Desde mi sillón

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¿Qué se yo de la guerra?

Sólo una pequeña parte de mis conciudadanos vivos se vieron involucrados en la guerra civil o en la última mundial. La gran mayoría de los que hoy apoyan o rechazan una intervención armada en Irak, además de haber tenido el privilegio de no haberse visto envueltos en guerra alguna, ni siquiera han conocido el miedo y la vergüenza de una posguerra.

Sólo los de mi generación recordamos el frío y el silencio que siguió al fin de la guerra civil española. ¿Qué puede saber un niño de posguerra sobre la muerte en masa?, ¿qué se yo de la guerra?.

Recuerdo que mis compañeros leían unos tebeos apaisados identificados como de hazañas bélicas que nunca entraron en la casa de mis padres y, haciendo un ejercicio de rememoración, puedo evocar mi inacabada colección de cromos de la guerra de Korea y los líos de los franceses en Dien Bien Fu (o como quiera que se transcriba mi fonética infantil).

La guerra de Cuba o la de Africa eran cosas de los abuelos, la guerra mundial que terminaba con mi nacimiento fue una cosa cercana pero de la que se podía hablar pues estaba muy claro, al menos en mi familia, quienes eran los buenos. No así de la guerra civil; hasta bien pasada una década de su final el silencio era total, quizás para evitarnos a nosotros los niños un mal sueño, quizás para poder seguir conviviendo entre vencedores y vencidos o quizás para, simplemente, tratar de olvidarla en medio de una vida marcada por el racionamiento, el estraperlo y el frío húmedo apenas mitigado por braseros alimentados por un carbón de baja calidad.

Sólo más adelante, cuando ya el carbón empezaba a calentar y el espeso miedo a disiparse, comencé a escuchar las historias de la guerra civil; pero no podían competir con las que nos contaba el cine sobre la guerra de secesión entre federales y confederales en un gran país que antes había invadido Méjico, que más tarde prendió la mecha de la guerra contra España y que un día decidió intervenir en Vietnan. El cine hizo estas guerras más reales que la nuestra aunque ya parecía que se podía hablar de ella y hasta leer sobre ella. Todo era sin embargo lejano como mucho más tarde fueron lejanos los conflictos de Angola, Mozambique, Eritrea, Somalia, Uganda y otros que el cine no fabuló y la televisión no trivializó. El Golfo y los Balcanes son de antes de ayer, Afganistán de ayer mismo, y aquellos y éste se han convertido en eventos televisivos estetizados.

La única guerra de la que ha estado cerca es pues la de Vietnam, cuyas postrimerías me encontraron de estudiante en el corazón conservador estadounidense, y que aún así me enseñaron cómo reacciona un país libre ante una decisión como la del Presidente Nixon de invadir Cambodia. Mientras algunos de mis compañeros de estudios veían en el signo de la paz (el mismo que ha renacido hace días en la frente de algunas modelos de la pasarela Gaudí) la huella del gallina americano (the imprint of the american chicken), la mayoría declaró una huelga de tres días apoyada por gran parte del profesorado y comenzó a hendir la brecha que hoy todavía separa a dos grandes partes de la población, dos partes que poco a poco emergen, y no sólo allí, ante la posible invasión de Irak. Quizá allí empecé a aprender de la guerra.

¿Cómo tener opinión si uno apenas entiende de derecho internacional, filosofía del derecho o procedimientos judiciales internacionales?. ¿Cómo opinar sin caer en la frivolidad de discutir sobre lo que significó Nuremberg o lo que hoy (no) pasa con el Tribunal Penal Internacional o lo que debería hacer la ONU (además de ayudar a los refugiados) con un Consejo de Seguridad que, por lo visto, no tiene porqué consultar con la Asamblea General?. Cuando uno no es un pacifista por principio, sólo cabe acudir a lo que uno sabe. En mi caso sólo me queda pues acudir a la caja de herramientas que me traje como economista de aquella América profunda que en 1970 empezaba a desgarrarse. Algo sabía entonces de teoría de la decisión y algo he aprendido desde entonces de teoría de juegos de estrategia y quizá podría aplicar ambas teorías al análisis de la crisis de Irak.

¿Qué puede decir pues un artesano de la economía sobre la guerra? Veámoslo cambiando el tono melancólico por el profesional, propio del que cree saber algo de su oficio.

