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Ramón toma la palabra

El escepticismo anida en mí y ha crecido hasta convertirse en un odio al mandarinazgo y a la necesidad que observo a mi alrededor de formar parte de un grupo privilegiado que se identifica de una u otra manera como superior a los demás.


Pensaba que ya, una vez jubilado y alejado de todos mis compromisos podría dedicarme a mis manías, o quizá debiera llamarlas tendencias viscerales, de las que no estoy seguro de acordarme. Ha pasado el tiempo y cada vez son menos los mails que debo responder o las reuniones a las que debería acudir. Creo que quiero aprender euskera y ver todas las series del mundo, eso es todo.

¿O quizá no lo es? Me parece que también desearía participar en conversaciones relajadas además de inteligentes y veraces en las que los participantes de la tertulia han sido todos psicoanalizados y no están ya para aparentar lo que no son. Como esa a la que el otro día tuve el placer de asistir en Zaragoza. Una reunión no periódica ni rutinaria, sino concertada como al desgaire por un colega que fue y que convocó a otros colegas, todos en activo menos yo, y que habíamos coincido en un momento u otro. Ni orden del día ni comentarios sobre hijos o nietos, solo el sonido de voces amigas que nada más sentarse alrededor de una mesa, y mucho antes de que se acercara el maître para aconsejarnos qué comer, ya habían empezado la conversación sobre el libro de Gregorio Morán que todos y cada uno de los asistentes estaba leyendo y se encontraban en diferentes estadios del mamotreto.

Pero fuera cual fuera el capítulo del libro en que se esté no hay manera de escapar del relato sobre distintos aspectos de la privilegiada relación entre la religión oficial y el poder madrileño en manos de los ganadores de la guerra. Todos, o casi todos, los que nos sentábamos a la mesa habíamos sido educados por jesuitas en nuestra ciudad de origen de modo y manera que no era extraño que nos engancháramos durante mucho tiempo en el mandarinazgo y en el arribismo algo que me dio que pensar pues se podría decir que si acepto la oferta de la Academia XXXX estoy escalando en el mundo cultural del presente, un mundo en el que no me parece que el mandarinazgo haya desaparecido aunque no creo que proporcione demasiadas ventajas económicas.

hoacYo, el de mayor edad de los reunidos me deleité comentando sobre los muchos nombres citados por Morán que, para mi sorpresa, todavía me resonaban aunque hubieran actuado en tiempos en lo que todavía yo no había salido del colegio. Entre los nombres que realmente me hicieron recuperar la memoria de unos acontecimientos que creía realmente olvidados, pero que parece que ahí siguen en no sé qué área del cerebro, se encuentra el del ya fallecido Julian Gómez del Castillo, un sindicalista que se cita en el libro como de los fundadores de CC.OO. pero que yo conocí como protagonista de un breve cursillo de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) en el que se enardecía tanto que llegaba a escupir su dentadura postiza. Fui con compañeros de Universidad desde Bilbao a Pamplona en un cuatro latas prestado y aprendí mucho sobre el catálogo de asuntos sociales en los que uno se podía involucrar aunque mi escepticismo, proverbial ya entonces, no me permitió dejarme llevar por la revelación de esas posibilidades y no salí de allí con ninguna clase de compromiso contra el poder del dictador o a favor de la clase obrera.

Este escepticismo me ha prohibido, en mi ya larga vida, ceder mi libertad, o mi arbitrariedad dirían otros, en aras de algún objetivo social por muy respetable que me pareciera.Aunque no los comenté en la tertulia hay dos hechos de mi vida que quiero recordar aquí como prueba de este escepticismo del que no me enorgullezco pero del que no estoy ni descontento ni arrepentido. Todavía en el colegio mantuve una discusión muy seria con uno de los jesuitas encargados de nuestra formación sobre la obligatoriedad (que yo creía una imposición arbitraria) de dedicar buena parte de nuestros domingos a ayudar a familias emigrantes a construirse su propia chabola para poder sobrevivir al invierno. Yo ya mostraba un cierto espíritu de contradicción y argüía seriamente que nuestra obligación social era solo estudiar. Este es el primer hecho que quería relatar pero tengo un segundo recuerdo que refuerza mi sensación de haber sido siempre un escéptico en camino de convertirse en un iconoclasta. Ya en 1968 y, más allá de los acontecimientos de París, el régimen franquista comenzaba a mostrar la debilidad de sus costuras en la incruenta batalla, también reflejada en la cultura, entre falangistas cansados y entusiastas miembros del Opus Dei, institución ésta en plena efervescencia que trataba de hacerse con cuotas significativas de poder para santificar al mundo santificando de paso a sus miembros. A mi alrededor comenzaban a florecer la toma de compromisos ilegales pero muy legítimos que llevaban a la gente de mi edad a ir más allá de la lucha por un sindicato estudiantil libre que sustituyera al SEU oficial integrándose en cualquiera de las numerosas organizaciones políticas clandestinas. Había que leer el libro rojo de Mao y comprometerse, palabra fetiche del momento. Pues bien, después de esquivar no pocos cantos de sirena, me largué a los EE.UU. de América para seguir estudiando sin tratar de engañarme con ninguna coartada para evitar el compromiso. Me largaba por un simple gusto por salir de España y sentirme libre para poder continuar una aventura intelectual sin objetivo ulterior alguno. Otra muestra del escepticismo que nunca me ha abandonado y por la que pagué un cierto precio a la vuelta mientras fui tratado de un traidor a la causa.

Esta actitud mía que ya forma parte constituyente de mi osamenta es algo que, convenientemente adobado, habrá de ser integrada en este discurso de ingreso si finalmente lo redacto de forma positiva en lugar de hacerlo de forma negativa e insultante mostrando una vez más el escepticismo que anida en mí y la forma en la que ha crecido hasta convertirse en un odio al mandarinazgo y a la necesidad que observo a mi alrededor de formar parte de un grupo privilegiado que se identifica de una u otra manera como superior a los demás.

No perdimos mucho el tiempo comentando que mientras nosotros disfrutábamos de nuestro encuentro, Draghi estaría empleándose a fondo en su intención de introducir la versión europea del QE en la comida que seguiría a la reunión del BCE, pues no nos parecía que allí hubiera materia intelectual más allá de intereses políticos encontrados y basados en malentendidos teóricos. De esta forma la conversación, ya más animada gracias al buen tintorro aragonés, se deslizó hacia la no pagada importancia de la potencia de lo periférico y sobre lo contradictorio que parece que todo el poder cultural español esté compuesto por ideas o personas de la periferia y que, sin embargo, nadie admita que has logrado hacer cumbre si no estás colocado en Madrid o al menos en Barcelona, el único lugar en el que se puede hacer carrera académica sin que se sospeche que estás esperando tu turno para llegar a la capital de este estado hoy puesto en entredicho.

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