Desde mi sillón

Un blog de «El Correo de las Indias»

Grupo de Cooperativas de las Indias

Recuerdos y Descubrimientos

Y la vida ha sido pródiga conmigo en muchos, sentidos especialmente en el de las mujeres. Siempre he vivido entre ellas, y eso me hace ser un chico aparentemente muy poco lanzado a la búsqueda del sexo, pues puedo muy bien pasear y charlar con ellas sin que parezca que voy a lo mismo que, como dicen, vamos todos los hombres. Esto les debe dar mucha tranquilidad, porque finalmente todas caen en mis brazos, en mis redes pensé, pero no hubiera sido cierto porque no les tiendo trampas, sino que puedo bailarles el agua como hacen ellas entre ellas.

Puente DeustoMe levanté con ella y sentí una sensación extraña cuando comencé a abrir la persiana del mirador y atisbé enfrente al gobierno militar. Quedé paralizado hasta que me di cuenta de que ya no había que ocultar timbal alguno en aquella casa camino del monte. La abrí del todo y dejé entrar esa luz tibia que a veces ilumina las horas tempranas de la Ciudad. Es lo que Machalen podía esperar para estos pocos días de ensayo que le habían concedido para que pudiera participar de ese concierto con el que se conmemoraba un cierto aniversario del abuelo, y sobre todo la nueva época de la Sinfónica que finalmente podría salir de pobre y explotar menos a sus socios y admitir a cualquiera que pagara una entrada razonable. Creo que casi nadie sabía que era el primer concierto de Machalen, y era mejor así, pues tampoco todo el mundo en la Ciudad estaba muy conforme con la decisión del Patronato de la Sociedad Sinfónica de darle un homenaje a alguien como el abuelo que nunca se había avenido a reconocer con un gesto que todo había cambiado ya.

Me llamó la atención que a pesar de que el abuelo vivía en el mejor sitio de la Ciudad, la distancia desde su casa al teatro no era mucho más corta que la que había entre este piso en el que pasábamos nuestras últimas noches juntos y ese teatro al que se tenía que dirigir Machalen para ensayar el programa que había seleccionado para el homenaje a su abuelo. Le acompañé a paso ligero y sin darle conversación, pues no me habría oído, pues estaba totalmente concentrada en la música que, pensaba yo, le bullía en la cabeza. Después de dejarla en su camerino, decidí dejar para el día siguiente lo de ir a Correos, y me incliné por bajar hasta la vecina ría e irme poniendo en situación a lo largo de un paseo por el muelle cruzándola ahí mismo, cerca del teatro, y volviéndola a cruzar por el puente de Deusto hasta llegar al parque de doña Casilda. Un lugar exquisitamente diseñado en el que había yo crecido hasta que comencé el colegio a una edad ridículamente tardía que, mira por donde, me había permitido aprender hasta quebrados con una profesora particular, escuchar a Salgari en la suave voz de mi señorita de compañía y todavía, antes de mudarnos a la margen izquierda, jugar en el parque como casi el único chico en medio de un grupo de chicas un poco mayores que yo que me jaleaban proporcionándome algo parecido a la felicidad.

Tenía tiempo de sobra antes de ir a comer a casa de mis padres, en donde habíamos quedado Machalen y yo, y en donde estaba seguro de que mi madre habría hecho preparar una comida exquisita que le diera pie a enterarse de lo que había entre esa directora de orquesta y yo, habida cuenta de que yo me iba a las américas, como ella decía, revelando su ascendencia indiana. Así que me demoré escuchando el rumor de la subida de la marea y el ruido de los barcos plataneros que atracaban enfrente de esa universidad privada de la que había escapado para ir a Salzburgo. Ahora lo veía claro: ¿cómo no intentar largarme si durante años me había distraído en clase observando las maniobras de atraque y desatraque de buques con matrícula de ultramar, o eso pensaba yo, de las islas Canarias por muy españolas que fueran? Cruzar a estas horas de mediodía el puente de Deusto en sentido inverso al camino que seguí puntualmente cada mañana desde la casa de mis padres hasta el aula, también despertó en mí recuerdos de aquellas paradas obligatorias cuando el puente se levantaba para dejar pasar esos buques cargados ahora de hierro, que aprovechaban la bajada de marea para facilitar la maniobra de los remolcadores, uno en la proa y otro en la popa.