Mi teoría de la decisión más convencional me dice que debería preferir la guerra (es decir, decidir apoyar la intervención en Irak) si la esperanza matemática de la utilidad de Von Neuman y Morgenstern de los efectos económicos de esa alternativa es mayor que la de no ir a la guerra. Simple, en principio, si supiera las probabilidades de que la guerra me traiga las ganancias que supongo. Como no las conozco siempre puedo acudir al tratamiento de Savage que, al jugar con las probabilidad subjetivas, parecería más a tono con una situación como la contemplada en la que las probabilidades utilizadas no pueden entenderse como conocidas y objetivas. De todos modos siempre me ha parecido que estos dos tipos de teoría de la decisión -el de von Neuman y Morgenstern y el de Savage- no están diseñados para situaciones con resultados tan extremos como los de una guerra, de la misma forma que nunca me han convencido cuando se ha tratado de aplicarlos, por ejemplo, al uso generalizado de la energía nuclear, especialmente después de los accidentes de Threemile Island o de Chernobil. La situación en casos así es realmente tan incierta que ni siquiera conocemos todos los posibles estados de la naturaleza por no hablar de la probabilidad de que uno u otro se de o del valor del resultado en cada uno de ellos. En situaciones así los economistas están acostumbrados a apelar al mercado como el gran invento epistémico que agrega la información existente; pero ¿qué mercado hay aquí?

Quizá esta última pregunta descreída haga inútil mi pregunta retórica de ¿qué se yo de la guerra? Quizá el mercado del petróleo, o mejor dicho la mera existencia de los pozos iraquíes, nos revele algo pues, como mucha gente dice, en alto si es de izquierdas y con voz baja si es de derechas, en esto de Irak lo que hay de verdad es el problema de quién se queda con unos yacimiento petrolíferos de gran importancia cuantitativa. Si este fuera el caso estamos en un escenario a lo Hobbes en el que luchamos sin cuartel por hacernos con un recurso dado y en el que podríamos aplicar el famoso juego de las palomas y los halcones (también llamado chicken pues tiene que ver con quién se acobarda antes, quién revela antes su naturaleza de gallina o paloma). Sean Sadam y Bush los dos jugadores y sean H (comportarse como un halcón) y P (comportarse como una paloma) las dos estrategias posibles. El cuadro adjunto describe la matriz de los resultados posibles del juego.

El análisis del juego es fácil. Si se atacan mutuamente ambos pierden el petróleo, si Bush (Sadam) ataca y Sadam (Bush) se achica, Bush (Sadam) se queda con los pozos de petróleo y si ambos se achican se reparten el petróleo, digamos que como hoy. (H,P) es un equilibrio de Nash en estrategias puras pues Bush no querría jugar P ya que pasaría de ganar 2 a ganar 1 y Sadam no querría jugar H porque pasaría de ganar cero a perder 2. Similarmente (P, H). Pero, además hay un equilibrio de Nash en estrategias mixtas en el que ambos contendientes juegan H con probabilidad 1/3 y P con probabilidad 2/3, probabilidades que dependen de los números concretos de la matriz de pagos. Es un equilibrio porque la ganancia esperada es igual en ambos casos.

Resulta además que este equilibrio de Nash en estrategias mixtas es una estrategia evolutivamente estable en el sentido de que si Bush o Sadam fueran sustituidos por otros dos dirigentes que jugaran H con una probabilidad distinta de 1/3 y que jugaran el juego repetidamente, o se lo pensaran bien, acabarían jugando H con esa probabilidad 1/3.

¿A ver si al final va a resultar que algo sé sobre la guerra? No lo creo pero quizá haya podido contribuir a entender lo que pasa o a prevenir lo que va a pasar. Primero, es posible que la probabilidad de que estalle la guerra no sea uno. Esto quizá explique porqué el petróleo no ha subido tanto como debería si supiéramos con certeza que va a haber guerra. Segundo, a pesar de todo, cualquier probabilidad positiva es horriblemente alta cuando el resultado es la pérdida de las vidas humanas, las secuelas de frío, silencio y vergüenza y además, la destrucción del petróleo.

¿Podemos hacer algo para que esto no ocurra? ¿Cómo conseguir que Bush y Sadam se comporten como palomas? Aquí no ayuda la teoría de los juegos; según ésta la racionalidad los lleva a jugar H con probabilidad 1/3 y la racionalidad es la racionalidad. Lo único que queda es la persuasión, la conversación (cheap talk) o los guiños.

«¿Qué se yo de la guerra?» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 14 de Febrero de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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