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Ravel

La siesta había sido siempre un momento mágico para Machalen y Juan, desde que se conocieron de verdad en Salzburgo hace tantos, tantos años que no merecen ser contados. Así que Juan, después de un alargamiento loco del paseo por la orilla del lago, se aprestó a recibir a Machalen para disfrutar de ese momento después de una ligerísima comidad temprana. Imaginando su ensayo con los músicos de esta orquesta que ella no había dirigido nunca y cómo se habría despedido de ellos hasta media tarde, se disparó su imaginación una vez más en una especie de circumloqio en rededor de Ravel, un gran músico en su opinión y del nunca dejaba de mencionar que era vasco algo reivindicado con especial énfasis por Juan ante Ramón en muchas de sus conversaciones que muy amenudo se dispersaban sobre temas variados y que desesperaba a este último aunque procuraba mantener la compostura.

Algo también de lo que hablarían en esta primera siesta en Lucerna si él insistía lo suficiente y a ella le había ido bien su primer ensayo con esta orquesta de aluvión. Su estrategia para captar su atención era mencionar que había visitado un museo de pintura y que lo que vio le había planteado el dilema de si habría influencia ética en la música lo mismo que, creía él, lo había en la pintura. No había visitado ningún museo, pero quería entrar de rondón en una característica de este nuevo amigo al que acababa de conocer, Ramón, y que era alguien que se negaba sistemática y rotundamente a plantear algo similar en relación de esa ética con la ciencia o con cualquier cosa que tuviera que ver con la razón. Le haría cariñosas cosquillas a Machalen diciéndole como de pasada que para un profano como él parecería que Ravel no es merecedor de formar parte del programa de un gran concierto; pero que, sin embargo, lo es a menudo y tanto más a menudo cuando el director es a su vez un gran músico, digamos Piere Boulez. Y guiñé un ojo como para decirle que ya entendía que ella le hubiera planificado para el programa de apertura justamente porque también ella era una gan música.

No era esto lo que ocupaba la mente de Juan esa tarde temprana sino el contraste entre los escritos de Ramón y los suyos en el mundo de la Economía.Ni tampoco eran precisamente ideas lo que le hacía sentirse excitado en contacto con esa mujer que hace ya muchos años había entrado en su vida y tenía la clave de su identidad. Sin embargo ese primer día en Lucerna no podía dejar de pensar que, mientras sus propios escritos eran muy variados y podían agruparse por clases distintas identificadas por un fondo de distinto color con sus correspondientes agujeros y cortes que unían los agujeros, Ramón no tenía más que un único C.V. plástico sobre un fondo desnudo ordedenado por un ejes de coordenadas. Juan pensaba esa tarde que para él no sería dificil ubicar a Ravel en algún sitio de su propio C.V. plástico obligándose así a modificar todo lo ligeramente que se quiera el fondo desnudo, para Ramón la colocación de Ravel en su C.V. plástico sería una tarea sin importancia y siempre podría colocar a este músico vasco en algún sitio aunque lo haría solo por jugar o por obligación pues es muy dudoso, piensa Juan, que lo cosiderara como parte de su cuadro de intereses. En consecuencia, nunca esa colocación obligada le llevaría a cambiar el color del fondo. En cambio en el C.V. plástico de él, continúa pensando Juan, la introducción de Ravel siempre dejaría una huella en el fondo de ese gran lienzo que albergaba todas y cada una de sus obras.

Y esto es lo que le confirmó Machalen esta tarde cuando del amor pasaron a la conversación adormecedora. Machalen sostuvo, como si fuera un lugar común para músicos, que las composiciones de Ravel traslucen a menudo una cierta influencia de aires populares vascos, algo que gustaba a ambos , tanto a Juan como a Machalen. Pero no era esa la razón de la exigencia de Machalen ante los organizadores de los conciertos que componían el festival de Lucerna para imponer una pieza de este compositor que no fuera el Bolero de siempre pues éste si bien sirve como propina agradecida de un concierto brillante, nunca recibe la atención que merece. Para Machalen, concedía ésta cansinamente, “su capacidad de orquestar era asombrosa pues demostraba un saber musical profundo mucho más allá de la iluminación repentina que escupe un concierto e incluso una sinfonía y que no deja de ser una simple iluminación por mucho que lleve años el pulir y finiquitar la obra de que se trate”. Machalen pareció despertarse un poco para afirmar, parecía que casi de mal genio,que ese convencimiento suyo no quería decir que Ravel careciera de esas iluminaciones. De lo que carecía era, casi susurró, volviendo a reclinar su cabeza sobre el pecho de Juan, de ese ego desbordado que lleva a quien es su prisionero a pulir la iluminación inesperada para que parezca una larguísima labor de genio reconocible por los ignorantes que copan todas las butacas de las salas famosas del mundo y que aplauden más fuerte cuanto más grande es la orquesta y cuanto más ruidoso es el movimiento allegro y más fúnubre el lento. Juan pensó añadir algo sobre los timbales, pero le pareció poco apropiado pues nunca hablaban de ese topoi fundante de su pareja y porque le pareció que Machalen ya había cogido el sueño. Pero en esto estaba confundido pues a los pocos momentos le oyó susurrar algo sobre la esperanza que albergaba de encontrar material suficiente como para terminar esa pieza ambiciosa sobre Juana de Arco que se suponía incabada o casi no iniciada siquiera.Suspiró y dijo claramente:”tienes que conseguirme permiso para poder pasar tantos días como sean necesarios en esa casa de Cambó a la que no se le presta la atención debida”. Esto es lo que desde siempre le había enamorado de esta mujer que ahora le abrazaba con sus poderosos brazos de directora de orquesta:la extraña fe que depositó un día en él y que jamás parecía haber perdido a pesar de que nunca había tenido ocasión de mostrarle su verdadero poderío que iba por caminos muy distintos.
Y esta especie de duda sobre su propia genialidad que le asaltaba amenudo y que, de alguna forma, estaba debajo de su manera de esponer la estética plástica de su obra en ese C.V. que iba extendediéndose en muchas direcciones de un nuevo color que un día se dejaba colgar junto con direcciones antiguas y nunca abandonadas sobre un fondo inmediatamente repintado ante la nueva dirección mostrada en un cuadrito nuevo. Ya completamente despierto se aprestó a meditar sobre sus diferencias y confrontaciones con Ramón ante la preguna central de cualquier ser pensante que desee hacer algo con ese pensamiento. De momento se dijo que esta tarde se limitaría a hacerse la pregunta en términos estéticos para reservar para otro día de esta estancia en Lucerna su traducción a términos propios de de su oficio. La pregunta en general es esta: si el fondo de un único cuadro debe hacerse eco de algo aparentemente no genial. Para Juan no había duda y eso le llevaba a cambiar a menudo ese fondo. En cambio para Ramón ese cambio era muy poco probable o frecuente. Y, por lo tanto, Ramón era un creyente en la verdad que jamás pedidría licht mehr licht puesto que no hacía falta pues la única obligación de un investigador y su único placer es continuar con es tono de fondo que es donde hemos llegado.
Se aprestó a dormirse también él, pero la presencia de ella allí al lado le hizo recordar que la petición dramática de más luz por parte de Goethe la entendió por primera vez en una visita a una galería de Munchen en la que ante un retrato de este genio se reconoció en su fisonomía. Tendría que encontrar y examinar fotografías de Ravel para ver si veía en él algún parecido con esas fotos suyas de juventud que guardaba en un cajón de su mesa de trabajo en su modesta casa de Madrid.

«Ravel» recibió 1 desde que se publicó el Jueves 5 de Mayo de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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