Pero esos eran recuerdos de casi ayer, cuando lo que yo perseguía esa mañana, que seguía la alegre conversación que el día anterior ella y yo habíamos tenido por la parte del Instituto y el Conservatorio, era rememorar la niñez y la sensación de libertad que tuve o que creí tener a pesar de todos los cuidados entonces comunes en una familia del ensanche. Una libertad ficticia, naturalmente, pues jamás tuve permiso para bajar a la parte que llamábamos «los patos», o jugar al escondite en la Pérgola. Eran estos los lugares más meticulosamente cuidados, pero el desnivel del terreno me hubiera alejado de la visión de águila de mi cuidadora. Ya era hora de que yo por mí mismo echara un vistazo a esos lugares aparentemente prohibidos, pero que desde hace años yo creía percibir como inofensivos.

Y, sin embargo, las frescas corrientes de agua y el remanso del estanque no podían ocultar una extraña sensación de peligro localizado en una especie de enorme nido de pavos reales inaccesible en medio del estanque. Allí sin duda estaba el peligro, en esos bichos que además de pavonearse podían sacarte los ojos ante cualquier gesto que ellos interpretaran como agresivo. Una especie de aviso sobre la inseguridad que daban aquellos hombres desempleados o ya jubilados que paseaban por los arcos de la pérgola, disfrutando de esa joya tan cercana a los astilleros donde mi padre había trabajado toda su vida y con los que, sin duda, estos hombres aviesos podrían haber estado relacionados.

Tenía tiempo, así que tomé asiento en uno de estos bancos prohibidos y dejé volar el recuerdo y mi autorreflexión. Me iba de la Ciudad y lo hacía sin haber llegado a saber nunca el por qué de muchas de las reglas de conducta cuyo cumplimiento riguroso, sin preguntarme nunca por su razón de ser, están en el fondo de mi carácter alegre y abierto a todas las posibilidades que la vida me ha ido trayendo hasta ahora. Y la vida ha sido pródiga conmigo en muchos sentidos especialmente en el de las mujeres. Siempre he vivido entre ellas, y eso me hace ser un chico aparentemente muy poco lanzado a la búsqueda del sexo, pues puedo muy bien pasear y charlar con ellas sin que parezca que voy a lo mismo que, como dicen, vamos todos los hombres. Esto les debe dar mucha tranquilidad, porque finalmente todas caen en mis brazos, en mis redes pensé, pero no hubiera sido cierto porque no les tiendo trampas, sino que puedo bailarles el agua como hacen ellas entre ellas.

Camino ya de casa de mis padres para estar allí antes de que llegara Machalen, recordé una de estas amigas con la que pasé muchas horas sentado en ese bar del parque, en el que, además, se alquilaban bicicletas y al que sí estaba permitido acercarse e incluso alquilar una bici con la paga. Me encontré con ella muchas veces por la calle y siempre me recordó por el corte de pelo y desde luego por el conjunto de lana o algodón, sin duda adquirido en Biarritz, a aquella danesa que entretenía mis momentos de ocio a ese lado de aquella frontera que durante mucho tiempo nos separó a Machalen y a mí en aquella extraña ciudad de chocolate. Un día me atreví a pararle y se lo dije de sopetón frente a una barra de bar donde habíamos coincidido las dos pandillitas, la suya y la mía. Resultó que este atrevimiento mío juntó ambas pandillitas y se formó un grupo mixto de gente del ensanche que nunca han perdido el contacto. Caminando ya hacia el cercano portal de la casa de mis padres pensé que igual estaría bien contactar a alguno de ellos a pesar de que, seguramente, cada uno y cada una estaban en sus lugares de veraneo. Pero podría probar para despedirme de alguien y dejar así un ancla en esta Ciudad a la que, en ese momento, no sabía si volvería nunca. Ya lo pensaría mejor. Ahora tenía que abrazar a mis padres que debían sentirse solos sin ningún hijo en casa.

