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Ramón, académico

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Ramón llega al restaurante elegante de la Universidad con cara rara. Desde hace algún tiempo se ha puesto de acuerdo con Juan en comer los miércoles en ese restaurante en el que no necesitas adaptarte a un menú del día barato sino que puedes elegir algún capricho sin que el precio crezca demasiado. Se trata de regalarse una conversación culta y distinta de la técica que generalmente acapara su atención. Pero este miércoles la cara con la que Ramón llega a esta cita es imposible de descifrar. Tampoco hace falta pues, aun antes de elegir menú, pone en conocimiento de Juan que le acaban de llamar para comunicarle la gran noticia: es el más sólido de los candidatos a reemplazar al recientemente fallecido miembro de la Academia XXXX. No ha solicitado tiempo para pensárselo bien o consultarlo con Mercedes. Ha dicho que sí y apenas tiene un par de meses para escibir su discurso de ingreso que, como siempre, habrá de incluir la loa de su predecesor. Es esta obligación la que explica, ahora lo entiende Juan, una cierta mueca que afea su sonrisa.

No le concede tiempo a Juan ni siquiera para que éste le de la enhorabuena y se lanza a explicarle que ese predecesor representa todo lo contrario de lo que él defiende como lo entral de la economía. Estas cosas pasan cuenta Ramón porque, al tratarse de una Academia que engloba saberes varios, a menudo ocurre que los miembros no economistas creen aportar algo incorporando estos especialistas siempre que no lo sean demasiado y puedan entenderse con esos otros “más de letras”, dice literalmente Ramón. El se siente obligado a convertirse en el introductor en este foro de la ciencia económica de los últimos años, un tanto alejada de los grandes modelos matemáticos y más cercana a la ciencia aplicada siempre a la caza de explicaciones,no tanto de las grandes líneas, como de los resultados de experimentos,ya sean naturales o artificiales, sobre dilemas más prácticos.

A Juan se le había quitado el apetito con esta primera declaración de Ramón, pero le pareció educado hacer como si examinara la carta y efectivamente lo hacía a fin de elegir algo que Ramón considerara apetecible y aceptable como forma de festejarle el éxito. Y lo hacía mientras Ramón se extendía en consideraciones sobre la importancia de los datos para hacerse con la razón sobre los dilemas de política económica. Con la “razón” subrayó alzando un poco la voz y no necesariamente con la “verdad” , esa especie de entelequia en la que ambos habían estado súmamente interesados en los primeros estadios de su educación de postgrado hace ya bastantes años y sobre la que Juan seguía en una especie de combate a la antigua mientras que Ramón se había convertido en un experto en solucionar dilemas o conflictos reales, quizá a partir de aquellos modelos abstractos, pero cuya autoridad se basaba en generar ideas que se pudieran confrontar con datos a menudo generados a partir de esas mismas ideas. Ramas súmamente respetadas, como la Economía de la Educación o la Desigualdad o la discrimación por género o la Economía Industrial en todas sus manifestaciones, ocupaban la cabeza de Ramón pues estaba convencido de que muchos arreglos socio-políticos actuales en esos campos podrían ser mejorados con ayuda de esas ideas y su comprobación empírica.Juan le dejó explayarse a gusto tratando de forzarle a bajar la voz a fin de tener el ambiente necesario para poder lanzarle sus dardos un poco envenenados en forma de sugerencias u ofertas de ayuda para elaborar el discurso.

En cuanto se acercó el chef le pidió discretamente una botella de champán de verdad y le solicitó con la mirada un poco de tiempo para decidirse por unos platos u otros. Captó la atención de Ramón dándole a elegir entre el bogavante o el solomillo y mientras Ramón callaba un instante tomó la palabra para decirle que entendía sus intereses pero que pensaba que la ocasión era la adecuada para obligar a los académicos a reflexionar sobre su propia tarea que no consistía tanto en cantar las alabanzas de la zarzuela, por así deirlo, sino en extasiarse ante ciertas óperas wagnerianas; no tanto en ofrecer un paisaje florido sobre lienzo como en comparar tonalidades del negro y, desde luego, hacer ver que un buen drama no podía sobresalir por el mero hecho de contar con actores famosos, sino, sobre todo, con un texto apabullante.

Continuó Juan, en el mismo tono aparentemente relajado, diciendo que se merecería langosta del Maine y buey Angus, además del champán, pero que eso tendría que esperar a que se decidiera sobre el tono de su intervención ante esos figurones con los que tendría que opinar sobre la realidad y con los que no podría intercambiar ni una palabra sobre la “verdad” que fuera más allá de la correspondencia entre las ideas y los datos. Pensaba haber añadido que ese más allá era especialmente importante ahora que los datos provenían casi siempre de las propias ideas, pero le pareció un comentario excesivamente mordaz que desvelaría una envidia mendaz que no estaba dispuesto a mostrar antes de haber meditado cuidadosamente el interés de las Academias, una institución francesa que, ya sospechaba por qué,había sido adoptada en España mientras todos los esfuerzos por importar la idea de Les Grandes Écoles habían fracasado estrepitosamente.

Estaba tan excitado Ramón que ni siquiera dió las gracias a Juan por la invitación a comer, ni se excusó por la monopolización de la conversación centrada sin fisuras sobre las virtudes de algunas tradiciones francesas que no habíamos sabido adoptar. Juan pensó confrontarle con su admiración por la cultura académica americana; pero una vez más en este último par de horas, se mordió la lengua aunque no tuvo más remedio que interrumpirle un momento en relación al centralismo francés que, ese sí, había sido adoptado con fervor por los madrileños. Posiblemente este comentario, aunque no hacía sino repetir lo amenudo repetido por él, le molestó a Ramón ese día Y, sin despedirse, se dirigió hacia la parte del edificio que albergaba su oficina en nuestro común departamento. La parte contraria a la que Juan habitaba perdido en sus elucubraciones, esas que nunca serían apreciadas por nadie, se dolió Juan en silencio.

«Ramón, académico» recibió 1 desde que se publicó el jueves 1 de septiembre de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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