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Ramón decide aprender Euskera

Ante su cada vez más patente mediocridad científica se había doblegado a la idea de Javier, divulgada durante años, de la necesidad de dejarse poner deberes para hacerlos muy bien y obtener así una y otra vez el número uno en algo.

aprenda  euskeraRamón y Javier compartían una especie de orgullo por su ascendencia. En el caso de Javier esa ascendencia estaba compuesta por gente de prosapia intelectual que de una manera o de otra aparecen en cualquier crónica de la forma en que España había ido mimetizando las aportaciones culturales y científicas europeas desde principios del siglo XX. Este orgullo digamos cultural surgía a menudo como argumento final en cualquier discusión sobre puntos concretos que ponían en juego su carrera académica.

En cambio la intromisión de Ramón en ese mundo académico era reciente en su familia, que sin una cultura meritoria conocía bien los intríngulis del comercio puro y duro y poco a poco habían acumulado, no tanto lecturas meritorias, como ahorros propiciados por la tranquilidad financiera de esa época que fue de la guerra franco-alemana hasta la Gran Guerra. Lo poco que esta familia sabía de temas literarios-culturales lo sabía en inglés y no se preocupaba de importar ideas sino telas. Para Ramón «dividendo» fue la primera palabra que aprendió a pronunciar, antes que «papá» o «mamá», mientras que Javier insistía en usar el alemán que no hablaba para mencionar conceptos como ego o conciencia.

Parecería que la guerra civil debiera haberle ido mejor a la familia de Javier dado su toque cultural germánico, pero para aquel entonces el abuelo de Ramón ya se había hecho rico con el comercio textil y esa riqueza le permitió apañárselas bastante bien sin adherirse a uno u otro de los bandos enfrentados.

Este pedigrí tan distinto explica bastante bien la mezcla de complicidad y competencia que se estableció desde que, casi simultáneamente, volvieron del estudio en el extranjero y trataron de establecerse en la Universidad carpetovetónica. Ambos cerraban filas contra la corrupción intelectual de la academia basada en los favores mutuos y al tiempo divergían en su comprensión de la naturaleza de las novedades que en aquellos años surgían en el mundo del estudio de la economía.

Para el «americano», Javier, la tarea estaba ya prefijada y consistía en cerrar inteligentemente las posibles grietas del modelo de Equilibrio General neoclásico y su extensión a la macroeconomía. Para el «británico», Ramón, se trataba más bien de preservar la simpleza del modelo macroeconómico keynesiano y de soñar con su aplicación a la microeconomía desafiando, si era necesario, la prevalencia de la racionalidad de los agentes económicos como condición de cientificidad.

Esta competencia soterrada no impedía que ambos fueran los animadores naturales de las conversaciones que cada mediodía surgían en el comedor general de la facultad y excepcionalmente en el de profesores. Javier era la estrella que brillaba con luz solar cuando la conversación basculaba irremediablemente sobre algún tema de la transición resaltado por los periódicos o sobre novedades científicas en campos como la antropología o la biología.

Sin embargo la voz de Ramón, casi siempre con un volumen muy bajo, imperceptible, exigía la atención silenciosa de los demás sobre lo que eran sus temas, repetidamente de corte filosófico-literario. Esta forma de competir usando como arma el tono de voz resultaba ser poco reconocible como un pulso y a veces, sobre todo cuando estaba en juego la singularidad de las matemáticas, parecía casi como una extraña melodía de música contemporánea.

Pero a medida que pasaron los años la fraternidad académica cambió significativamente y esas comidas se hicieron más y más ocasionales y ya no existía la costumbre de continuarlas en la sala de profesores. El dúo musical se disolvió y mientras que Javier se aprovechó de este cambio de costumbres para centrar su atención y para ensimismarse en una especialidad relativamente menor de nuestra ciencia y recientemente importada, Ramón cayó en la depresión y se limitó durante años a continuar con la defensa de la tradición inglesa en la que se había formado y en la que no se podía ni debía ocultar tus responsabilidades sociales y políticas bajo la máscara de la ciencia. Ya no tenían audiencia, pero ellos dos seguían divagando y a menudo a gritos sobre temas que sin duda habrían enfrentado a sus antepasados.

Y ese fue el contexto en el que, siendo ya ambos eméritos, Ramón, contrariamente a su costumbre, anunció a gritos que acababa de matricularse en euskera básico en la Escuela Oficial de Idiomas. Ante el pasmo de otros profesores sentados en mesas cercanas del comedor caro, el de profesores, contó en un tono ya más sosegado, que ante su cada vez más patente mediocridad científica se había doblegado a la idea de Javier, divulgada durante años, de la necesidad de dejarse poner deberes para hacerlos muy bien y obtener así una y otra vez el número uno en algo.

Pero en este caso no eran unos deberes cualquiera pues, tal como Ramón siguió anunciando todavía en un tono no solo alto sino también un tanto belicoso, ya era hora de que aprendiera a hablar la lengua de sus mayores y la que ya hablaban sus hijos y nietos. Javier no pudo contenerse ante que le robaran el protagonismo y una vez más falseó sus principios para reprochar a Ramón que se hubiese matriculado en la EOI y no en Euskaletxea, el centro de reunión de los vascos en esta ciudad y un simple lazo de la red de casas vascas en el mundo, un esfuerzo espontáneo aunque apoyado por el Gobierno Vasco, de mantener unidos en sus tradiciones a los ocho millones de vascos en el mundo.

De esta manera continuaban con su costumbre de adoptar siempre posturas diferentes y, en general contrarias a lo que se esperaba de ellos. Así que Ramón explico brevemente que lo que quería era acercarse a este idioma sin otras connotaciones que las lingüísticas y que el curso en esta Euskaletxea madrileña era no solo mucho más caro sino también mucho más duro y que, la única verdad de este discurso, «ya no estoy para esos trotes».

Javier calló y permitió que Ramón se extendiera en que esperaba sentirse joven entre el grupo de estudiantes y disfrutar de ese ambiente de las escuelas de idiomas tan relajante y añadió, guiñando un ojo, tan propicio al ligoteo.

«Ramón decide aprender Euskera» recibió 1 desde que se publicó el miércoles 2 de septiembre de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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