Mi madre abrió la puerta contrariamente a su costumbre, y después de achucharme a gusto, pasamos a la salita en la que mi padre solía pasar el día sentado en su sillón de ruedas y rodeado de sus cada vez más escasos entretenimientos. Esta vez el achuchón partió de mí, y mientras él, trataba de apretarme contra sí, me dijo haciendo un esfuerzo que solo llegó a susurro:

-Yo conocí al padre de Machalen.

Desde que mi padre dijo con su voz temblorosa que conocía o había conocido al padre de Machalen y yo conseguí procesar esa información, las cosas se sucedieron con rapidez. Yo llamé por teléfono a Machalen y por suerte la encontré todavía en el camerino. Se disculpó por la tardanza, pero mentí alegrándome de encontrarla, pues había sucedido un pequeño accidente con mi padre, se había atragantado con el hueso de una aceituna y tenía que llevarle al médico con cierta urgencia. Le sugerí que visitara a su abuelo, cuya casa le caía muy cerca del teatro, y añadí que trataría de posponer la comida para el día siguiente. Mi madre, por su parte, y una vez entendido que mi padre me quería hablar, llamó a una de sus amigas íntimas y se largó posiblemente para dejar que padre e hijo pudieran hablar con más confianza de algo que ella ya sabía y que no quería recordar.

Así que me quedé a solas con mi padre, el hombre de las sentencias definitivas que no solo parecía dispuesto a hacer un esfuerzo para lograr articular palabras sino que parecía querer hablar en el sentido menos corriente y más policial de desembuchar algo que había mantenido oculto. Comimos juntos y degustamos el buen menú que mi madre había hecho preparar para la ocasión. No estoy seguro de haber captado todos los matices que él parecía querer introducir dadas las toses y los atragantamientos, inevitables a pesar de mi dosificación precisa de lo que le ponía en la boca y de mis consejos continuos para que comiera tan lentamente como quisiera, pero sí que me enteré de lo importante. Mi padre y no pocos obreros del astillero habían constituído a partir de la caída de Bilbao una especie de grupito clandestino para la circulación de noticias de la guerra mientras ésta duró, y más tarde para el seguimiento de lo que ocurría al gobierno vasco en el exilio y su postura en la guerra mundial ayudando a los aliados mediante la utilización del idioma autóctono, cuya presencia en la calle disminuía a pasos agigantados, pues, o bien era considerado como de pobres por los señoritos, o bien podía ser razón suficiente para caer bajo la lupa de los comisarios políticos del momento.

Pero resultaba que no solo trataban de mantener viva la conciencia de quiénes eran ellos y aquellos a los que habían perdido de vista por el exilio, sino que pretendían organizar pequeñas acciones generalmente dirigidas a librar a gente afín de trampas que los nuevos mandamases tendían continuamente o de situaciones que les podían llevar a ser castigados, si bien no con el calabozo, muy posiblemente sí con el aislamiento social. El padre de Machalen era miembro de ese grupito no muy numeroso pero compacto y transversal socialmente, pues había tanto arquitectos navales como mi padre hasta obreros sin educación formal alguna y gente como el padre de Machalen, cuya profesión técnica, no necesariamente sostenida por titulación alguna, les hacía imprescindibles para el taller de calderería en el que trabajaba también mi padre y que, a pesar de su nombre que suena a oficio de gitano, era crucial para que el trasto del casco, fácil de construir, vogara sin peligro y complementara el timón para las viradas bruscas típicas de los amarres en días de galerna. Su posición en el grupito clandestino era la misma que en los talleres de calderería, sin él nada se hubiera hecho. Pero en este grupito no había nadie que le frenara sus iniciativas, y utilizaba utensilios o productos semiterminados del astillero para incursiones nocturnas en aventuras arriesgadas, como podrían ser meter gente exilada en la Ciudad o sacar a gente oculta para reunirla con su familia ya huida desde antes de la entrada de las tropas nacionales en la Ciudad.

