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Religión y Competencia

Publicado en Expansión, martes 1 de febrero de 2005

Lo que pretendo en este artículo es utilizar las ideas de Adam Smith sobre la instrucción religiosa para ilustrar una cuestión de incentivos -concretamente cómo alinear los beneficios privados con el interés social- que subyace a muchas discusiones sobre la manera más adecuada de proveer algunos servicios que parecen tener ciertas características públicas. Mi pretensión última es decantar un principio general que en el futuro me sirva para opinar sobre arreglos que se proponen en materias de educación, sanidad, o incluso justicia; pero como algunos problemas relacionados con la enseñanza de la religión en nuestro país parecen formar parte de una extraña confrontación entre la jerarquía de la Iglesia Católica y el Gobierno socialista, me ha parecido oportuno buscar el principio general que persigo en las reflexiones de Smith sobre el problema de la instrucción religiosa.

Antes de entrar en materia debo dejar constancia de que el Libro V de La Riqueza de las Naciones es un pozo de sabiduría del que nunca había bebido antes a pesar de que ocupa un tercio del total de la obra. No importa ahora la razón de mi descuido; lo que importa es que esa parte de La Riqueza puede ser tomada como un pequeño tratado sobre incentivos

En su capítulo 1 se discuten las mejores maneras para la provisión de diversos servicios entre los que se encuentra la instrucción religiosa que ocupa las páginas 740 a 766 del artículo tercero de la parte III de dicho capítulo en la edición de Cannan publicada por la Modern Library que es la que yo manejo. Hay una excelente edición española en Alianza Editorial, traducida por Carlos Rodríguez Braun (CRB), quien además contribuye con una introducción clarificadora, pero que desgraciadamente no contiene el total del artículo que nos interesa.

En la conclusión del capítulo, un par de páginas más delante de las citadas resume Smith su exposición sobre la instrucción religiosa con las siguientes palabras que tomo de la traducción de CRB:

El gasto de las instituciones de instrucción religiosa es evidentemente beneficioso para el conjunto de la sociedad y por ello podría sin ninguna injusticia ser sufragado por la contribución general de toda la sociedad. Sin embargo, este gasto podría ser totalmente financiado, quizás con igual propiedad e incluso con alguna ventaja, por aquellos que reciben el beneficio inmediato de esa instrucción, o por la contribución voluntaria de aquellos que piensan que la necesitan

Es decir, para empezar sabemos que para Smith es mejor que los eclesiásticos cobren una cantidad variable de sus clientes que proporcionarles un estipendio fijo a cargo del Estado. Pero quizás lo más interesante sea su argumentación.

Utiliza Smith una larga cita de Hume, aunque sin citarlo por su nombre, para distinguir aquellas artes y profesiones que son agradables para quienes las practican, además de beneficiosas para la sociedad, de aquellas otras en las que siendo de interés social su práctica no es atractiva para los individuos, y para afirmar que la instrucción religiosa pertenece a la primera categoría y que, por lo tanto, a sus “productores les debería bastar con la liberalidad de los individuos afectivamente vinculados a sus doctrinas y que encuentran beneficio o consuelo en su ministerio o asistencia espirituales” (p.743 de la edición de Cannan no incluida en la edición de CRB).

Pero esta situación les llevaría, siempre según Hume, “a tratar de extraer la mayor renta posible de la feligresía de manera tortuosa sin prestar ninguna atención a la verdad, la moral, o la decencia en las doctrinas inculcadas” (p. 743 de la edición de Cannan no incluida en la edición de CRB). En consecuencia, piensa Hume, lo más adecuado es comprar la indolencia de los predicadores sobornándoles con un salario fijo de tal manera que se limiten a mantener su “parroquia” sin tratar de captar nuevos feligreses.

