, en una bandeja de plata, que depositó sobre la mesa. “Quiero tomar una galleta con mi bebida porque no tolero bien el alcohol a secas. Son típicas de Siracusa. Pero te advierto que hay que mojarlas en el licor o en el vino, porque son duras como piedras. No quisiera que te rompieras uno de tus bonitos dientes.”

Sin más preámbulos, los dos levantamos las copas que ella había llenado hasta el mismísimo borde y mojándome los dedos, pronuncié este discurso tan poco memorable: “Por mi bella y desconocida diosa de esta tarde de domingo, de la que sólo sé su mitad siciliana. Y cuyo nombre ignoro aún”.Ella manteniendo mi mirada, sonrió, mordió un trozo de galleta y brindó así:” Por mi elegante y triste caballero de hoy. Quiero saber más de ti. Yo me llamo Laura y tú te llamas Jorge, porque lo he visto en tu tarjeta de crédito.” El ser mencionado una vez más como “triste” me daba derecho a servirme una segunda copa de esta nueva grappa, que era muy excelente en verdad. Laura se limitó a mojar una de aquellas galletas en su copa y empezar a mordisquearla.

Yo la contemplaba mientras bebía pequeños sorbos de mi copa. No sé cuál sería mi expresión, pero Laura empezó una carcajada, mirándome y aproximándose a mis ojos hasta rozarme la nariz. En ese momento pronunció en voz alta mi nombre, pero exagerando la fuerte guturalidad del sonido “jota”: “JJJOORGGGEE …”.De repente noté una extraña parálisis en su gesto y la piel blanquísima de su cara se tornó carmesí. Me abalancé sobre ella, saltando sobre la mesa y le golpeé repetidas veces en la espalda al mismo tiempo que maniobraba con sus brazos, pero no conseguía que desaparecieran los síntomas de asfixia. Sin dudarlo la lleve a trompicones al cuarto de baño, donde la hice vomitar metiéndole mis dedos en la boca, hasta más atrás del comienzo de la lengua. Pronto su respiración volvió a la normalidad, primero como un fuerte jadeo, que poco a poco se fue calmando. Yo me quedé un buen rato sujetándola por detrás, intentando tranquilizarla, hasta que ella con un gesto me pidió que la dejara sola.

Me senté en la mesa un tanto agotado y me quité la chaqueta que se había manchado. Me pregunté cómo se sentiría ella por haber vivido una experiencia tan íntima con un extraño. Imaginé lo avergonzado que yo me sentiría y decidí evitarle un reencuentro inmediato conmigo en una situación tan desventajosa para ella. Le escribí una cariñosa nota con mi número de habitación del Hotel Eden y con mi teléfono móvil. Le dije que estaría localizable en mi habitación el resto del día y que esperaba su llamada. Ah, y que no sintiera vergüenza alguna porque yo era médico y ya había visto de todo.

«Romero Hicks» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 8 de Marzo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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