Esta historia que, por la razón que sea, no me sorprendía tanto y que es relativamente simple, nos llevó toda la comida, incluida la tarta de limón que en casa salía tan bien y de la que mi madre estaba realmente orgullosa. El traslado de mi padre del comedor a la salita era fácil, pero su instalación en su sillón preferido en esa salita en la que esa tarde temprana brillaba al sol, llevaba su tiempo y exigía un esfuerzo por parte de mi padre parkinsoniano ya cercano a sus setenta años que aceleraba su ritmo cardíaco, y que tardaba en volver a su cadencia normal. Yo me aprestaba a echarme una siestita hojeando el periódico, pero mi padre no había terminado el cuento que hoy quería hacerme heredar. Ese hombre valiente, que además era muy guapo, había caído rendido ante la belleza gentil de una tal Magdalena con la que los clandestinos le tomaron el pelo durante meses y meses. Y entre bromas y veras y entre simples misiones sin peligro alguno y otras cada día más arriesgadas, resultó que Magdalena quedó preñada, y el padre de ese bebé que resultaría ser esa chica que yo les quería presentar y de la que les había hablado en mis cartas del último año, se volvió un poco loco e intensificó sus acciones audaces.

-Tu casi llegaste a conocerle aquella noche en la que a bordo de un remolcador propiedad del astillero conseguimos enderezar un pesquero.

Hice un esfuerzo de memoria y se me representó la escena aquella en la que había conocido a aparentes amigos de mi padre que, ahora pensaba, podrían ser parte de aquel grupito en el que me era dificil imaginar a este padre al que este relato parecía haber liberado un poco de su parkinson. Con la luz del sol en la cara continuó balbuceando que el que acabó siendo el padre de Machalen estaba en las rocas esperando a que el pesquero en el que habían sacado a unos cuantos hasta un buque de carga de matrícula de Panamá, volviera a poder ser utilizado para llevarlo de vuelta al astillero antes que sonara la bocina que llamaba al trabajo a los obreros del primer turno.

Mi padre debía de ser como el viejo mago de esta bendita banda, pues a los pocos días aquel joven no solo inconsciente sino también valiente, pidió a mi padre que le escuchara y le ayudara si le parecía bien a hacerse perdonar por el padre de Magdalena. Se le alegraba la cara a mi padre a medida que continuaba con su relato a trancas y barrancas y me descubría, para mi sorpresa, que en esta misión también había sabido del abuelo de Machalen. Era alguien bien conocido en la Ciudad, pues era profesor del Conservatorio y un músico crucial en la Orquesta Sinfónica, un músico que había estudiado percusión en Alemania. Quizá por eso fue siempre considerado como políticamente cercano al régimen de España y al eje en el conflicto europeo. De ahí la sorpresa que se llevó mi padre al ver facilitada su misión por la seña inconfundible de los perdedores que aquel músico le dedicó cuando quedaron en un café elegante de nombre francés de la calle grande de la Ciudad para hablar del futuro de aquellos jóvenes, por cierto llamados a mantener la llama encendida.

Le conté lo que había aprendido la noche anterior y su semblante se oscureció un poco al enterarse del destino cruel de aquella pareja. Recuperó una cierta sonrisa cuando le propuse convencer a mi madre de que renovara la invitación para mañana y la extendiera al abuelo que podría venir desde el teatro acompañando a su nieta.

«Recuerdos y Descubrimientos» recibió 1 desde que se publicó el Miércoles 16 de Julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a […]

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos nuestros blogs en la
página de registro de Matríz.

El Correo de las Indias es el agregador y plataforma de blogs de los socios del Grupo Cooperativo de las Indias y es mantenido y coordinado por los miembros de la comunidad igualitaria de las Indias