Sin embargo, para Smith este arreglo recomendado por Hume no es el resultado de la razón, sino de las exigencias de la realidad política que imponen que aquella secta (terminología de Smith) que ayudó al político gobernante a obtener el poder en momentos de turbulencias político-religiosas, acabe siendo compensada con esa especie de estipendio fijo. Pero este resultado histórico no es el adecuado para él en general porque si no hubiera sido por la espúrea mezcla de política y religión, no contaríamos con una única secta, sino con muchas, tantas que el peligro de que cada una se financie como pueda no hubiera sido el abandono de la verdad o la moral. La cita en este punto es extensa; pero obligada.

El celo interesado y activo de los maestros religiosos sólo puede ser peligroso y problemático cuando hay nada más que una secta tolerada, o cuando toda una sociedad está dividida en dos o tres grandes religiones, y los predicadores de cada una actúan en concierto y bajo disciplina y jerarquía regulares. Pero ese celo debe ser totalmente inocuo cuando la sociedad se divide en doscientas o trecientas o quizá en miles de minúsculas sectas, ninguna de las cuales es lo suficientemente importante como para perturbar la tranquilidad pública. Los predicadores de cada pequeña religión, al encontrarse prácticamente aislados, estarían obligados a respetar a los de casi todas las demás, y las concesiones mutuas que descubrirían que les es conveniente y cómodo hacerse unos a otros podrían con el tiempo quizás reducir las doctrinas de la mayoría de ellas a esa religión racional y pura, libre de toda dosis de absurdo, impostura o fanatismo, que los hombres sabios de todas las épocas anhelaron ver establecida.

(p.725 de la edición de CRB)

Es decir, Adam Smith favorecería el sostenimiento de cada religión por sus adeptos siempre que el campo genérico de la religión estuviera disciplinado por una verdadera competencia que no solo excluye el monopolio o el oligopolio; sino que además implícitamente considera a éstos, cambiando abruptamente de campo discursivo, como parte de un capitalismo mixtificador que hoy llamaríamos de amigotes que acabaría elevando altas barreras de entrada. Pero volvamos al campo de la instrucción religiosa.

Los convenios entre Iglesia y Estado no parecerían ser del agrado de Smith ni siquiera cuando se limita a establecerse entre el Estado y una, dos o tres religiones. Estos convenios acarrean un pago fijo por parte del Estado y esto no generaría suficiente “producción” de instrucción religiosa. Si, por otro lado, el pago (variable) fuera sufragado por los miembros y simpatizantes de la secta, se corre el peligro de un exceso de celo en esa instrucción religiosa que, probablemente, acabaría trufada de superstición, a no ser que haya libre competencia y cada uno pueda organizar, de acuerdo con su libre iniciativa y sus creencias personales, su propia secta. No es de extrañar que, si este es el ideario del liberalismo, heredero de la Ilustración escocesa, la Iglesia Católica mantenga la condena que en su día dictó.

Quizá nuestras autoridades debieran reflexionar en los términos aquí expuestos; pero no veo yo a las autoridades políticas y religiosas de la España de hoy poniéndose de acuerdo sobre una política de libre competencia en materia de religión. Les veo más bien hostiles hacia estas ideas por lo que quizá no esté de más solicitarles que no descarguen su ira contra mí; sino en todo caso contra Adam Smith.

Pero también hemos aprendido algo menos espiritual, pero quizá más útil para la vida laica y de cuya deducción sí soy responsable. Deberíamos haber aprendido, en efecto, que hay servicios públicos deseables que pueden ser provistos sin demasiada dificultad por la iniciativa privada sin que su carácter de bien público sea una objeción seria para ello. Por ejemplo, para proveer cultura quizás tengan que florecer mil iniciativas o para proveer seguridad quizás deberían competir muchos negocios privados de seguridad entre sí. O, me atrevería a decir a fin de escandalizar un poquito, deberían florecer muchas iniciativas de justicia privada como son, por ejemplo, las iniciativas cada vez más frecuentes, de someterse ex ante a un arbitraje determinado.

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